viernes, 21 de abril de 2017

Renqueante

De las siete grandes verdades del mundo se me negaron las siete, momentos antes de nacer. Debió producirse un fallo, me dijeron. No suele ocurrir pero a veces ocurre, se disculparon. Pero lo cierto es que me dejaron salir a la vida, abandonado a mi suerte, desarmado de certidumbres, y obligado a buscar permanentemente entre los pliegues de la existencia los postulados que cualquier otro ser tiene incorporados gratuitamente desde que la luz agita por primera vez sus pupilas.
            Recuerdo mi infancia más dura que para el resto de mis compañeros. Mientras ellos evolucionaban rectamente por las vías de la sabiduría, mis avances eran arrítmicos, imprevisibles, renqueantes. Me detenía a reflexionar sobre las piedras, sobre algunos árboles y respiraba el aire ambicioso de los mares, cuando debí hacerlo sobre determinados bosques, en las bocas de cuevas señaladas, o en ciertos cauces de arroyos protegidos por la luna. Mis maestros se apiadaban de mí. Pobre niño, se decían. Le negaron todo, ¿no hay nada que se pueda hacer?, y movían la cabeza de una lado a otro con la mirada caída hacia los suelos.
            Mi madre debía advertir de mi tara antes de llevarme a cualquier escuela, de integrarme en cualquier colectivo. Ocurrió algo, no sabemos qué, y mi hijo nació como un humano antiguo, con la cabeza llena de preguntas, señalaba avergonzada. ¿Es posible?, preguntaban. Qué terrible. Nadie diría que hoy en día suceden cosas así. Pobre muchacho.
            Después de muchas gestiones, súplicas y quejas, mis padres logaron que me fueran incorporadas tardíamente dos de las siete verdades. Tan sólo dos, pero fueron las menos importantes: el sentido de la vida y la finalidad última de la existencia. El proceso además no fue fácil. Tendría ya unos veinticinco años y a esas alturas era ya un inadaptado. Un tullido.
            Tras asumir las dos grandes verdades, nuevas para mí, mi vida cambió poco, la verdad. Mis pensamientos se volvieron más certeros, no lo negaré. Mis inquietudes sobre el cosmos y la trascendencia del alma se vieron iluminadas por argumentos de perfil más sólido, pero en la práctica seguía siendo un mutilado de nacimiento, un ser antiguo, carente de cinco de las siete grandes verdades, un hombre de otros tiempos, como escupido por los siglos más oscuros, aquellos en que, según nos cuentan, las personas –pobres infelices- se interrogaban sobre cosas tan básicas como qué ocurre después de la muerte, cual es la naturaleza profunda de la materia, qué es la realidad y cómo podemos conocerla, qué son los números, o si existe o no existe Dios.
Entenderán ahora la soledad a la que me condena este grado mío de primitivismo, este cúmulo infinito de limitaciones, esta incurable y embrionaria tosquedad intelectual.
           Si al menos tuviera acceso a otra verdad, a una sola más. Pero ya no es posible. Es tarde. Lo sé, la saben. Lo sabemos. Soy un ser vulgar, asolado por preguntas respondidas hace cientos de años. La Historia nos enseña que incluso entonces, en los tiempos de las incertidumbres, había hombres felices. Sabemos que los había. Dejaron testimonio. ¿Podré ser yo alguna vez como ellos? Lo dudo. Me temo que solo me queda aferrarme a mis dos grandes pequeñas verdades, impenetrables para aquellos lejanos hombres felices, y cobijarme en ellas como hacen los niños entre las mantas de sus primeras conclusiones, maldiciendo, eso sí, el fallo imperdonable que me condenó para siempre a la más intensa y duradera de las ignorancias.

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