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miércoles, 17 de marzo de 2021

La torre

Siempre quise construir una torre. Una gran torre. Del tipo que fuera. Su forma y ubicación eran irrelevantes. Una torre, inalcanzable para los hombres, insólita para los gigantes y digna de consideración para los cielos.

Supongo que todo comenzó de niño. Construía los castillos más esbeltos y señoriales de toda la playa, capaces de congregar a su alrededor docenas de bañistas y curiosos. Pero apenas el mar se enteraba de que eran de arena, arremetía contra ellos con furia oceánica, reduciéndolos a una masa informe de rojo húmedo, indistinguible del eco que deja la abatida sombra del fracaso.

Mis juguetes siempre fueron artefactos para construir y levantar. Cubos, módulos, piezas, bloques... Los apilaba sorteando la plomiza e innegociable gravedad y me alejaba despacio para admirar sus conquistas en el plano vertical. Pero el techo de mi habitación castraba mis ambiciones babelescas. Eran sólo un niño.

Ya en el instituto, convencí a mis amigos para amontonar mesas y sillas en el patio en una suerte de zigurat hueco de cinco metros sin inspiración solar. La cojera e imperfección de algunas de las patas hizo colapsar mi atalaya de madera y hierro, y el estruendo se escuchó en todo el barrio. Al pequeño Toño casi le pilla debajo y sí, ahora sé que de haber sido así le podría haber matado. Me expulsaron del centro con justicia, pero mi profesor de Dibujo –Maurico Solana se llamaba- me dijo antes de irme: “Era una locura total, pero la estructura era hermosa”.

Llegué a la escuela de Arquitectura como el acólito que entra en la basílica del saber. Recuerdo casi con miedo las decenas de retratos que custodiaban los pasillos con mirada solemne: Vitruvio, Brunelleschi, Palladio, Bramante, Aalto, Lloyd Wright, Le Corbusier, Gaudí, Gropius...  Con voracidad incesante digería a diario integrales, teoremas, langrangianas, sistema diédrico, resistencia de materiales... pero nada de torres. Terminé la carrera y comencé a trabajar en un estudio que trazaba parques y jardines. En él adquirí la destreza de la vista de pájaro. Deambulé por diversas empresas, despachos y constructoras. Reformas, un módulo de viviendas sociales, vuelta a los jardines, unos pareados en Leganés, una ampliación en un colegio de frailes, un centro comercial en Mejorada y, por fin, una torre. Un edificio de catorce plantas en Lyon, cristal por los cuatro costados, afilado, oscuro, puro Mies van der Rohe revisitado. Yo repasaba los cálculos de la estructura, aporté algunas ideas para el acabado de la entrada y mis jefes no tardaron en advertir mi obsesiva vocación por las alturas.

Después de aquél vinieron cuatro más, siempre rascacielos, el último de ellos de 490 metros de altura, en pleno centro de Seúl. Tenía por aquel tiempo sesenta años y firmé el proyecto juntamente con mi socio, para quien antes trabajé.

Poco después, a los sesenta y siete años, el destino llamó a mi puerta y pude realizar mi gran sueño. Gané el concurso para la construcción de la Resak Tower, en Sao Paulo, el primer edificio de un kilómetro de altura sobre la faz de la Tierra. Seis años de trabajo, 50.000 toneladas de acero, 450.000 metros cúbicos de hormigón, 32.000 paneles de cristal, 192 pisos, 65 ascensores, naciendo desde las entrañas del suelo y siguiendo la estructura cilíndrica de una secuoya en cuyo interior cabe holgadamente la Torre Eiffel de París.

Para la inauguración hice subir varias toneladas de arena de playa a la azotea. Tras los discursos preliminares, comenzó el espectáculo. Tan sólo con agua, una pala y mis propias manos di forma a un enorme castillo de casi tres metros. Con tan ingenuo estrambote, el edificio había sobrepasado el kilómetro de altitud y el champagne empezó a servirse a los invitados. Las luces y los aplausos formaban un todo, con las cámaras de televisión como testigos. Mi castillo y yo seríamos portada en todos los periódicos del mundo. Desde lo alto miraba el mar mientras sonreía victorioso. Esta vez no vencerás, mi castillo ahora es inmortal – le dije a las aguas oceánicas que me observaban silenciosas.

Pero apenas el viento se enteró de que era de arena, curvó el aire como un látigo y lo lanzó hacia mí. Uno a uno, esparció los granos entre los presentes hasta desintegrar por completo su fisonomía colectiva y hacerlos volar suspendidos en el tiempo y el espacio a mil metros. Un vuelo sin ambición, apático, indistinguible del eco que deja la abatida sombra del fracaso.


 

domingo, 14 de marzo de 2021

El teléfono

 


Nos enteramos de su muerte por una nota en el portal.

El martes día 2 de octubre falleció Don Federico Tortosa Marín (3º B), vecino de esta comunidad desde hacía sesenta y dos años. El viernes 5, a las 19:30, se oficiará una misa en su memoria en la parroquia de San Justo

Yo vivo en el 3º A desde hace quince años. Apenas tenía relación con Federico. Lo conocía de cruzarme con él en el portal, darnos los buenos días y buenas tardes de rigor y poco más. Era un hombre muy mayor y vivía solo. Nunca asistía a las juntas de vecinos. Aunque se trata de una finca centenaria, las paredes no son demasiado gruesas y es fácil escuchar los ruidos de los pisos colindantes. Pero en el caso de Federico, el silencio que emanaba de la pared que compartía con su casa era prácticamente total. Ni una conversación, ni una radio, ni la tele... ni siquiera un vaso o un plato esporádico reventándose contra el suelo. Nada.

Pregunté al portero y me contó que tenía ochenta y ocho años, esa era básicamente su única enfermedad, y que su hija, que vivía en Toledo –me pareció entenderle- había venido a encargarse de todo tras su muerte. Ella había puesto la nota. Por un momento pensé acercarme al funeral a San Justo, pero en los días siguientes no me costó encontrar excusas para finalmente no ir. No conocería a nadie, no soy religioso, no me unía ninguna amistad con el difunto, qué pintaba yo allí, etcétera.

Como decía, en el tiempo que fui su vecino apenas lo sentí, pero en los días posteriores a su muerte sucedió algo curioso. Todas las mañanas, sin excepción, a las ocho en punto, sonaba el teléfono de su piso. Al principio no le di demasiada importancia, aunque me extrañó que, después de tantos años de silencio, justo ahora, cuando nadie podía contestar, alguien llamara de modo tan perseverante. En realidad, no podía asegurar que se tratara de la misma persona, pero el hecho de que fuera todos los días y a la misma hora, con esa puntualidad kantiana, me hizo convencerme de que así era.

