domingo, 9 de junio de 2019

La serena curvatura de las rectas

Me nombraron juez de paz de una circunscripción incierta. Horizonte apacible, ríos serpenteantes y una encrucijada de estruendosos silencios.
No llevaba ni dos días y ya quedé aturdido por el bullicioso eco del paisaje, por el tenue balanceo de su nostalgia, por su observancia en adagio, de dentro a fuera, capaz de retratar en solitario un sugerente secarral sin nombres ni señales, en el que nadie había nunca reparado.
Viniendo como yo venía, del caos laberíntico del ciclón urbano, cómo no verse impresionado por la franqueza de sus luces, nacida en los ojos de sus cuevas, parcialmente atenuados por la sombra ladeada de la timidez y el ocaso.  
Era un entorno sutil pero de contundencia perceptible, de embrujo desplegado en la distancia corta, difícil de valorar sin pisar el suelo. Un ecosistema de susurro mágico, de arbustos con espíritu en su interior. De misterios aun por contar.
Como campo que era, era amplio, socorrido en superficie por un regimiento de sinónimos de la discreción y la mesura, pero bajo las piedras, se escondía una caldera en ebullición de proezas imaginadas, de términos y danzas imprevisibles e inconfesadas. Por eso no era como otros campos.
Y así es como se reafirmaron mis noches en claro, algo menos que infinitas, prolongadas en una sucesión de minutos en hilera, como hacen los caminos sin bosque. 
Será que por eso sigo aquí, seducido por la serena curvatura de las rectas, dialogando con la imaginación de los proyectos, y escondiéndolos después en el pliegue más anónimo de los secretos.

domingo, 9 de septiembre de 2018

El perro



Durante casi setenta años la casa permaneció quieta. Por fuera y por dentro. Ni la naturaleza belicosa y evangelizadora, ni los vientos pendencieros, ni los llantos de las ofuscadas lluvias quisieron ensañarse demasiado con un palacete ya de por sí frágil y quebradizo. Hasta las pandillas de niños que se acercaban a ella con terror reverencial, emanado de las historias de fantasmas que se contaban, respetaron sus ventanas, cuyos cristales, grises ya por la edad y los asedios del polvo, eran una tentación para cualquier piedra que durmiera por el suelo.
Su interior, huérfano de muebles, lámparas o espejos desde hacía décadas, presumía de la solemnidad fabril de lo decrépito, de la nobleza casi industrial que dan los muros y los techos desconchados. La escalera era tan espiritual y al tiempo mundana, que los peldaños parecían el mapa mismo de una sucesión de decepciones.
 En el sótano gobernaba la noche reincidente, incluso en los días más risueños, pues las únicas rejillas por las que en otros tiempos la luz se escurrió sin permiso de nada ni de nadie, estaban condenadas por tablones de madera negruzca, unidos a los marcos por clavos tan tenaces que parecieran haber sido arrancados de la propia cruz de Cristo.
 De la azotea poco habría que decir, salvo que tenía rotas tres de cada siete baldosas, y que las vistas que desde ella se obtenían, siendo hermosas, poca o ninguna información daban sobre el entorno, pues las copas de los árboles negaban a la vista su derecho a viajar más allá de los ejércitos del bosque.
  En setenta años nunca se vio a nadie entrar ni salir de la casa, ni se tiene noticia de que nadie pudiera haberse servido de ella como refugio pasajero. Sin embargo, por alguna razón, todo el mundo daba por seguro que en su interior vivía un perro.
 Nadie lo vio nunca, ni lo oyó ladrar, nadie podía describir de él ni su raza, ni su aspecto, ni su silueta, ni su sombra. Pero el perro viví allí y ponerlo en duda era, a los ojos de los vecinos, tan absurdo como negar la existencia misma de la casa.





