domingo, 12 de enero de 2025

Organología en tránsito

 


Conocí una vez a un clarinetista que soñaba con tocar el arpa, acariciar el aire con las cuerdas y sentir en sus oídos el latido decreciente de los arpegios huyendo. No funcionará, tus dedos no son suficientemente delgados, le dijo una vez un arpista.

El arpista quería tocar, en realidad, la trompeta. Romper el viento con el disparo alargado del metal y golpear las paredes y los espejos con el brillo puntiagudo de sus ataques, perforar, doblegar y vencer en las más violentas batallas del sonido. No funcionará, te falta fuerza en los pulmones, le dijo una vez un trompetista.

El trompetista quería tocar, desde siempre, el piano. Dominar el mundo desde las escalas, encaramado en armonías ambiciosas, ébano y marfil, hablando a la audiencia con la opulencia de un gigante, devorando repertorios con voracidad insaciable. Será difícil, casi imposible, le comentó una vez un pianista: tus manos son pequeñas, apenas cubren una octava, el intervalo predilecto de este gran instrumento.

El pianista era, digámoslo todo, un cantante frustrado. Un malogrado emisor de las raíces del alma, que ansiaba hablar la música envolviéndola en palabras y versos, como hacían los trovadores en tiempos remotos. Sin resonadores ni timbre, con la voz rota y sin recorrido alguno, nunca serás cantante, le dijo un tenor sincero.

El tenor hubiera querido ser bajo, para sumergirse en la caverna de los ecos más profundos, y rescatar a Caronte, a Boris, a Rigoletto, o a Don Giovanni, estremeciendo al público, no deleitándolo.  Tu voz es fina y ligera, ni te molestes: la gravedad no es una opción, le comentó un bajo una vez, antes de salir escena.

El bajo era un tipo feliz, sin traumas ni anhelos frustrados. Le gustaba cantar, era su vida, lo hacía desde niño. A pesar de su tono grave, su color era limpio y dúctil, doblaba el sonido con un esmaltado oscuro y al tiempo dulce. Alguien le preguntó una vez cómo lograba sacar aquel timbre hermoso. Pienso en el instrumento que escuchaba de pequeño en mi casa, lo tocaba un vecino y siempre que canto lo busco, de algún modo, en mi cabeza, respondió el cantante. ¿Y qué instrumento era?, le preguntaron de nuevo. El clarinete. 


lunes, 23 de diciembre de 2024

Mil estrellas y otras tantas mil palabras

 


Me ofrecieron la regencia de mil estrellas en la costelación de Hydra, pero rechacé la púrpura imperial por razones fundamentalmente logísticas: necesitaría 250.ooo vidas para que la luz que está saliendo ahora de su astro más cercano llegara, reposadamente, ante mis ojos.

Me tentaron con la idea de gobernar con un poder absoluto en un espacio de dimensiones extrasensoriales, 3% de la bóveda celeste y cuyo pasado profundo es visible desde ambos hemisferios. Pero necesitaría más de mil palabras, tan solo para nombrar cada una de mis provincias, y otras tantas para otorgarles capitales y prefecturas. También me desanimó la más que probable ausencia de súbditos a quienes liderar.

Me llamaron entonces para ofrecerme la presidencia de una estrella binaria, una república de átomos de helio, ubicada en un discreto brazo de la estructura de Halo, asentada ya en nuestra misma galaxia. La gestión de tan singular dominio me daría -sin duda- prestigio y solvencia vital ante mis semejantes, pero su naturaleza se me antojaba oscura, incomprensible, dispersa, y decliné de nuevo el encargo.

En un último intento por seducir mi vocación rectora, me invitaron entonces a ser coadministrador de un planeta intermedio, con valles profundos y tormentas casi permanentes, situado tras el solemne ábside del Cinturón de Kuiper. Mis funciones responderían a una suerte de protectorado en el que mis decisiones deberían ser, en todo caso, consensuadas con el poder local. A su favor, la cercanía y la cautivadora vivencia de modificar cosas que se pueden ver ahora, y no dentro de mil siglos. En su contra, el miedo a equivocar mi destino nuevamente.

