viernes, 26 de noviembre de 2010

Fundido a negro

Quisiera convencer a las palomas de que no sirvan más de modelo en los afiches, de que vuelen directas hacia el sol si un hombre de traje (de uno de 3.000 dólares) les pidiera posar en sus banderas.

Quisiera convencer al color blanco de saltar en marcha del tren de las buenas intenciones, el que arroja octavillas de esperanza a las almas invisibles de los locos, y hace solemne entrada en la estación de los ilustres, mecidos por música de banda y premiados con un catering de platos fríos.

Quisiera convencer al optimismo de que abandone su encomiable proyecto de futuro, que recicle sus recursos y sus tácticas en favor del realismo incandescente y se deje consumir en los neumáticos negruzcos incendiados por los niños.

Quisiera convencer a Gandhi, a King, a Mandela, a Russell, a Schweitzer de que se disparen en la sien antes de subirse a las bocas de los simios, de aquellos que bautizan con sus nombres plazas, bibliotecas y avenidas.

Quisiera convencer a los tarados de que escapen de sus jaulas y sus nichos, y asalten el asfalto de los cuerdos para cantarles sus verdades (las de aquellos), sin miedo ya a las reclusiones y al tormento.

Quisiera convencer a los héroes de las armas y las letras que desmantelen sus quimeras y se sumen a los actos de clausura, que Ulises se olvide para siempre de las arenas de Ítaca, que a don Quijote le tiente ser infiel a Dulcinea, que Marco dimita de buscar a su mamá, que Antoine Doinel deje de correr hacia el océano, que Colin Smith no deje de hacerlo hasta la meta.

Quisiera convencer al fantasma de JFK de que desista de buscar la verdad en el pantano de las sombras, de que renuncie a visitar las conciencias de la Historia con Oswald de la mano, gritando: no fue él, no fue él.

Quisiera convencer a los desmitificadores de que cancelen su misión desmitificadora, porque lo escrito escrito está y tanto da ya si una guerra fue el producto de una paz o viceversa, si una masacre fue un mal menor o una desafortunada combinación de sinrazones, si un cráter fue la cuna de una bomba o de un volcán que por allí pasaba, o si las torres las tiraron los que viven en las cuevas o sus pasados mentores.

Quisiera convencer a los creyentes de que dejen de rezar a sus difuntos, que clausuren sus plegarias sin temor a quebrar contacto alguno. Despídanse, sin más, como quien cuelga el teléfono, con un nos vemos pronto o un hasta ahora.

           Quisiera al fin pedir a todos los mortales que juntemos nuestras manos agrietadas, para saltar sin disidencias al vacío y terminar de una vez por todas con este experimento -las cuentas no han salido-, y permitir así que otros vengan tras el humo y puedan empezar desde un comienzo, sin memorias, sin lastres, sin rencores, dejándoles –si acaso- el fuego, la rueda, la escritura y poco más.  O tal vez nada (ya no sé), tal vez nada.