domingo, 4 de marzo de 2018

Oxímoron


Ni los gritos mudos de la populosa ausencia, ni las miradas ciegas de los demonios buenos, lograron detener el inmóvil traqueteo de las hogueras negras. Eran frías ascuas de un rescoldo apagado, pero repleto aún de vacíos rebosantes, armados de una sencillez inescrutable y compleja.
Por tal razón, sometieron su estrecha amplitud a una caótica disciplina de esperanzadoras decepciones, y llamaron a los calurosos esquimales para aplacar con pacífica violencia esta extraña normalidad de inmensidades breves.
Felizmente todo salió mal. No acertaron a venir por las selvas polares, asumiendo con una infinidad visiblemente acotada que una república de reyes absolutos entregaría su legado a un gemelo único, ungido de la más humilde de las arrogancias.
Y así es como nos dejaron, en esta episódica y esporádica continuidad de fragilidad marmórea, oxímoron coherente de una realidad ilusoria. De certeza dudosa. De prusiano libertinaje. De esquizofrénica cordura.  

sábado, 24 de junio de 2017

La celda

Nunca entendí por qué me encerraron en una celda tan grande. De hecho, con dimensiones tan descomunales, me cuesta llamarlo celda. Pero ellos así lo llamaron. “Te encerraremos en una celda” me dijeron. Y me trajeron aquí.
De haber tenido un techo alto con claraboyas, diría que se trata de algún tipo de nave industrial. Una nave pensada para una sola persona. O tal vez adaptada para tal fin. Una nave para destruir en vez de para fabricar. Para deshacer, para descomponer. En este caso para destruir al individuo.
Pero no, el techo no es elevado, al menos no para un espacio tan amplio. Podría pensar que en su origen había tabiques que dividían este enorme espacio en habitaciones, en departamentos, o en más celdas, cientos de ellas. Pero ni en el suelo ni en los muros se aprecian señales que lleven a pensar eso. No hay marcas. La sensación es que fue construida así. De un solo trazo sobre el plano.
Sin poseer, como es mi caso, conocimientos profundos de arquitectura, me llama la atención que en tan gigantesco espacio no hay columna ni pilar alguno. Me pregunto cómo podrá sujetarse una cubierta así, tan grande como el suelo. Ni aun sin tener encima el peso de otro piso, una superficie adintelada como esta debería al menos combarse por el centro, su punto más crítico. Pero eso no ocurre. Su horizontalidad es fiel, una réplica paralela del suelo, manifiestamente rígido y recto.
Especulo con la idea de que toda esta techumbre esté sujeta desde arriba, con brazos a la manera de arbotantes, como una grúa. Pero no llego a imaginar entonces sobre qué puntos de apoyo sobrevivirían estos a la innegociable tiranía de la gravedad.
En mi cabeza he dibujado una pirámide hueca, cuyo interior se compone de cientos de columnas nacidas de los muros laterales y oblicuos, sobre las que cuelga este fabuloso techo que domina mi vida. Lo habrán visto seguro en los techos de escayola, colgados de las vigas superiores. Sin embargo, de ser así, esa pirámide debería ser inimaginablemente grande y pesada, y de nuevo, inexplicable sin puntos de descarga interior.
Hace tiempo desarrollé una teoría alternativa, audaz, extraña. Pensé que en realidad este espacio era el resultado de un truco visual creado por espejos. Pero caminando por el perímetro completo pude constatar que no es así. Los muros son duros y opacos. Son reales. De color blanco, casi igual que el suelo, cuyo tono es algo más oscuro. De ser del mismo color perdería la noción del espacio al no diferenciar el suelo del muro, ni el muro del techo. Aquella comprobación me dio además una idea sobre las dimensiones y forma de mi celda. Confirmé que se trataba de un cuadrado perfecto de aproximadamente 266 metros de lado.
