
Si
no recuerdo mal, debió ser en abril de 1964 cuando los alacranes comenzaron a
colonizar nuestra casa. Al principio, asumiendo su papel de defensor del hogar,
mi padre les hizo frente con la mayor determinación, aplastando su cuerpo
contra el suelo con la vehemencia de quien se sabe un ser superior. Pero la
cantidad y perseverancia de tan terrible plaga pronto le hizo hundirse en el
desánimo. Nadie supo nunca de dónde provenían, pues si bien la casa estaba a
las afueras del pueblo, algo apartada, con un único y estrecho camino apenas
empedrado que la unía a la carretera, resultaba inexplicable que fuera la
nuestra la única en llamar la atención de seres tan indómitos. Los ancianos del
lugar, que para todo tenían su teoría, no acertaban a dar una explicación. Unos
lo achacaban a las contaminadas aguas del río, otros a la falta de lluvias, otros
a la forma del valle y la situación de los pozos, mientras que las arpías de la
plaza hablaban abiertamente de una maldición y no dudaban en culpar de ella a
la infrecuencia de nuestras visitas a la iglesia, vergonzante prolongación del
pasado hereje de mi abuelo Tomás, a quien hubieron de fusilar los nacionales en
el 37, por haber matado a navajazos al sacristán Cosme y a su hijo Román, de
dieciséis años, semanas después del alzamiento. La Rumi, una curandera del
pueblo de al lado que llegó para las ferias, relataba cómo su bisabuela le habló
una vez de un monasterio al norte de la provincia, que en tiempos de Alfonso
XII fue ocupado por un arácnido de dimensiones descomunales, haciendo de las
bóvedas y capiteles el armazón de su tela blanca y tupida. Ningún remedio
consiguió acabar con la dichosa tarántula, que llegó a tener, en el momento en
que los frailes decidieron huir para siempre, el tamaño y la fuerza de un toro.
Durante
meses mi madre tuvo el coraje de combatir a los escorpiones con remedios
caseros que rayaban la brujería, preparados infectos y aceites pringosos
elaborados con todo tipo de repelentes cuyas recetas le confió la anciana Rumi.
Se echaba al suelo y embadurnaba sus lechos, lo que inicialmente parecía
asustarlos de algunos rincones, pero ninguna victoria fue duradera. Bajo la
alacena, en el interior de los armarios y la despensa, o caminando por las
colchas, las sábanas y el mantel, docenas de exoesqueletos arqueados y oscuros
como la noche campaban a sus anchas, moviendo sus pinzas con descaro, sin
importarles las bajas que pudieran causarles nuestra resistencia hostil. De
nada sirvieron las hogueras casi rituales que hicimos en la puerta con cientos
de ellos, muertos o vivos, mirando cómo se retorcían y desintegraban, crujiendo
y saltando como cáscaras secas. No es difícil entender que la locura que de
algún modo sufrió mi padre hasta que murió tuviera su origen en aquellos
siniestros días. Varias veces pensó en rociar la casa con gasolina y pegarle
fuego: para purificarla, decía. Luego la pintamos y empezamos de cero, gritaba
con los ojos arrasados por la impotencia. Pero mi hermana tenía dos años, yo
era un niño de ocho y mi hermano mayor de diez, y los aguijonazos cada vez más
frecuentes parecían sugerir que ya no nos querían con ellos. La convivencia –aun
tan mal llevada- había sido una fase. Abatidos por una guerra de desgaste que
el enemigo basaba en la más simple y obstinada presión demográfica, capitulamos,
hicimos las maletas y nos vinimos a la ciudad. Fue eso a fines de ese mismo
año, poco antes de los turrones. El hogar que fuera levantado por mi bisabuelo
Matías y en el que vieron la luz sus cinco hijos, luego mi padre, mis dos tíos
y cuatro tías, mis dos hermanos y yo mismo, hubo de ser abandonado a la suerte
de sus nuevos y silenciosos inquilinos, sin esperanza alguna –además- de
arrendarla ni malvenderla a nadie, dadas las circunstancias. El alcalde ordenó
advertir de sus peligros a los viajeros con un cartel a la entrada del camino, abundando
en la leyenda en que el suceso no tardó en convertirse, llamada a deformarse de
modo más y más terrorífico con cada generación.
Crecimos
desde entonces en un piso minúsculo y ruidoso de la periferia urbana, lindando
con unas chabolas de gitanos. Vivían de vender chatarra y de soplar la trompeta
por las calles, pero el mayor de todos tocaba un violín al que extraía un
sonido áspero y extraño. Un violín negro. Solía sentarme a escucharlo como
hechizado. Un día me dijo: con este violín se ahuyenta a los demonios. ¿A los
alacranes también?, le pregunté. A todos, respondió él. En ese caso, cuando
sienta que se va a morir regálemelo, yo lo cuidaré. El viejo debió interpretar
aquello como un mal presagio y no volvió salir a la calle. Seguí acercándome a
su casa de maderas y chapa para oírle tocar, pero sólo encontré silencio. Un
día su sobrina salió a buscarme con el violín en la mano, me lo ofreció y me
dijo: “el abuelo m’ha dao esto pa ti, dice que le trae mal fario”. Lo agarré
con fuerza y corrí a suplicar a mis padres que me buscasen un profesor. Me
apuntaron a una academia donde me enseñaron las primeras lecciones. Yo dedicaba
el día a practicar, a buscar el sonido del gitano, a quien no volví a ver nunca
más. Al cabo de unos meses el profesor me dijo: prefiero que no vengas más, no
sé exactamente qué es lo que tocas con ese violín, pero desde luego música no
es. Asumí que había superado una etapa y me centré en la búsqueda y exploración
de las notas que parecían reservadas únicamente a aquel instrumento. No tener
amigos me dejaba mucho tiempo para ensayar.