Accedí.

Por delante me esperan ceremonias, firmas, protocolos y tomas de posesión en una esfera de color rojizo de la que apenas sé el nombre. En mi futuro inmediato me aguardan una gobernanza imprevisible, insospechadas formas de dialogar con la existencia y un nuevo balcón palaciego desde el que contemplar las un poco más cercanas mil estrellas que en su día rechacé, y para las que hubiera necesitado mil palabras que ya nunca llegaré a pronunciar.   


miércoles, 11 de diciembre de 2024

El acorde de Tristán

 


La celda tendría unos cuatro metros por tres, y estaba pintada de un blanco gastado, un blanco con legítimas aspiraciones de gris, como el de los hospitales de esas películas románticas de enfermeras y soldados heridos en la Primera Guerra Mundial. Disponía de una silla de hierro algo deformado y una pequeña mesa, ambas ancladas al suelo; un lavabo, un retrete y una cama baja, más mullida de lo que uno pudiera imaginar dadas las circunstancias. No había espejo ni estantes, sí un calendario con fotografías de animales. Casi pegado al techo, inaccesible en todo caso, un ventanuco de un palmo cuadrado para regenerar el aire, sin vistas ni luces de ningún tipo, atravesado por un barrote enfermo de aburrimiento. Le servían dos comidas al día más un líquido caliente por las mañanas que los guardias insistían en llamar café. El agua del lavabo era potable, aunque su consumo estaba limitado. Un día de cada tres lo llevaban a ducharse, y uno de cada dos lo sacaban media hora a un patio no mucho más grande en el que podía verse el cielo. Su situación era de aislamiento total y en los catorce años que estuvo encerrado no conoció a ningún otro recluso.

Tres eran sus carceleros. A uno de ellos, el del turno de noche, apenas lo veía, pero con los otros dos acabó teniendo un cierto trato. El beneficio de esta relación era mutuo, aunque los límites estaban claros para todos. Con uno de ellos, el más delgado -fumador empedernido-, sólo se podía hablar de fútbol y de coches, lo que no era poco. Al otro, alto y fuerte, le costó más comunicarse. En los cinco primeros años apenas consiguió sacarle una docena de monosílabos y frases cortas. Pero un día, mientras esperaban en el patio a que repararan la cisterna, el guardia gigantón, apoyado en la tapia y mirando hacia arriba como quien pide llover, habló de la forma caprichosa de las nubes y sin querer empleó un sinónimo de la palabra “belleza”. Enseñó que era humano y el prisionero supo agarrar el cabo suelto y tirar poco a poco de la madeja. Con ritmo irregular pero siempre en la misma dirección sus diálogos escuetos fueron dando lugar a pequeñas conversaciones sobre la naturaleza, la vida, las mujeres. A las pocas semanas dieron por fin con un gran tema en común: la Música. Cierto que el recluso había sido un profesional del sector antes de... y el guardián un simple aficionado, pero el trasvase de reflexiones sobre autores, obras y versiones se convirtió en el más recurrente de sus lugares comunes.

          - Creo que no me resultaría difícil convencer a los de arriba para que le dejasen tener una radio en la celda, aunque estaría preparada sólo para las emisoras de música. Por intentarlo...

         - No debe hacer eso, aunque le agradezco su buena intención. Escuchar música real me acercaría a un mundo que no puedo tener. Sería para mí un tormento. Nada de radios. Se lo agradezco.

          El guardián asintió sereno ante el peso de la argumentación.

          - Sin embargo, puestos a solicitar algo, hay una cosa que sí podría hacer por mí. Creo que no es incompatible con las normas. Me refiero a ayudarme a escuchar la música en mi cabeza.

             - ¿En su cabeza?... creo que no le entiendo... ¿Y cómo podría hacer eso?