Comprobé que el número de sonidos era siempre el mismo: ocho. Tras ellos, el teléfono dejaba de sonar, y no volvía a hacerlo hasta el día siguiente a las ocho en punto de la mañana.

Mi vida no está tan repleta de ocio como para que algo así desvíe mi atención, pero coincidirán conmigo que la curiosidad, unida a la reiteración de un hecho que tiene algo de inexplicable y enigmático, puede acabar derivando en una pequeña obsesión por encontrar una razón a todo esto.

Un día, unos meses después de que Federico falleciera, pregunté al portero por la situación del piso, sin mostrar mayor interés. Me extrañaba que a esas alturas no se hubiera colgado en la fachada un cartel de SE VENDE. Santiago –que así se llama el portero, y que no es persona precisamente de mucha conversación- se encogió de hombros sin sacar las manos de los bolsillos. La hija no ha vuelto, no sé si pensará venderlo o alquilarlo – me dijo-. Es raro –le sugerí simulando que mi intención no era otra que hablar de algo-, no parece que hayan venido a retirar muebles ni nada. La hija no ha vuelto, ya le digo –volvió a responder con el mismo tono-, certificando su nulo interés por hablar conmigo.

Comencé a imaginar historias sobre quién podría llamar todas las mañanas al número de Federico. Tal vez un acreedor, o algún vendedor de algo. Pero la hora no era propia de nada de eso. De este modo, como dije antes, fue naciendo en mí, lentamente, la obsesiva necesidad de desvelar el misterio del teléfono. Saber quién llamaba no tardó en convertirse en una fijación. Un síntoma más –supongo- de lo poco que necesitamos a veces para crearnos un objetivo en la vida, por absurdo que pueda ser, capaz de absorber los recursos más valiosos de nuestra energía vital.

El problema era, naturalmente, cómo podría entrar en casa del difunto Federico para descolgar el teléfono. Barajé varias opciones, como saltar por la ventana del patio interior. La descarté enseguida por el alto riesgo de abrirme la cabeza contra el suelo -son tres pisos- y el no menor riesgo, caso de conseguir llegar hasta su ventana, de encontrármela cerrada a cal y canto. También pensé en generarme una humedad en el salón y provocar que el portero subiera al 3º B a mirar, pero tampoco era buena opción: subiría, vería que no hay nada y se terminó. Necesitaba poder entrar yo sólo, minutos antes de las ocho y esperar allí a que sonara.

Al cabo de dos semanas tenía listo un plan que revisé cuidadosamente. Podían fallar muchas cosas de él pero de ocurrir así, no habría nada de sospechoso en mi actuación. Una mañana, a las 7:40 minutos salí al pasillo y deslicé un par de facturas bajo la puerta de la casa de Federico. Bajé al portal y le dije a Santiago, que, al ir a cerrar mi puerta, se me habían caído del maletín –que debía llevar abierto- varias hojas, desparramándose por el suelo. Al recogerlas, eché en falta algunas de ellas, dándome cuenta entonces de que se habían podido introducir por debajo de la puerta del 3º B. A esa hora el portero está limpiando, así que me ofrecí, con el fin de no molestarle más de lo necesario, a recoger yo mismo mis facturas sin necesidad de que él subiera conmigo. Sería un momento nada más. Incluso tenía preparadas varias frases para insistirle en que se quedara abajo, caso de que se empeñase en venir conmigo. Pero no hizo falta. Prácticamente fue él quien me pidió que fuera yo sólo.

Así que ahí estaba, a las 7:49 minutos de la mañana, a punto de abrir la puerta que me llevaría a desvelar, al fin, el absurdo misterio de las llamadas de teléfono. Mientras giraba la llave fui por un momento consciente de lo ridículo de mi actuación y pensé en volver a cerrar y olvidarme de las dichosas llamadas, que bastante me debían importar a mí. Un estúpido teléfono me había hecho interesarme por alguien que ya estaba muerto, alguien además a quien no había prestado atención alguna mientras vivía. Todo aquello era una extraña ironía, patética si se mira desde fuera. Pero enseguida supe que si hacía eso, se renunciaba, no me lo perdonaría. La única oportunidad de entrar al 3º B se me había brindado con más facilidad de lo esperado. Mi plan había funcionado a la perfección. Tal vez fuera ésa la manera que el destino tenía de decirme que, llegado hasta ese punto, no había marcha atrás.

Entré. La casa tenía un desagradable olor a humedad, olor a cerrado, olor a polvo, olor a abandono. Abrí ligeramente la persiana del salón pues no había luz eléctrica. Encontré enseguida el teléfono, encima de una mesita en el pasillo, junto a la puerta del baño. Era un teléfono anterior a la era digital, de esos que no necesitan corriente eléctrica para sonar.  Eran las 7:51. Disponía de nueve minutos para contextualizar mi proyecto y así empecé a caminar despacio por la penumbra de la casa. Me preguntaba dónde murió exactamente Federico. Su cama estaba hecha y era evidente que todo estaba tal y como él lo tenía. Por alguna razón imaginé que lo hizo sin dolor, sentado en el sillón, tal vez mientras dormía la siesta. En la cocina, la nevera abierta, como suele hacerse cuando está desenchufada, y los armarios casi vacíos. Un frasco ya empezado de Nescafé en la encimera fue el único alimento que encontré. El salón tenía un pequeño butacón, una alacena y un mueble de esos con una radio de los años 60 incrustada en el medio. Las 7:56. En las paredes un par de pequeños cuadros sin interés. Sólo encontré una única foto en un marco de plata, encima de la mesita, junto al sillón. Dos jóvenes abrazados en el estanque del Retiro. Una foto en blanco y negro, bien conservada por esa condescendencia que el tiempo muestra con frecuencia hacia las imágenes únicas, aquellas que permiten a las personas que se asomaron a la vida adulta cuando una foto era un acontecimiento, agarrarse a alguno de sus recuerdos y pensar “yo soy –o fui- ése”. Calculé que debió hacerse en los años 50 y, naturalmente, los dos jóvenes debían ser Federico y su mujer, o, tal vez, entonces, su novia. A ella nunca la conocí. Federico debió enviudar antes de venir yo a vivir al 3º A. Desde luego, todo eran conjeturas, pero basadas, como pueden comprobar, en la más sencilla de las lógicas. Las 7:58. Cogí aquel retrato y lo miré con atención. Reconocí efectivamente a Federico, aunque, hasta ese momento, de él sólo había visto su rostro de octogenario agotado y aburrido por los días, los meses y los años. Sin duda era él. En lo esencial, digo, era él. Entonces sonó el teléfono. Eran las ocho de la mañana.