Tras
unos meses en el que mi aislamiento se hizo más y más patente, siguiendo el
consejo del director de mi instituto, mis padres me empezaron a llevar a un
psiquiatra. Le conté el episodio de los alacranes, pero, curiosamente, no le
concedió demasiada trascendencia. Toda su obsesión era saber si mi padre me
pegaba de niño, o me maltrataba sexualmente de alguna forma. Me pareció que el
que le dijera que no, que nunca me puso la mano encima, le contrariaba, le
decepcionaba y, tal vez por eso, tras unos meses de terapia dio por finalizadas
las sesiones. Su hijo está atravesando un proceso incierto y preocupante – les
dijo -, tal vez está negando todo o puede que sea un fabulador, es una edad muy
difícil; no soy partidario de medicar sin más mientras no existan brotes
violentos ni comportamientos antisociales, pero estén atentos a su conducta, y
si se volviera más excéntrica deberían pensar en ingresarlo. La verdad es que
mis padres por aquel tiempo tenían otras preocupaciones y lo dejaron correr. Mi
hermana, recién cumplidos los catorce, se había quedado embarazada de un
marroquí de nombre Nabil. Justo cuando estaban pensando si casarla o no, el tal
Nabil fue detenido en Algeciras por hacer de mula. Durante el forcejeo con la
guardia civil, el moro clavó sus llaves a uno de los guardias en un ojo. Los
médicos no consiguieron salvárselo, el juez aplicó la ley de mil amores y le
cayeron cinco años en el penal del Puerto de Santa María. Con el tiempo mi
hermana consideró aquello como una bendición y se olvidó de él. Empecé a
trabajar vigilando obras por las noches, lo que me dejaba el día para descansar
un poco y tocar mi violín negro. Mi
padre murió de cirrosis cuando yo tenía ya treinta años y dos más cuando mi
madre le siguió a la tumba por culpa de una especie de mancha que, según nos explicaron
los médicos, le estaba pudriendo el cerebro. Sin apenas estudios ni referentes
respetables de ningún tipo, me senté en la mesa de la cocina para dibujar mi
futuro en un papel. Pero sólo me salieron círculos. Consideré que había llegado
el momento de enfrentarme a mis demonios. Cogí mi violín negro y regresé al lugar
en el que nací.
Asediada por matojos y malas hierbas, ni
los desconchones de la fachada ni el ya oxidado cartel de “Peligro. Zona de
escorpiones” habían logrado eliminar de la casa el cálido semblante hogareño
con que la recordaba. Con tan intimidatoria advertencia en la entrada, era
evidente que ningún ser humano –tal vez algún jabato medio zumbado- había
puesto el pie allí desde hacía veinticinco años. Hice girar la llave con temor.
La puerta se abrió sin apenas quejarse. El interior estaba tal y como lo
recordaba, como si el tiempo hubiera prescindido de perderlo allí dentro. Mucho
polvo y olor a humedad, sombras de recuerdos, pero ni rastro de los alacranes. Cogí
el taburete de la entrada, en el que me solía subir para saquear la caja de
galletas, y lo puse en medio del salón. Apenas entraba la luz por debajo de las
puertas. Me senté, saqué mi violín negro de su funda, lo afiné usando una
scordatura que leí en un libro del gran maestro Giussepe Tartini, y comencé a
tocarlo con los ojos cerrados, como lo había hecho durante años, sin más
público que yo mismo. No sé el tiempo que transcurrió, pero cuando levanté los
párpados para dejar al descubierto mis pupilas dilatadas lo vi, allí estaba,
justo enfrente de mí, inmóvil como una figura de marfil, convocado sin duda por
la música que aprendí del gitano. El escorpión más grande, altivo y brillante
que jamás había visto. Diría que hermoso. Semitransparente y metálico. Quién
era el anfitrión y quién el invitado, me pregunté. Empezó a moverse despacio
mientras yo seguía frotando las cuerdas. Era el ejemplar que la ocasión
merecía, por su color rojo negruzco, por sus aterradoras tenazas de langosta, su
aguijón afinado y retorcido como una letra gótica, por su tamaño aristocrático,
en ningún caso menor de setenta centímetros. Comprendí entonces que la monacal tarántula
aquella de la que nos hablaba la Rumi, existió de verdad. Insectos gigantes
que, como heraldos tristes nacidos en los estómagos de la tierra, la naturaleza
nos envía para atenuar la arrogancia de nuestra especie. El escorpión me fue
rodeando con sigilo hasta situarse detrás de mí. Ya no lo veía. Noté entonces
cómo ascendía por mi espalda sin conmover el aire hasta quedarse centrado y
quieto, como esperando transformarse en una prolongación externa de mi columna
vertebral. Estuvimos así varias horas. El escorpión y la música. Agotado, al
fin me detuve, bajé la mano derecha lentamente y dejé caer el arco, apoyé el
violín en mi rodilla y esperé. Sentí cómo el demonio se estremecía y se arqueaba
preparándose para el ataque. Ya no había música. No había nada, sólo la casa,
la casa de mi padre, mi casa. Cerré los ojos asintiendo, y tras unos segundos, en
la oscuridad silenciosa de mi primer hogar, mi nuca encajó indefensa la punción
final.