          - Me refiero a la música escrita, a las partituras. Sé que no puedo tener libros, pero una partitura no es exactamente un libro. Son notas y más notas. Si me pudiera proporcionar alguna yo podría leerla y recrear la música en mi mente. ¡Haría mis propias versiones! lo que es bastante ambicioso ¿no cree?

          El guardián hizo la consulta y al cabo de tres semanas se le permitió suministrar partituras al recluso. Salían de la Biblioteca del Conservatorio municipal. Aunque eran las más usadas y viejas, todavía eran legibles y prefirieron regalarlas antes que tirarlas.

          - Elige siempre que puedas las de las obras más largas: óperas, oratorios, grandes sinfonías. Quiero que el estruendo retumbe en mi interior. Además, son muchas horas las que ocupar: mejor músicas largas que cortas.

          De este modo, mes a mes, el recluso fue recibiendo gruesos tomos con las más grandes creaciones de la historia de la música, reestrenándolas en su imaginación como si estuvieran naciendo en ese momento, para al día siguiente comentarlas con su entusiasta proveedor. Éste, seducido por el relato y la descripción de cada obra, compraba el disco y lo escuchaba en casa, saboreando cada frase, cada detalle, cada sección como nunca antes había experimentado. Su afición a la música maduró de manera extraordinaria, hasta el punto de acabar rebatiendo y debatiendo las observaciones del maestro prisionero. 

          Pasaron los años y entre los estrechos y cada vez más grises muros de la celda se programaron, silenciosas, sinfonías de Mahler y Sibelius, óperas de Verdi, Mozart o Britten, poemas de Liszt y Strauss, libros de madrigales de Monteverdi, ciclos completos de Brahms y Schubert... Era el teatro-auditorio más pequeño y escondido del mundo, pero, con diferencia, el más productivo. 

          - Tristán e Isolda ¡qué agradable sorpresa! Una ópera enorme, y voluminosa como puede verse. Justo lo que necesitaba ¿Sabía usted que en el tercer compás Wagner hace uso de un “acorde prohibido”? Una novena sin preparación que golpeó el sistema tonal imperante como una china en el parabrisas de un coche.

          - ¿Un sólo acorde puede hacer eso?

          - Supongo que plantearlo tan al comienzo era una declaración de intenciones. La Música estaba cambiando. Beethoven hizo algo parecido con el primer acorde de su Primera Sinfonía: comienza, sin previo aviso, con un inestable y vacilante acorde de séptima que rápidamente resuelve en una salvífica octava. Pero no fue lo mismo, claro está. Lo de Wagner dolió más. Los cambios, si han de ser duraderos, implican dolor. Así son las cosas.

          Durante casi una semana, recluso y guardián paladearon y descifraron el laberinto del Tristán hasta las fronteras del llanto. El uno, recogido en su clausurado mutismo de lectura interior, el otro en su casa, extasiado frente a los altavoces de su confortable salón con chimenea.

          - Mañana me darán la partitura de Fidelio. Al menos eso me han prometido; luego se retrasarán, como siempre. El bibliotecario no tiene ninguna prisa.

          - Lógico ¿por qué habría de tenerla? Nosotros tampoco la tenemos ¿no? ¿Fidelio dices? ¡Qué ironía! Dile al bibliotecario que le agradezco mucho lo que hace. No le apremies.

          Al día siguiente, sin embargo, el bibliotecario cumplió. Con su libro de Beethoven bajo el brazo el guardián llegó a la prisión con la puntualidad habitual, ansioso por sumergirse esta vez en la única ópera compuesta por el genio de Bonn. La ambulancia en la puerta le dio la pista. Cuando entró en la celda estaban bajando el cadáver. El recluso había podido llegar finalmente a anudar una sábana al aburrido barrote del ventanuco, sirviéndose de los libros de partituras apilados contra el muro, y empujando con el pie el último volumen, dejar caer su cuerpo a plomo. La compuerta de su improvisado cadalso no fue otra que el grueso y denso Tristán, que quedó reventado en el suelo, abierto por la primera página, mostrando el doloroso acorde Fa-Si-Re#-Sol#.

