martes, 21 de febrero de 2017

Tildes

Hubo quien dijo que era el miedo a que el fin mundo le sorprendiera dejándolo con una palabra en la boca. Hubo quien señaló que se trataba de un temor irreductible a que sus frases cayeran al vacío antes de abrirse paso entre las líneas y las voces. Hubo incluso quien habló de dislexia, de cuadros de estrés verbal, de pánico a no comunicar sus ideas a tiempo para que el aire las transportara como pájaros a cielo abierto.
Pero no, nada de eso fue lo que le ocurría. Vicente fue un niño de lo más normal, estudioso y aplicado. Su aversión a los detalles superfluos tenía un origen mucho más profundo. Escribía con caligrafía exquisita, propia de un monacal amanuense, abriéndose paso en la blancura de los cuadernos como quien lleva un machete para desbrozar la hostilidad del medio. Las letras fluían con continuidad hipnótica, escoltadas por cimbras de márgenes idénticos, mimadas por los espacios y los trazos, como quien lleva a un niño de la mano por una senda insegura. Pero al término de sus discursos, coherentes y elaborados como un tratado escolástico, escribía con letra nerviosa: “con tildes”.
Vicente solía decir que las tildes –aun siendo necesarias- no eran suficientemente valiosas como para ralentizar los razonamientos de nada ni de nadie, no tenían tanto poder, y que era mejor –él decía: más práctico- dejarlas sin poner, y que los destinatarios las resolvieran y asignaran todas al final, invitados por esa sentencia breve e inequívoca que clausuraba las hojas. El contenido, el pensamiento, las supera en rango –le gustaba explicar justificándose-; las tildes deben esperar. Así cada cual, lector atento o pasajero, interesado o distraído, afectado o indiferente, podía –si lo estimaba oportuno- ponerle tildes a las palabras que las necesitaran, y completar con ello la irregular cadencia de sus acentos más íntimos.
Aquello fue el principio de una persistente fidelidad hacia la esencia de las cosas, de una innegociable observancia del núcleo de los sucesos y las meditaciones. Una casi obsesiva tendencia a priorizar los hechos y sus paradigmas. Lo menos importante, siempre al final. Por ello, Vicente hablaba a las gentes con mayor rapidez que ningún otro contertulio. Sus razonamientos penetraban como un bisturí entre los nichos de las conversaciones, colonizando sin asaltos los silencios del lenguaje, anteponiendo siempre las palabras a las cosas. Eso sí, toda vez que concluía su disertación, sin excepción alguna, sentenciaba: “con tildes”.
Una vez, siendo ya un hombre anciano y respetado por muchas más razones que las derivadas de su edad, Vicente se cruzó con un joven. Era uno de esos jóvenes emergidos de las entrañas mismas de la actualidad. Un digno producto de nuestro tiempo. Ágil de gesto, impaciente de actitud, inquieto en su oratoria, demasiado nervioso para el pulso sugerido por su reloj. Puede que demasiado nervioso para el pulso sugerido por cualquier reloj.
Enséñame a comunicarme más rápido que los demás, le dijo el joven. Muéstrame la fórmula. Trato de despojar a mis frases de todo cuanto las entorpezcan, expulso de mis sílabas toda distracción, pero no logro la magia de la continuidad. ¿Cómo puedo hacer?
Vicente entonces lo miró sereno, algo apenado por la precipitación de la arenga, y la falta absoluta de disciplina verbal que mostraba aquel muchacho, y le dijo: Nunca tortures las verdades por su importancia. La velocidad del mensaje tiene más que ver con el interés de quien escucha que con el impulso de quien lo emite. Tardé mucho en aprender eso, y me temo que tú, joven impaciente, tardarás aún más en aprenderlo (con tildes). 

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