Otro misterio es la luz. El techo es un espacio completo y uniforme de un material traslúcido, que se ilumina y se apaga regularmente de luz blanca. Por mis ciclos de sueño y los momentos en que me acercan la comida a una de las esquinas, he llegado a intuir que los periodos de luz tienen una relación de 2/3 con respecto a los de oscuridad total. Y que la suma de los tres debe corresponderse con la duración de un día de 24 horas. Así, 16 horas son de luz, y 8 de oscuridad, cíclicamente.
            Me sirven la comida poco después de encender las luces y aproximadamente una hora antes de apagarlas. Es una alimentación suficiente y adecuada, dadas las circunstancias. Para evitar problemas con tan regular cadencia alimentaria, procuro estar cerca de la puerta en esos momentos. Además, es en las proximidades de esa puerta –la única puerta- donde paso la mayor parte del día, allí tengo la cama, el retrete, un lavabo y una ducha, siempre con agua potable. También tengo una mesa y dos sillas. Me pregunto por qué dos sillas, si estoy completamente solo. Más misterios.  
            Mi ropa se compone de un pantalón y una camiseta de manga corta, ambas prendas blancas. De no ser por el tono más oscuro de mi cuerpo me fundiría literalmente con el fondo. Para un espectador externo formaría parte de mi celda. Dispongo de calzado básico y elementos de aseo. No siento frío ni calor en ningún momento, lo que me lleva a pensar que la temperatura es de 20 grados aproximadamente. ¿Cómo logran mantener esta temperatura constante? Es el enésimo enigma de mi cautiverio. No hay ranuras visibles, ni radiadores, no hay corrientes de aire. El aire es limpio pero no proviene de ningún sitio que yo pueda ver. La puerta da a un espacio cerrado y angosto, y esta sólo se abre para dejarme la comida, y ahí debo depositar la bandeja al terminar. El funcionamiento es similar al de los tornos en un convento de clausura. De este modo no tengo contacto de ningún tipo con ninguno de mis carceleros.
            Pero los misterios no terminan aquí. Si hablo en alto para pedir algo, alguien en algún sitio me escucha. En ocasiones he pedido libros y me los han dejado junto a la comida. Son novelas de Julio Verne, de Emilio Salgari, de ese estilo. Todo aventuras, siempre ficción. Una vez me dejaron una versión en cómic de la Biblia, pero el texto estaba en polaco o algo parecido. Me entretuvo mirar los dibujos. Muchas son historias muy conocidas que no necesitan texto. Una vez pedí escuchar música y comenzó a sonar a los pocos segundos. Era música clásica. Básicamente relajante, aunque una parte me sonaba mucho, creo que de alguna película. Era más animada, como para ilustrar una batalla o algo así. ¿De dónde emanaban los sonidos? No lo sé. Ya habrán adivinado que no hay altavoces a la vista, ni cámaras, ni micrófonos.
       No tengo la menor duda de que de seguir así, no tardaré en volverme loco. Puede que ya lo esté. La percepción sensorial necesita estímulos variados, comparables, referencias. Y mi margen es mínimo. Camino a diario por el perímetro de mi enorme celda, a veces me da por correr, incluso gritar. Soy dueño de un espacio inmenso que no puedo abandonar. Repetitivo. Predecible. A veces pienso que puedo moverme más que muchas personas libres. Pero al final, siempre me encuentro con un muro. Con cuatro muros y un techo inmenso.
           He pensado incluso que pudiera estar siendo usado como cobaya de algún tipo de experimento sobre el aislamiento, o sobre las consecuencias de perder las referencias espaciales y temporales sin recurrir a la tortura. Quién sabe.
          Otra opción, que no descarto, es que, en realidad, esté muerto. O más bien, en el tránsito hacia la muerte. Que esto sea un estado intermedio entre la existencia y la desaparición. Que la laguna de la que nos hablaban los clásicos era finalmente una celda inabarcable.
           No lo sé. No sé casi nada.
         Mi única certeza es que mi delito fue grave. Lo asumo. Soy culpable. Y sé que mi reclusión es justa. Pero no entiendo por qué demonios esta debe ser en una celda tan grande. 