          Tras el breve y reglamentario sepelio, la pequeña celda quedó clausurada a la espera de un nuevo inquilino. El director de la cárcel no puso objeciones al guardián melómano -el alto y fuerte-, quien pidió poder llevarse toda aquella música en papel. Se trataba de una extraordinaria colección de sonidos impresos, encriptados en un complejo sistema de puntos, letras y líneas. Notas y más notas. Cuando llegó a su casa se detuvo un instante tras la ventana y miró el cielo. No había nubes. Luego bajó todos los libros al sótano y los guardó en un gran baúl, junto con los discos que tanto habían arropado sus oídos durante esos años. Nunca lo volvió a abrir. 


sábado, 30 de noviembre de 2024

El violín negro

 

    Si no recuerdo mal, debió ser en abril de 1964 cuando los alacranes comenzaron a colonizar nuestra casa. Al principio, asumiendo su papel de defensor del hogar, mi padre les hizo frente con la mayor determinación, aplastando su cuerpo contra el suelo con la vehemencia de quien se sabe un ser superior. Pero la cantidad y perseverancia de tan terrible plaga pronto le hizo hundirse en el desánimo. Nadie supo nunca de dónde provenían, pues si bien la casa estaba a las afueras del pueblo, algo apartada, con un único y estrecho camino apenas empedrado que la unía a la carretera, resultaba inexplicable que fuera la nuestra la única en llamar la atención de seres tan indómitos. Los ancianos del lugar, que para todo tenían su teoría, no acertaban a dar una explicación. Unos lo achacaban a las contaminadas aguas del río, otros a la falta de lluvias, otros a la forma del valle y la situación de los pozos, mientras que las arpías de la plaza hablaban abiertamente de una maldición y no dudaban en culpar de ella a la infrecuencia de nuestras visitas a la iglesia, vergonzante prolongación del pasado hereje de mi abuelo Tomás, a quien hubieron de fusilar los nacionales en el 37, por haber matado a navajazos al sacristán Cosme y a su hijo Román, de dieciséis años, semanas después del alzamiento. La Rumi, una curandera del pueblo de al lado que llegó para las ferias, relataba cómo su bisabuela le habló una vez de un monasterio al norte de la provincia, que en tiempos de Alfonso XII fue ocupado por un arácnido de dimensiones descomunales, haciendo de las bóvedas y capiteles el armazón de su tela blanca y tupida. Ningún remedio consiguió acabar con la dichosa tarántula, que llegó a tener, en el momento en que los frailes decidieron huir para siempre, el tamaño y la fuerza de un toro.       

Durante meses mi madre tuvo el coraje de combatir a los escorpiones con remedios caseros que rayaban la brujería, preparados infectos y aceites pringosos elaborados con todo tipo de repelentes cuyas recetas le confió la anciana Rumi. Se echaba al suelo y embadurnaba sus lechos, lo que inicialmente parecía asustarlos de algunos rincones, pero ninguna victoria fue duradera. Bajo la alacena, en el interior de los armarios y la despensa, o caminando por las colchas, las sábanas y el mantel, docenas de exoesqueletos arqueados y oscuros como la noche campaban a sus anchas, moviendo sus pinzas con descaro, sin importarles las bajas que pudieran causarles nuestra resistencia hostil. De nada sirvieron las hogueras casi rituales que hicimos en la puerta con cientos de ellos, muertos o vivos, mirando cómo se retorcían y desintegraban, crujiendo y saltando como cáscaras secas. No es difícil entender que la locura que de algún modo sufrió mi padre hasta que murió tuviera su origen en aquellos siniestros días. Varias veces pensó en rociar la casa con gasolina y pegarle fuego: para purificarla, decía. Luego la pintamos y empezamos de cero, gritaba con los ojos arrasados por la impotencia. Pero mi hermana tenía dos años, yo era un niño de ocho y mi hermano mayor de diez, y los aguijonazos cada vez más frecuentes parecían sugerir que ya no nos querían con ellos. La convivencia –aun tan mal llevada- había sido una fase. Abatidos por una guerra de desgaste que el enemigo basaba en la más simple y obstinada presión demográfica, capitulamos, hicimos las maletas y nos vinimos a la ciudad. Fue eso a fines de ese mismo año, poco antes de los turrones. El hogar que fuera levantado por mi bisabuelo Matías y en el que vieron la luz sus cinco hijos, luego mi padre, mis dos tíos y cuatro tías, mis dos hermanos y yo mismo, hubo de ser abandonado a la suerte de sus nuevos y silenciosos inquilinos, sin esperanza alguna –además- de arrendarla ni malvenderla a nadie, dadas las circunstancias. El alcalde ordenó advertir de sus peligros a los viajeros con un cartel a la entrada del camino, abundando en la leyenda en que el suceso no tardó en convertirse, llamada a deformarse de modo más y más terrorífico con cada generación.