Me dirigí al pasillo con la foto en la mano. Había llegado el momento.

El plan era, naturalmente, descolgar, pero... para qué. No disponía de mucho tiempo. A los ocho timbrazos todo se desvanecería. El cuento de los folios bajo la puerta no podría usarlo más. Tanto tiempo planeando todo y ahí estaba, petrificado, sin saber qué hacer. Cinco timbrazos, seis... el tiempo se agotaba. Al fin me decido, dejo la foto junto al teléfono y descuelgo.

Preguntar “¿quién?” o decir “aló” o algo así, era arriesgarme a encontrarme con una contrapregunta del tipo “¿con quién hablo?”. Demasiado riesgo. Así que me limité a escuchar. Era evidente que al otro lado había alguien. Al cabo de unos segundos de silencio escuché una voz. Una voz ligeramente familiar para mí, familiar por haberla oído antes, por haberla tenido cerca, en el portal, dándome los buenos días y buenas tardes de rigor: “Ahora tengo interés para ti... ¿ya existo?... Deja la foto en su sitio y sal de mi casa”. Y colgó.

Tardé unos segundos en reaccionar. Estaba aterrado. Casi sin poder caminar, me dirigí al salón y dejé la foto en su sitio. Cerré la puerta y le devolví la llave al portero disculpando mi retraso porque tuve que pasar a mi piso a contestar una llamada (más ironías). Ni se inmutó.

El teléfono de Federico no volvió a sonar nunca más.

Unas semanas después, en la fachada de nuestro edificio, a la altura del tercero, se colgó un cartel de SE VENDE con un número de teléfono.

Era mi piso.


lunes, 17 de agosto de 2020

Aguas inquietas

 


Cuentan que la oportunidad llegó sin avisos ni prólogos premeditados, precedida tan solo por el relato pragmático y silencioso de la necesidad. Debió ser en la antesala rara del más raro de los veranos, el de aquel año en que nada, o casi nada, fue capaz de transcribir sin errores la palabra normalidad.

Tal vez, fue por eso que la oportunidad se deslizara entre las mesas de los despachos de la gran pirámide institucional hasta caer en las manos adecuadas y, empujada por voces apropiadas, se acercara a la flota de iniciativas e ilusiones guardadas para decirle al oído, como a Lázaro: “levántate y anda”

Los cronistas contarán entonces que el hechizo de la responsabilidad obró su magia, y en un abrir y cerrar de ojos, los recursos elegidos se encontraron desfilando todos en el mismo sentido. Fue todo lo fácil que las dificultades dejaron.

Tras la batalla con las incertidumbres, de nuevo el mar ganó su posición en el horizonte de los premios para conceder el merecido reposo al guerrero. Un reposo relativo pero suficiente, vigilado tan solo por el poder ambivalente de la posibilidad. Por las dos caras que dejan ver las aguas inquietas cuando transitan entre la calma y la tormenta. Por ese dilema latente que, situados ya en la orilla de las cosas, nos anuncia en la libreta de nuestra propia voz: “va a ocurrir”.  

 


sábado, 2 de mayo de 2020

El sutil pálpito de los proyectos


Renacida del caos tumultuoso de la oportunidad, sus nuevos cálculos vitales dieron resultados complejos. Era -no cabe duda- la misma persona que fue, seducida por sonidos y poemas de cientos de años, acompañada al tiempo de libros con palabras no tan ancianas, pero rodeada siempre de miles de imágenes presentes, traídas por el aire, dispuestas tecnológicamente en un asimétrico abanico de capítulos.
De arrebatadora discreción, era la cima más visible de una cordillera ya de por sí elevada por la propia naturaleza del espectáculo. Singularmente dibujada, rechazaba las propuestas innecesarias con la elegante reverberación que produce el suave eco en los desfiladeros. Requerida asiduamente por la racionalidad de los ateneos y la academia, gustaba de enseñar el cuchillo para luego usar solo el bisturí, ganándose el respeto de las audiencias, que una vez doblegadas, quedaban encogidas en el arcón del silencio.
Crítica de la razón crítica. Hoy toca la guerra, mañana será el arte. Las certezas son de madera, y no de mármol. Ninguna roca resiste la embestida del canto, los puristas son falsos profetas y la retina nos enseña que los andares pueden ser más convincentes que los gestos.
Era, ya se ha dicho, la misma persona. Reinventada en el sutil pálpito de sus proyectos, defendiendo que el sol con su luz es la mejor de las patrias, aunque a veces, ya en secreto, citaba al poeta murmurando: ay, “si no fuera por la lluvia…”

jueves, 30 de abril de 2020

Disparando al sol


Armado con munición para abatir a un millón de segundos, el hombre sin significado se adentró en la colmena de los razonamientos.  
La reina dio orden de dejarlo pasar y fue recibido en el salón del trono, como si de un emisario del porvenir incierto se tratase.
Ella le preguntó por su actividad furtiva, por sus idas y venidas por los mapas esféricos de los propósitos, por su violencia extrema hacia cosas que carecían de importancia, por su ensañamiento con los espacios vacíos que nadie reivindicaba. Un comportamiento inusual e incomprensible que solo podía desgastarlo.
El hombre sin significado permaneció inmóvil, silencioso, como buscando palabras que nunca llegaría a pronunciar. Por fin, se animó a hablar y explicó acompañándose de todo tipo de gestos, su aversión hacia los huecos que se abren entre los objetos, entre las ideas y sus bocetos. Relató cómo desde niño sufrió vértigos al contemplar la discontinuidad que condena a las cosas a delimitarse.
La reina meditó seriamente sobre la posibilidad de que aquel hombrecillo sin significado estuviera completamente loco, pero cada vez que terminaba una frase, la cordura emergía entre las sílabas como por arte de magia y su discurso recobraba el semblante eminente y sólido de las catedrales.
Sin más preguntas que hacerle, el invitado fue liberado y escoltado hasta la cúspide inaccesible de los delirios, un lugar casi sagrado que -se dice- es la cuna de todos los síntomas.
Desde allí el hombre sin significado levantó de nuevo su absurda escopeta y prosiguió disparando al sol, como le gustaba hacer en días nublados. Esos días que, no degenerando en lluvia, sí dejan escapar el murmullo incandescente de la extravagancia.