domingo, 28 de mayo de 2017

24 cofres

Tuve que vaciar los cofres de las vivencias por petición expresa del progreso.
Su formas me parecieron las correctas –no tengo quejas al respecto- pero sus agentes ejecutivos me dieron un trato que muchos en mi situación hubieran calificado de denigrante.
“Su experiencia en tal o cual episodio debió ser comunicada con efecto inmediato para su evaluación, su reacción ante los sucesos del día de autos fue desmesurada e inapropiada, de su paso por determinado evento no consta testimonio de actuación alguno”, etcétera.
Permanecí la mayor parte de la inspección en silencio, si bien, en un momento dado, me pareció correcto ofrecerles un café o un té mientras realizaban su tarea. Ninguno de los ocho se molestó en mirarme, siguieron a lo suyo. Sólo uno de ellos –no necesariamente el más serio- se limitó a decirme sin levantar la vista de mis cofres: cierre la puerta y quédese fuera, haga el favor, ya le avisaremos. 
Dos meses después recibí una carta certificada con la documentación sellada, escrita en tono frío y administrativo: en lo sucesivo absténgase de exhibir trazos de memoria que puedan contener aprendizajes o enseñanzas, así como de compartir con nadie reflexiones sobre hechos cruciales de su existencia, ya sean propios o tomados de otras personas.    
Constaté que se trata de un texto standard que usan en todas las misivas de este tipo. Deben enviar cientos de ellas cada día. La mía sigue en mi mesa, casi intacta, siempre coronando una montaña de papeles más recientes. No me atrevo ni a doblarla ni a guardarla en el cajón. No me atrevo a leerla en voz alta – tampoco en voz baja-.
Por suerte para mí –porque no siempre es así- me dejaron conservar los cofres –vacíos, claro está-, si bien fueron convenientemente sellados en mi presencia. Lo hizo un hombre alto y elegante, encorbatado, que no había participado en las tareas de inspección. Llegó solo al final, mientras recogían. Todos le trataron con el respeto que se le da a un superior. Al terminar se dirigió hacia mí y me habló con solemnidad pétrea: "le dejamos que se quede con los cofres pero si quiere un consejo, deshágase de ellos. Hoy. La experiencia me dice que la tentación de usarlos de nuevo suele degenerar en reincidencia. Y entonces la ley será mucho más severa". Salieron todos y se fueron por dónde habían venido. Quedé pensativo en el umbral de mi puerta. Apenas había ya luz en la calle.
En noches como la de hoy me gusta sentarme en mi estudio y observarlos, quietos, cerrados, mudos, casi fosilizados. Veinticuatro cofres de madera oscura y barnizada, inmóviles, como aquellos guerreros de terracota de Xian, con sus ojos fijos en algún punto flotante y detenidos en el tiempo. Por ahora no tengo tentación alguna de delinquir abriéndolos y volcando en ellos mis recuerdos. En realidad, ya casi el único recuerdo que me queda es el del día que tuve que vaciarlos delante de ocho inspectores graves, por petición expresa del progreso. 

viernes, 21 de abril de 2017

Renqueante

De las siete grandes verdades del mundo se me negaron las siete, momentos antes de nacer. Debió producirse un fallo, me dijeron. No suele ocurrir pero a veces ocurre, se disculparon. Pero lo cierto es que me dejaron salir a la vida, abandonado a mi suerte, desarmado de certidumbres, y obligado a buscar permanentemente entre los pliegues de la existencia los postulados que cualquier otro ser tiene incorporados gratuitamente desde que la luz agita por primera vez sus pupilas.
            Recuerdo mi infancia más dura que para el resto de mis compañeros. Mientras ellos evolucionaban rectamente por las vías de la sabiduría, mis avances eran arrítmicos, imprevisibles, renqueantes. Me detenía a reflexionar sobre las piedras, sobre algunos árboles y respiraba el aire ambicioso de los mares, cuando debí hacerlo sobre determinados bosques, en las bocas de cuevas señaladas, o en ciertos cauces de arroyos protegidos por la luna. Mis maestros se apiadaban de mí. Pobre niño, se decían. Le negaron todo, ¿no hay nada que se pueda hacer?, y movían la cabeza de una lado a otro con la mirada caída hacia los suelos.
            Mi madre debía advertir de mi tara antes de llevarme a cualquier escuela, de integrarme en cualquier colectivo. Ocurrió algo, no sabemos qué, y mi hijo nació como un humano antiguo, con la cabeza llena de preguntas, señalaba avergonzada. ¿Es posible?, preguntaban. Qué terrible. Nadie diría que hoy en día suceden cosas así. Pobre muchacho.
            Después de muchas gestiones, súplicas y quejas, mis padres logaron que me fueran incorporadas tardíamente dos de las siete verdades. Tan sólo dos, pero fueron las menos importantes: el sentido de la vida y la finalidad última de la existencia. El proceso además no fue fácil. Tendría ya unos veinticinco años y a esas alturas era ya un inadaptado. Un tullido.
            Tras asumir las dos grandes verdades, nuevas para mí, mi vida cambió poco, la verdad. Mis pensamientos se volvieron más certeros, no lo negaré. Mis inquietudes sobre el cosmos y la trascendencia del alma se vieron iluminadas por argumentos de perfil más sólido, pero en la práctica seguía siendo un mutilado de nacimiento, un ser antiguo, carente de cinco de las siete grandes verdades, un hombre de otros tiempos, como escupido por los siglos más oscuros, aquellos en que, según nos cuentan, las personas –pobres infelices- se interrogaban sobre cosas tan básicas como qué ocurre después de la muerte, cual es la naturaleza profunda de la materia, qué es la realidad y cómo podemos conocerla, qué son los números, o si existe o no existe Dios.
Entenderán ahora la soledad a la que me condena este grado mío de primitivismo, este cúmulo infinito de limitaciones, esta incurable y embrionaria tosquedad intelectual.
           Si al menos tuviera acceso a otra verdad, a una sola más. Pero ya no es posible. Es tarde. Lo sé, la saben. Lo sabemos. Soy un ser vulgar, asolado por preguntas respondidas hace cientos de años. La Historia nos enseña que incluso entonces, en los tiempos de las incertidumbres, había hombres felices. Sabemos que los había. Dejaron testimonio. ¿Podré ser yo alguna vez como ellos? Lo dudo. Me temo que solo me queda aferrarme a mis dos grandes pequeñas verdades, impenetrables para aquellos lejanos hombres felices, y cobijarme en ellas como hacen los niños entre las mantas de sus primeras conclusiones, maldiciendo, eso sí, el fallo imperdonable que me condenó para siempre a la más intensa y duradera de las ignorancias.