Crecimos desde entonces en un piso minúsculo y ruidoso de la periferia urbana, lindando con unas chabolas de gitanos. Vivían de vender chatarra y de soplar la trompeta por las calles, pero el mayor de todos tocaba un violín al que extraía un sonido áspero y extraño. Un violín negro. Solía sentarme a escucharlo como hechizado. Un día me dijo: con este violín se ahuyenta a los demonios. ¿A los alacranes también?, le pregunté. A todos, respondió él. En ese caso, cuando sienta que se va a morir regálemelo, yo lo cuidaré. El viejo debió interpretar aquello como un mal presagio y no volvió salir a la calle. Seguí acercándome a su casa de maderas y chapa para oírle tocar, pero sólo encontré silencio. Un día su sobrina salió a buscarme con el violín en la mano, me lo ofreció y me dijo: “el abuelo m’ha dao esto pa ti, dice que le trae mal fario”. Lo agarré con fuerza y corrí a suplicar a mis padres que me buscasen un profesor. Me apuntaron a una academia donde me enseñaron las primeras lecciones. Yo dedicaba el día a practicar, a buscar el sonido del gitano, a quien no volví a ver nunca más. Al cabo de unos meses el profesor me dijo: prefiero que no vengas más, no sé exactamente qué es lo que tocas con ese violín, pero desde luego música no es. Asumí que había superado una etapa y me centré en la búsqueda y exploración de las notas que parecían reservadas únicamente a aquel instrumento. No tener amigos me dejaba mucho tiempo para ensayar.

Tras unos meses en el que mi aislamiento se hizo más y más patente, siguiendo el consejo del director de mi instituto, mis padres me empezaron a llevar a un psiquiatra. Le conté el episodio de los alacranes, pero, curiosamente, no le concedió demasiada trascendencia. Toda su obsesión era saber si mi padre me pegaba de niño, o me maltrataba sexualmente de alguna forma. Me pareció que el que le dijera que no, que nunca me puso la mano encima, le contrariaba, le decepcionaba y, tal vez por eso, tras unos meses de terapia dio por finalizadas las sesiones. Su hijo está atravesando un proceso incierto y preocupante – les dijo -, tal vez está negando todo o puede que sea un fabulador, es una edad muy difícil; no soy partidario de medicar sin más mientras no existan brotes violentos ni comportamientos antisociales, pero estén atentos a su conducta, y si se volviera más excéntrica deberían pensar en ingresarlo. La verdad es que mis padres por aquel tiempo tenían otras preocupaciones y lo dejaron correr. Mi hermana, recién cumplidos los catorce, se había quedado embarazada de un marroquí de nombre Nabil. Justo cuando estaban pensando si casarla o no, el tal Nabil fue detenido en Algeciras por hacer de mula. Durante el forcejeo con la guardia civil, el moro clavó sus llaves a uno de los guardias en un ojo. Los médicos no consiguieron salvárselo, el juez aplicó la ley de mil amores y le cayeron cinco años en el penal del Puerto de Santa María. Con el tiempo mi hermana consideró aquello como una bendición y se olvidó de él. Empecé a trabajar vigilando obras por las noches, lo que me dejaba el día para descansar un poco y tocar mi violín negro.  Mi padre murió de cirrosis cuando yo tenía ya treinta años y dos más cuando mi madre le siguió a la tumba por culpa de una especie de mancha que, según nos explicaron los médicos, le estaba pudriendo el cerebro. Sin apenas estudios ni referentes respetables de ningún tipo, me senté en la mesa de la cocina para dibujar mi futuro en un papel. Pero sólo me salieron círculos. Consideré que había llegado el momento de enfrentarme a mis demonios. Cogí mi violín negro y regresé al lugar en el que nací.