sábado, 8 de febrero de 2020

Runrún


Después de algunos años de guarecer los lindes, de vigilar las puertas, de circunnavegar los tramos más breves del espacio, sonó de nuevo el sonido aflautado de los acantilados. La trova martirizada de un reloj de arena que siempre se voltea solo. 
Después de algunos años -no muchos, tampoco pocos- de rodear esos poliedros irregulares que apenas salen en las cartas de navegación, el horizonte dio a luz enfurecidos regimientos de preguntas, alienados y prestos para la solemne batalla de las curiosidades.
Será -supongo- el dilema recurrente y espontáneo de las ánimas litigantes. El germen necesario para asumir -guste o no guste- una teoría del todo que apenas da respuesta a seis años de catecismos.
Y es ahí, justo ahí, cuando nace, como la fuerza mayor que doblega el estado de necesidad, el persistente runrún que se niega a desaparecer. Atado a su origen, como el eco al grito del pastor en el desfiladero. Condenado a perseguirse. Llamado a perpetuarse.

martes, 21 de enero de 2020

Setenta veces siete



Setecientos escalones más al sur del quirófano donde me extirparon el miedo, me detuve a descansar del ruido incesante que produce el silencio plegado sobre sí mismo. Apoyado sobre un saliente anecdótico del muro, permanecí quieto, casi estático, con el fin de no incomodar a las calladas piedras y sus penínsulas.
Para cuando empezó la arrebatada coreografía de sombras y discrepancias que, como el canto de los condenados, apenas se siente si no estás próximo, yo ya estaba nuevamente en camino, apretando el paso, con la vista puesta en los primeros milímetros del futuro.
Así es cómo me encontré con ellas, una cuerda de almas, atadas unas a otras por la cintura, para evitar que alguna se desplomara hacia el abismo de la virtud y hubiera entonces que sacarla de la fila y recomponer toda la catenaria de desahucios.
Miles de veces escuché hablar de aquel exilio uniformado de rostros rotos, de esa peregrinación hacia el infierno a la que se puede uno sumar pero nunca restar. Leyendas de creyentes – pensé -, chifladuras de chamanes y clérigos interesados. Pero apenas me acerqué, la columna aminoró su paso para hacerme un hueco mientras una mano fría me anudaba la cuerda como una mecha al explosivo. Nadie se interesó por mis causas ni mis culpas. Nadie me preguntó por mi proceso. Cada uno rumiaba lo suyo sin poder escupir ya nada.
¿Y el perdón? – pregunté yo- ¿no existe entonces?
Silencio.
¿Y el perdón? – pregunté de nuevo
Alguien desde atrás lanzó su voz contra mí, como repitiendo un estribillo memorizado a golpes:
Podrás compensar tus errores con acciones. Tiempo habrá. Tiempo tendrás.
¿Y qué tiempo es ese? ¿son días, semanas, meses? ¿No serán los siete años que anunciaron los libros sagrados?
No lo son – dijo la voz-, son setenta veces siete.



martes, 14 de enero de 2020

Relato breve de un niño y su planeta


De ninguna manera sabría aproximarme ya al tribunal implacable de los pozos. Trasladarme a los sótanos ingenuos de mis juegos, convencido -como estaba- que eran torres, protegidas por algún tipo de gigante desterrado de la cara más oculta de la luna.
Porque aquel globo metálico llegado desde el cielo era mi parque, mi mundo tatuado de geografía confusa, un reino esmaltado de océanos sombríos, continentes negruzcos, un ecuador malgastado, y volcanes hambrientos donde esconder mis canicas. Me gustaba ascender a la estepa siberiana para sentarme a fumar mi pipa de burbujas asteroides, que se desintegraban -creo que por efecto del viento- al acercarse a los circos acechantes del Himalaya.

Recuerdo con nitidez la cara de aquel hombre, bombero la mayor parte de su tiempo, héroe sin dudarlo de la causa y de su sueldo, que usó su mano tendida para separarme de la esfera, jugándose el todo por el todo, y maldiciendo los ecos de la guerra que dejó allí -años atrás- el infernal artefacto, ahora mi planeta, mi universo.
No me consta si el ruido del instante alcanzó la frontera de las gentes, si paralizó sus relojes tanto como el mío, si el fuego efusivo reemplazó los átomos de aire circundante, o el alcance exacto de las ondas de mi estrella. No me consta. Pero sí recuerdo sentirme ganador un poco antes, allá en mi cima, con mi helado de vainilla, mi jersey de rombos tristes y mis ojos blancos de niño victorioso, porque aquel segundo fui más fuerte de lo que nunca fui. Porque fui más alto que en el más generoso de mis sueños.

domingo, 9 de junio de 2019

La serena curvatura de las rectas

Me nombraron juez de paz de una circunscripción incierta. Horizonte apacible, ríos serpenteantes y una encrucijada de estruendosos silencios.
No llevaba ni dos días y ya quedé aturdido por el bullicioso eco del paisaje, por el tenue balanceo de su nostalgia, por su observancia en adagio, de dentro a fuera, capaz de retratar en solitario un sugerente secarral sin nombres ni señales, en el que nadie había nunca reparado.
Viniendo como yo venía, del caos laberíntico del ciclón urbano, cómo no verse impresionado por la franqueza de sus luces, nacida en los ojos de sus cuevas, parcialmente atenuados por la sombra ladeada de la timidez y el ocaso.  
Era un entorno sutil pero de contundencia perceptible, de embrujo desplegado en la distancia corta, difícil de valorar sin pisar el suelo. Un ecosistema de susurro mágico, de arbustos con espíritu en su interior. De misterios aun por contar.
Como campo que era, era amplio, socorrido en superficie por un regimiento de sinónimos de la discreción y la mesura, pero bajo las piedras, se escondía una caldera en ebullición de proezas imaginadas, de términos y danzas imprevisibles e inconfesadas. Por eso no era como otros campos.
Y así es como se reafirmaron mis noches en claro, algo menos que infinitas, prolongadas en una sucesión de minutos en hilera, como hacen los caminos sin bosque. 
Será que por eso sigo aquí, seducido por la serena curvatura de las rectas, dialogando con la imaginación de los proyectos, y escondiéndolos después en el pliegue más anónimo de los secretos.