domingo, 26 de marzo de 2017

Tan cerca, tan lejos

Como Aquiles tras la tortuga, dediqué no pocas unidades de mi vida a correr hacia la luz de una cifra inalcanzable. Más cerca, más cerca, pensaba con cada paso, pero las distancias progresivamente más cortas abrían espacios de entrañas infinitas, engañosos a la vista, inapelables para el tribunal de límites.
Cómo fracasar –me decía- en un viaje repleto de avances periódicos y regulares. Indudables. Patentes. Demostrables. Reflejados a tinta en la notaría de las intenciones positivas.
Cómo desentenderse del empuje moral que supone ver acercarse el objetivo, como el proyectil ve la diana, en cada cumbre acordada de los juegos rituales.
A quienes me acusaran de ingenuidad manifiesta o ausencia de previsión práctica (faltas ambas muy castigadas hasta en el más benevolente de los códigos), les diría que me pudo la ambición -qué sé yo-. O tal vez fueron las ansias incrustadas en los genes de los hombres desde los tiempos en que la vida plena no era sino una sucesión de conquistas. Tan cerca, tan cerca, me decía, espoleado por la evidencia de los progresos, por el optimismo sonriente de los cálculos, sin advertir que la curvatura de la función falseaba milímetro a milímetro la victoria con más y más aplazamientos.
Del objetivo mismo salieron voces que me hablaron de falta de sincronización de tiempos, de ondulaciones no coincidentes en sus máximos y mínimos, de pendientes opuestas y de n circunstancias en un espacio de n+1 variables. Es complicado –me decían-, y lo sabes. Hasta una vez me acusaron de no perseverar, de confundir la velocidad con el destino, de distraerme en funciones derivadas, de perderme en un mar de estructuras fractales dejando pasar el tiempo como si fuera un bien retornable. Hasta de perder interés.
No lo sé. Lo cierto es que estoy en algún lugar situado entre dos puntos que se mueven cuando yo me muevo, obligado a vagar sin un vector definido por el borde más desaprensivo de las incertidumbres. Tan lejos, tan lejos…Todo es más oscuro que  antes, eso es evidente. Cada vez que me aproximo a la luna, la luna se aleja un poco. Pero puedo jurarles –me crean o no- que si me detengo por un momento a reflexionar o a tomar aire, siento entonces que la luna se acerca a susurrarme: ¿abandonas?