          Asediada por matojos y malas hierbas, ni los desconchones de la fachada ni el ya oxidado cartel de “Peligro. Zona de escorpiones” habían logrado eliminar de la casa el cálido semblante hogareño con que la recordaba. Con tan intimidatoria advertencia en la entrada, era evidente que ningún ser humano –tal vez algún jabato medio zumbado- había puesto el pie allí desde hacía veinticinco años. Hice girar la llave con temor. La puerta se abrió sin apenas quejarse. El interior estaba tal y como lo recordaba, como si el tiempo hubiera prescindido de perderlo allí dentro. Mucho polvo y olor a humedad, sombras de recuerdos, pero ni rastro de los alacranes. Cogí el taburete de la entrada, en el que me solía subir para saquear la caja de galletas, y lo puse en medio del salón. Apenas entraba la luz por debajo de las puertas. Me senté, saqué mi violín negro de su funda, lo afiné usando una scordatura que leí en un libro del gran maestro Giussepe Tartini, y comencé a tocarlo con los ojos cerrados, como lo había hecho durante años, sin más público que yo mismo. No sé el tiempo que transcurrió, pero cuando levanté los párpados para dejar al descubierto mis pupilas dilatadas lo vi, allí estaba, justo enfrente de mí, inmóvil como una figura de marfil, convocado sin duda por la música que aprendí del gitano. El escorpión más grande, altivo y brillante que jamás había visto. Diría que hermoso. Semitransparente y metálico. Quién era el anfitrión y quién el invitado, me pregunté. Empezó a moverse despacio mientras yo seguía frotando las cuerdas. Era el ejemplar que la ocasión merecía, por su color rojo negruzco, por sus aterradoras tenazas de langosta, su aguijón afinado y retorcido como una letra gótica, por su tamaño aristocrático, en ningún caso menor de setenta centímetros. Comprendí entonces que la monacal tarántula aquella de la que nos hablaba la Rumi, existió de verdad. Insectos gigantes que, como heraldos tristes nacidos en los estómagos de la tierra, la naturaleza nos envía para atenuar la arrogancia de nuestra especie. El escorpión me fue rodeando con sigilo hasta situarse detrás de mí. Ya no lo veía. Noté entonces cómo ascendía por mi espalda sin conmover el aire hasta quedarse centrado y quieto, como esperando transformarse en una prolongación externa de mi columna vertebral. Estuvimos así varias horas. El escorpión y la música. Agotado, al fin me detuve, bajé la mano derecha lentamente y dejé caer el arco, apoyé el violín en mi rodilla y esperé. Sentí cómo el demonio se estremecía y se arqueaba preparándose para el ataque. Ya no había música. No había nada, sólo la casa, la casa de mi padre, mi casa. Cerré los ojos asintiendo, y tras unos segundos, en la oscuridad silenciosa de mi primer hogar, mi nuca encajó indefensa la punción final.


domingo, 24 de noviembre de 2024

Muñecas Rusas

 


Diría, ante todo, que es singular, excéntrica, apartada.

Cercada, insólita, un poco invisible.

En mi zona del mundo llueve sólo los días soleados, anochece minutos antes del mediodía y el cántaro se rompe la primera vez que va a la fuente.

En mi zona del mundo los ratones muerden a las víboras, las carretas tiran con fuerza de los bueyes, y el ruido seco que envuelve el campo camino del bosque, lo hacen los pájaros disparando a las escopetas.