domingo, 9 de septiembre de 2018

El perro



Durante casi setenta años la casa permaneció quieta. Por fuera y por dentro. Ni la naturaleza belicosa y evangelizadora, ni los vientos pendencieros, ni los llantos de las ofuscadas lluvias quisieron ensañarse demasiado con un palacete ya de por sí frágil y quebradizo. Hasta las pandillas de niños que se acercaban a ella con terror reverencial, emanado de las historias de fantasmas que se contaban, respetaron sus ventanas, cuyos cristales, grises ya por la edad y los asedios del polvo, eran una tentación para cualquier piedra que durmiera por el suelo.
Su interior, huérfano de muebles, lámparas o espejos desde hacía décadas, presumía de la solemnidad fabril de lo decrépito, de la nobleza casi industrial que dan los muros y los techos desconchados. La escalera era tan espiritual y al tiempo mundana, que los peldaños parecían el mapa mismo de una sucesión de decepciones.
 En el sótano gobernaba la noche reincidente, incluso en los días más risueños, pues las únicas rejillas por las que en otros tiempos la luz se escurrió sin permiso de nada ni de nadie, estaban condenadas por tablones de madera negruzca, unidos a los marcos por clavos tan tenaces que parecieran haber sido arrancados de la propia cruz de Cristo.
 De la azotea poco habría que decir, salvo que tenía rotas tres de cada siete baldosas, y que las vistas que desde ella se obtenían, siendo hermosas, poca o ninguna información daban sobre el entorno, pues las copas de los árboles negaban a la vista su derecho a viajar más allá de los ejércitos del bosque.
  En setenta años nunca se vio a nadie entrar ni salir de la casa, ni se tiene noticia de que nadie pudiera haberse servido de ella como refugio pasajero. Sin embargo, por alguna razón, todo el mundo daba por seguro que en su interior vivía un perro.
 Nadie lo vio nunca, ni lo oyó ladrar, nadie podía describir de él ni su raza, ni su aspecto, ni su silueta, ni su sombra. Pero el perro viví allí y ponerlo en duda era, a los ojos de los vecinos, tan absurdo como negar la existencia misma de la casa.





sábado, 24 de junio de 2017

La celda

Nunca entendí por qué me encerraron en una celda tan grande. De hecho, con dimensiones tan descomunales, me cuesta llamarlo celda. Pero ellos así lo llamaron. “Te encerraremos en una celda” me dijeron. Y me trajeron aquí.
De haber tenido un techo alto con claraboyas, diría que se trata de algún tipo de nave industrial. Una nave pensada para una sola persona. O tal vez adaptada para tal fin. Una nave para destruir en vez de para fabricar. Para deshacer, para descomponer. En este caso para destruir al individuo.
Pero no, el techo no es elevado, al menos no para un espacio tan amplio. Podría pensar que en su origen había tabiques que dividían este enorme espacio en habitaciones, en departamentos, o en más celdas, cientos de ellas. Pero ni en el suelo ni en los muros se aprecian señales que lleven a pensar eso. No hay marcas. La sensación es que fue construida así. De un solo trazo sobre el plano.
Sin poseer, como es mi caso, conocimientos profundos de arquitectura, me llama la atención que en tan gigantesco espacio no hay columna ni pilar alguno. Me pregunto cómo podrá sujetarse una cubierta así, tan grande como el suelo. Ni aun sin tener encima el peso de otro piso, una superficie adintelada como esta debería al menos combarse por el centro, su punto más crítico. Pero eso no ocurre. Su horizontalidad es fiel, una réplica paralela del suelo, manifiestamente rígido y recto.
Especulo con la idea de que toda esta techumbre esté sujeta desde arriba, con brazos a la manera de arbotantes, como una grúa. Pero no llego a imaginar entonces sobre qué puntos de apoyo sobrevivirían estos a la innegociable tiranía de la gravedad.
En mi cabeza he dibujado una pirámide hueca, cuyo interior se compone de cientos de columnas nacidas de los muros laterales y oblicuos, sobre las que cuelga este fabuloso techo que domina mi vida. Lo habrán visto seguro en los techos de escayola, colgados de las vigas superiores. Sin embargo, de ser así, esa pirámide debería ser inimaginablemente grande y pesada, y de nuevo, inexplicable sin puntos de descarga interior.
Hace tiempo desarrollé una teoría alternativa, audaz, extraña. Pensé que en realidad este espacio era el resultado de un truco visual creado por espejos. Pero caminando por el perímetro completo pude constatar que no es así. Los muros son duros y opacos. Son reales. De color blanco, casi igual que el suelo, cuyo tono es algo más oscuro. De ser del mismo color perdería la noción del espacio al no diferenciar el suelo del muro, ni el muro del techo. Aquella comprobación me dio además una idea sobre las dimensiones y forma de mi celda. Confirmé que se trataba de un cuadrado perfecto de aproximadamente 266 metros de lado.
Otro misterio es la luz. El techo es un espacio completo y uniforme de un material traslúcido, que se ilumina y se apaga regularmente de luz blanca. Por mis ciclos de sueño y los momentos en que me acercan la comida a una de las esquinas, he llegado a intuir que los periodos de luz tienen una relación de 2/3 con respecto a los de oscuridad total. Y que la suma de los tres debe corresponderse con la duración de un día de 24 horas. Así, 16 horas son de luz, y 8 de oscuridad, cíclicamente.
            Me sirven la comida poco después de encender las luces y aproximadamente una hora antes de apagarlas. Es una alimentación suficiente y adecuada, dadas las circunstancias. Para evitar problemas con tan regular cadencia alimentaria, procuro estar cerca de la puerta en esos momentos. Además, es en las proximidades de esa puerta –la única puerta- donde paso la mayor parte del día, allí tengo la cama, el retrete, un lavabo y una ducha, siempre con agua potable. También tengo una mesa y dos sillas. Me pregunto por qué dos sillas, si estoy completamente solo. Más misterios.  
            Mi ropa se compone de un pantalón y una camiseta de manga corta, ambas prendas blancas. De no ser por el tono más oscuro de mi cuerpo me fundiría literalmente con el fondo. Para un espectador externo formaría parte de mi celda. Dispongo de calzado básico y elementos de aseo. No siento frío ni calor en ningún momento, lo que me lleva a pensar que la temperatura es de 20 grados aproximadamente. ¿Cómo logran mantener esta temperatura constante? Es el enésimo enigma de mi cautiverio. No hay ranuras visibles, ni radiadores, no hay corrientes de aire. El aire es limpio pero no proviene de ningún sitio que yo pueda ver. La puerta da a un espacio cerrado y angosto, y esta sólo se abre para dejarme la comida, y ahí debo depositar la bandeja al terminar. El funcionamiento es similar al de los tornos en un convento de clausura. De este modo no tengo contacto de ningún tipo con ninguno de mis carceleros.
            Pero los misterios no terminan aquí. Si hablo en alto para pedir algo, alguien en algún sitio me escucha. En ocasiones he pedido libros y me los han dejado junto a la comida. Son novelas de Julio Verne, de Emilio Salgari, de ese estilo. Todo aventuras, siempre ficción. Una vez me dejaron una versión en cómic de la Biblia, pero el texto estaba en polaco o algo parecido. Me entretuvo mirar los dibujos. Muchas son historias muy conocidas que no necesitan texto. Una vez pedí escuchar música y comenzó a sonar a los pocos segundos. Era música clásica. Básicamente relajante, aunque una parte me sonaba mucho, creo que de alguna película. Era más animada, como para ilustrar una batalla o algo así. ¿De dónde emanaban los sonidos? No lo sé. Ya habrán adivinado que no hay altavoces a la vista, ni cámaras, ni micrófonos.
       No tengo la menor duda de que de seguir así, no tardaré en volverme loco. Puede que ya lo esté. La percepción sensorial necesita estímulos variados, comparables, referencias. Y mi margen es mínimo. Camino a diario por el perímetro de mi enorme celda, a veces me da por correr, incluso gritar. Soy dueño de un espacio inmenso que no puedo abandonar. Repetitivo. Predecible. A veces pienso que puedo moverme más que muchas personas libres. Pero al final, siempre me encuentro con un muro. Con cuatro muros y un techo inmenso.
           He pensado incluso que pudiera estar siendo usado como cobaya de algún tipo de experimento sobre el aislamiento, o sobre las consecuencias de perder las referencias espaciales y temporales sin recurrir a la tortura. Quién sabe.
          Otra opción, que no descarto, es que, en realidad, esté muerto. O más bien, en el tránsito hacia la muerte. Que esto sea un estado intermedio entre la existencia y la desaparición. Que la laguna de la que nos hablaban los clásicos era finalmente una celda inabarcable.
           No lo sé. No sé casi nada.
         Mi única certeza es que mi delito fue grave. Lo asumo. Soy culpable. Y sé que mi reclusión es justa. Pero no entiendo por qué demonios esta debe ser en una celda tan grande. 

domingo, 28 de mayo de 2017

24 cofres

Tuve que vaciar los cofres de las vivencias por petición expresa del progreso.
Su formas me parecieron las correctas –no tengo quejas al respecto- pero sus agentes ejecutivos me dieron un trato que muchos en mi situación hubieran calificado de denigrante.
“Su experiencia en tal o cual episodio debió ser comunicada con efecto inmediato para su evaluación, su reacción ante los sucesos del día de autos fue desmesurada e inapropiada, de su paso por determinado evento no consta testimonio de actuación alguno”, etcétera.
Permanecí la mayor parte de la inspección en silencio, si bien, en un momento dado, me pareció correcto ofrecerles un café o un té mientras realizaban su tarea. Ninguno de los ocho se molestó en mirarme, siguieron a lo suyo. Sólo uno de ellos –no necesariamente el más serio- se limitó a decirme sin levantar la vista de mis cofres: cierre la puerta y quédese fuera, haga el favor, ya le avisaremos. 
Dos meses después recibí una carta certificada con la documentación sellada, escrita en tono frío y administrativo: en lo sucesivo absténgase de exhibir trazos de memoria que puedan contener aprendizajes o enseñanzas, así como de compartir con nadie reflexiones sobre hechos cruciales de su existencia, ya sean propios o tomados de otras personas.    
Constaté que se trata de un texto standard que usan en todas las misivas de este tipo. Deben enviar cientos de ellas cada día. La mía sigue en mi mesa, casi intacta, siempre coronando una montaña de papeles más recientes. No me atrevo ni a doblarla ni a guardarla en el cajón. No me atrevo a leerla en voz alta – tampoco en voz baja-.
Por suerte para mí –porque no siempre es así- me dejaron conservar los cofres –vacíos, claro está-, si bien fueron convenientemente sellados en mi presencia. Lo hizo un hombre alto y elegante, encorbatado, que no había participado en las tareas de inspección. Llegó solo al final, mientras recogían. Todos le trataron con el respeto que se le da a un superior. Al terminar se dirigió hacia mí y me habló con solemnidad pétrea: "le dejamos que se quede con los cofres pero si quiere un consejo, deshágase de ellos. Hoy. La experiencia me dice que la tentación de usarlos de nuevo suele degenerar en reincidencia. Y entonces la ley será mucho más severa". Salieron todos y se fueron por dónde habían venido. Quedé pensativo en el umbral de mi puerta. Apenas había ya luz en la calle.
En noches como la de hoy me gusta sentarme en mi estudio y observarlos, quietos, cerrados, mudos, casi fosilizados. Veinticuatro cofres de madera oscura y barnizada, inmóviles, como aquellos guerreros de terracota de Xian, con sus ojos fijos en algún punto flotante y detenidos en el tiempo. Por ahora no tengo tentación alguna de delinquir abriéndolos y volcando en ellos mis recuerdos. En realidad, ya casi el único recuerdo que me queda es el del día que tuve que vaciarlos delante de ocho inspectores graves, por petición expresa del progreso. 