En mi zona del mundo tanto tienes, menos vales; las personas con los años se vuelven más ingenuas; el diablo, lo que tenga que saber, lo sabe por diablo, y los políticos son –generalmente- seres silenciosos.

En mi zona del mundo la virtud está un poco más allá del punto medio, si algo reluce siempre es oro, y un ciego puede ser rey en el país de los tuertos (aunque habrá de afinar perseverantemente el oído).

En mi zona del mundo no hay televisión, ni tampoco radio, los periódicos sólo sirven para envolver regalos improvisados. Las noticias se echan en unos cuencos anchos y dorados, y se dejan en el centro del paisaje para que el viento las lleve y las traiga, si así lo estima oportuno.

No hay turismo, no somos fin de trayecto de ningún raíl, los GPS se confunden al acercarse al término municipal de mi zona del mundo. Y no salimos en Google Maps –según ellos mismos me explicaron en un mail muy cordial- por falta de interés por su parte.

Mi zona del mundo tiene dos tramos: uno se ve muy poco y el otro apenas existe. Pero aún así, por razones que ni yo mismo comprendo, conforma un universo completo y en equilibrio, que contiene a su vez otro universo, que incluye otro y éste otro, y así… en una suerte seriada de muñecas rusas sin sonrisa, cuyo mundo más pequeño es siempre más grande que yo. Aunque sea insólito y casi, casi invisible.


sábado, 25 de mayo de 2024

Colores, lugares, geometrías

 


Imaginemos, puestos a imaginar,

un pequeño mundo cubierto por tejados amarillos

mares, tierras, horizontes

y justo en el centro, una ciudad simétrica

círculos, triángulos, trapecios.

Imaginemos, puestos a imaginar,

una playa, un puerto, una torre

cien balcones, mil ventanas, un paseo

y justo en el centro, un jardín tan descomunal

que todas las flores del mundo

disponen en él de una orgullosa embajada.

Imaginemos ahora, por imaginar más cosas,

un barrio periférico, en las fronteras del ruido

ni tan lejos ni tan cerca

ni tan alto ni tan bajo

y justo en el centro, un mirador de piedras antiguas

desde el que se ve una escuela,

recreo, canciones, corrillos

sumas, restas, llevaditas

y por el cristal del aula, la imagen

-digo- por seguir imaginando,

de una catedral con ábside y fachada

geométrica

y justo en el centro, en el mismo centro,

veinticuatro cúpulas de color amarillo,

como en todos los tejados

como en el resto de los mundos.


sábado, 18 de noviembre de 2023

Plebiscito

 




Entre los ventanales amplios que ofrecía el destino

elegía aquel colonizado por la luz silenciosa de las voces.

Entre los trayectos susurrados por los atlas

elegía siempre aquel que dirigiera sus miradas hacia el norte.

Y una vez ya dentro, sabiéndose en el tren articulado de los días

buscaba el lado más occidental de los vagones.

Exploraba la inconmensurable pequeñez de las vivencias

para trasladarla a un frenesí de relatos galdosianos,

dramáticos, reales,

un poco incomprensibles.

Para más tarde, despertando de un sueño sosegado,

conmemorar el perfil erosionado de los ciclos.

Se arropaba con las letras de mil textos

sin dejarse arrastrar por los gritos emanados de los vecinos locos,

pobres alienados,

sabiendo que su espacio cotidiano provenía

de una civilización anciana

creadora de cerámicas,

dibujos, creencias

y de un vaso arqueológico de forma acampanada.

Por eso su memoria escribía en los espejos

retratos de tela

armonías del alma

frenesí de danzas contagiosas

y un mural paternal de selváticos colores.

Al fin, decidió preguntar a sus complejos

qué camino habrían de tomar sus decisiones.

Propuso un plebiscito

vinculante

que arrojó un resultado sorprendente:

vivir sin miedo alguno

mecido por el canto de los libros,

el eco de los lápices

y el caos evanescente

de los ruidos.