viernes, 21 de abril de 2017

Renqueante

De las siete grandes verdades del mundo se me negaron las siete, momentos antes de nacer. Debió producirse un fallo, me dijeron. No suele ocurrir pero a veces ocurre, se disculparon. Pero lo cierto es que me dejaron salir a la vida, abandonado a mi suerte, desarmado de certidumbres, y obligado a buscar permanentemente entre los pliegues de la existencia los postulados que cualquier otro ser tiene incorporados gratuitamente desde que la luz agita por primera vez sus pupilas.
            Recuerdo mi infancia más dura que para el resto de mis compañeros. Mientras ellos evolucionaban rectamente por las vías de la sabiduría, mis avances eran arrítmicos, imprevisibles, renqueantes. Me detenía a reflexionar sobre las piedras, sobre algunos árboles y respiraba el aire ambicioso de los mares, cuando debí hacerlo sobre determinados bosques, en las bocas de cuevas señaladas, o en ciertos cauces de arroyos protegidos por la luna. Mis maestros se apiadaban de mí. Pobre niño, se decían. Le negaron todo, ¿no hay nada que se pueda hacer?, y movían la cabeza de una lado a otro con la mirada caída hacia los suelos.
            Mi madre debía advertir de mi tara antes de llevarme a cualquier escuela, de integrarme en cualquier colectivo. Ocurrió algo, no sabemos qué, y mi hijo nació como un humano antiguo, con la cabeza llena de preguntas, señalaba avergonzada. ¿Es posible?, preguntaban. Qué terrible. Nadie diría que hoy en día suceden cosas así. Pobre muchacho.
            Después de muchas gestiones, súplicas y quejas, mis padres logaron que me fueran incorporadas tardíamente dos de las siete verdades. Tan sólo dos, pero fueron las menos importantes: el sentido de la vida y la finalidad última de la existencia. El proceso además no fue fácil. Tendría ya unos veinticinco años y a esas alturas era ya un inadaptado. Un tullido.
            Tras asumir las dos grandes verdades, nuevas para mí, mi vida cambió poco, la verdad. Mis pensamientos se volvieron más certeros, no lo negaré. Mis inquietudes sobre el cosmos y la trascendencia del alma se vieron iluminadas por argumentos de perfil más sólido, pero en la práctica seguía siendo un mutilado de nacimiento, un ser antiguo, carente de cinco de las siete grandes verdades, un hombre de otros tiempos, como escupido por los siglos más oscuros, aquellos en que, según nos cuentan, las personas –pobres infelices- se interrogaban sobre cosas tan básicas como qué ocurre después de la muerte, cual es la naturaleza profunda de la materia, qué es la realidad y cómo podemos conocerla, qué son los números, o si existe o no existe Dios.
Entenderán ahora la soledad a la que me condena este grado mío de primitivismo, este cúmulo infinito de limitaciones, esta incurable y embrionaria tosquedad intelectual.
           Si al menos tuviera acceso a otra verdad, a una sola más. Pero ya no es posible. Es tarde. Lo sé, la saben. Lo sabemos. Soy un ser vulgar, asolado por preguntas respondidas hace cientos de años. La Historia nos enseña que incluso entonces, en los tiempos de las incertidumbres, había hombres felices. Sabemos que los había. Dejaron testimonio. ¿Podré ser yo alguna vez como ellos? Lo dudo. Me temo que solo me queda aferrarme a mis dos grandes pequeñas verdades, impenetrables para aquellos lejanos hombres felices, y cobijarme en ellas como hacen los niños entre las mantas de sus primeras conclusiones, maldiciendo, eso sí, el fallo imperdonable que me condenó para siempre a la más intensa y duradera de las ignorancias.

domingo, 26 de marzo de 2017

Tan cerca, tan lejos

Como Aquiles tras la tortuga, dediqué no pocas unidades de mi vida a correr hacia la luz de una cifra inalcanzable. Más cerca, más cerca, pensaba con cada paso, pero las distancias progresivamente más cortas abrían espacios de entrañas infinitas, engañosos a la vista, inapelables para el tribunal de límites.
Cómo fracasar –me decía- en un viaje repleto de avances periódicos y regulares. Indudables. Patentes. Demostrables. Reflejados a tinta en la notaría de las intenciones positivas.
Cómo desentenderse del empuje moral que supone ver acercarse el objetivo, como el proyectil ve la diana, en cada cumbre acordada de los juegos rituales.
A quienes me acusaran de ingenuidad manifiesta o ausencia de previsión práctica (faltas ambas muy castigadas hasta en el más benevolente de los códigos), les diría que me pudo la ambición -qué sé yo-. O tal vez fueron las ansias incrustadas en los genes de los hombres desde los tiempos en que la vida plena no era sino una sucesión de conquistas. Tan cerca, tan cerca, me decía, espoleado por la evidencia de los progresos, por el optimismo sonriente de los cálculos, sin advertir que la curvatura de la función falseaba milímetro a milímetro la victoria con más y más aplazamientos.
Del objetivo mismo salieron voces que me hablaron de falta de sincronización de tiempos, de ondulaciones no coincidentes en sus máximos y mínimos, de pendientes opuestas y de n circunstancias en un espacio de n+1 variables. Es complicado –me decían-, y lo sabes. Hasta una vez me acusaron de no perseverar, de confundir la velocidad con el destino, de distraerme en funciones derivadas, de perderme en un mar de estructuras fractales dejando pasar el tiempo como si fuera un bien retornable. Hasta de perder interés.
No lo sé. Lo cierto es que estoy en algún lugar situado entre dos puntos que se mueven cuando yo me muevo, obligado a vagar sin un vector definido por el borde más desaprensivo de las incertidumbres. Tan lejos, tan lejos…Todo es más oscuro que  antes, eso es evidente. Cada vez que me aproximo a la luna, la luna se aleja un poco. Pero puedo jurarles –me crean o no- que si me detengo por un momento a reflexionar o a tomar aire, siento entonces que la luna se acerca a susurrarme: ¿abandonas?

martes, 21 de febrero de 2017

Tildes

Hubo quien dijo que era el miedo a que el fin mundo le sorprendiera dejándolo con una palabra en la boca. Hubo quien señaló que se trataba de un temor irreductible a que sus frases cayeran al vacío antes de abrirse paso entre las líneas y las voces. Hubo incluso quien habló de dislexia, de cuadros de estrés verbal, de pánico a no comunicar sus ideas a tiempo para que el aire las transportara como pájaros a cielo abierto.
Pero no, nada de eso fue lo que le ocurría. Vicente fue un niño de lo más normal, estudioso y aplicado. Su aversión a los detalles superfluos tenía un origen mucho más profundo. Escribía con caligrafía exquisita, propia de un monacal amanuense, abriéndose paso en la blancura de los cuadernos como quien lleva un machete para desbrozar la hostilidad del medio. Las letras fluían con continuidad hipnótica, escoltadas por cimbras de márgenes idénticos, mimadas por los espacios y los trazos, como quien lleva a un niño de la mano por una senda insegura. Pero al término de sus discursos, coherentes y elaborados como un tratado escolástico, escribía con letra nerviosa: “con tildes”.
Vicente solía decir que las tildes –aun siendo necesarias- no eran suficientemente valiosas como para ralentizar los razonamientos de nada ni de nadie, no tenían tanto poder, y que era mejor –él decía: más práctico- dejarlas sin poner, y que los destinatarios las resolvieran y asignaran todas al final, invitados por esa sentencia breve e inequívoca que clausuraba las hojas. El contenido, el pensamiento, las supera en rango –le gustaba explicar justificándose-; las tildes deben esperar. Así cada cual, lector atento o pasajero, interesado o distraído, afectado o indiferente, podía –si lo estimaba oportuno- ponerle tildes a las palabras que las necesitaran, y completar con ello la irregular cadencia de sus acentos más íntimos.
Aquello fue el principio de una persistente fidelidad hacia la esencia de las cosas, de una innegociable observancia del núcleo de los sucesos y las meditaciones. Una casi obsesiva tendencia a priorizar los hechos y sus paradigmas. Lo menos importante, siempre al final. Por ello, Vicente hablaba a las gentes con mayor rapidez que ningún otro contertulio. Sus razonamientos penetraban como un bisturí entre los nichos de las conversaciones, colonizando sin asaltos los silencios del lenguaje, anteponiendo siempre las palabras a las cosas. Eso sí, toda vez que concluía su disertación, sin excepción alguna, sentenciaba: “con tildes”.
Una vez, siendo ya un hombre anciano y respetado por muchas más razones que las derivadas de su edad, Vicente se cruzó con un joven. Era uno de esos jóvenes emergidos de las entrañas mismas de la actualidad. Un digno producto de nuestro tiempo. Ágil de gesto, impaciente de actitud, inquieto en su oratoria, demasiado nervioso para el pulso sugerido por su reloj. Puede que demasiado nervioso para el pulso sugerido por cualquier reloj.
Enséñame a comunicarme más rápido que los demás, le dijo el joven. Muéstrame la fórmula. Trato de despojar a mis frases de todo cuanto las entorpezcan, expulso de mis sílabas toda distracción, pero no logro la magia de la continuidad. ¿Cómo puedo hacer?
Vicente entonces lo miró sereno, algo apenado por la precipitación de la arenga, y la falta absoluta de disciplina verbal que mostraba aquel muchacho, y le dijo: Nunca tortures las verdades por su importancia. La velocidad del mensaje tiene más que ver con el interés de quien escucha que con el impulso de quien lo emite. Tardé mucho en aprender eso, y me temo que tú, joven impaciente, tardarás aún más en aprenderlo (con tildes). 

lunes, 6 de febrero de 2017

Minotauros y Teseos

Hace tres noches soñé que soñaba que me arrojaban a un laberinto de espacios infinitos e imposibles; invadido por salones sin horizonte, pasillos fugados hasta la colisión, esquinas anómalas, sótanos absurdos y escaleras de peldaños crecientes, diseñadas -sin duda- por algún pupilo –pienso que aventajado- de Escher.
Eran espacios descomunales, inabarcables para los dos ojos, sin sombra alguna, como si la luz naciese del alma de los muros, y luego emergiera de sus piedras blancas con la fuerza de una criatura gritada por la selva.
Puertas, tal y como las conocemos, no había, pero sí arcos de dimensiones ciclópeas que determinaban con precisión legislativa el aquí o el allí de las distancias. Cada siete arcos se levantaba una bóveda y cada siete bóvedas una cúpula. Aunque pude observar, tras un minucioso estudio de sus cadencias de aparición, que cada setenta arcos, la bóveda naciente era setenta veces más grande que la anterior, y cada setenta bóvedas, la cúpula emergente, por enorme, se volvía ya rigurosamente inaccesible al sentido de la vista. Para que se hagan una idea de las dimensiones globales, ninguna de las dovelas de estos arcos era de estatura inferior esos edificios arrogantes y estirados que desde hace algo más de un siglo hemos venido en llamar rascacielos.
En uno de los cuadrantes de su complejísimo sistema de buhardillas nacía una inabarcable biblioteca, idéntica –o semejante en un 99,99%- a la de Babel imaginada por Borges. Salvo que en esta, los estantes –a los que el maestro llamó anaqueles- nacían y morían en el mismo punto, y sus libros descansaban al mismo tiempo, abiertos y cerrados.
Resultaba fácil caminar por espacios tan diáfanos, pero uno había de advertir que cada cierto tiempo se abría en el suelo un abismo blanco, en el que surgía, estimulado por un batallón de espejos, un subespacio igual (o casi igual) al que lo precedía, igual de grande e igual de incomprensible. Ascender no era un problema ya que la gravedad, en tan ancha inmensidad, no era severa con los cuerpos, y permitía, sin grandes trámites físicos, caminar por las paredes o recostarse en las pechinas de las cúpulas sin miedo alguno a precipitarse en el vacío.
Tres noches hace ya de aquel sueño y mi memoria ha retenido cada detalle, sin erosiones ni mudanzas. Trato de discernir su significado, pero en el proceso me detiene el recuerdo envolvente de los libros de la buhardilla. Abiertos y cerrados a la vez. Idénticos y distintos, minotauros y teseos de un laberinto de espacios infinitos e imposibles. 

lunes, 4 de abril de 2016

Hunahpú

                Las reuniones de adictos al chocolate son los lunes y jueves de 21:00 a 22:00 horas, en un local cedido por la Asociación de vecinos de Alborrubio. Es un local pequeño pero acogedor, con amplios ventanales y varios sillones. Las paredes están llenas de paneles de corcho con anuncios pegados con chinchetas: canguros, cuidadoras, clases de inglés o cursos de informática, también hay posters con las esquinas dobladas, algo descoloridos, con amaneceres y fotos sugerentes, rematadas con frases de Tagore, de Gandhi o de Russell. “No me duele llegar el último, lo que me duele es llegar solo”, “Ningún viento es favorable para una nave sin puerto”… Cosas así.

Cuando comencé a asistir, hará unos quince meses, éramos unos doce o trece adictos, pero últimamente el número ha aumentado a cerca de cuarenta. Viene gente incluso de las afueras. Se trata de un buen grupo, creo, aunque demasiado heterogéneo.

                No se pide ningún carné a la entrada, ni hay límite de edad una vez cumplidos los 16. Tampoco se exige participar activamente en las reuniones. De hecho, de varios de los asistentes no conozco ni su timbre de voz, ya que sólo se limitan a escuchar. Esto suele suceder al principio. Con el tiempo te vas animando y empiezas a compartir tus reflexiones y experiencias con todos. Al menos, ese fue mi caso.

                La cuota es de 10 euros al mes, lo justo para compensar los gastos de luz del local y para pagar a Mario, un psicólogo joven y emprendedor que hace las veces de moderador y coordina las sesiones. Está haciendo su tesis sobre las adicciones y el consumismo moderno, y aunque su idea inicial era centrarse en la televisión, el tema del chocolate le ha ido seduciendo cada vez más. Una vez nos confesó que fue por una novia que tuvo, que adoraba los Toblerone (la imagino atiborrándose de esos prismas infernales, escondida en los servicios de los aeropuertos…). Luego ella le dejó, pero para entonces Mario ya había tomado conciencia de las dimensiones solemnes del tema al que se enfrentaba.

                Los adictos que allí nos reunimos pertenecemos a clases sociales muy dispares, también a ámbitos laborales y culturales que poco tienen que ver (comerciantes, oficinistas, profesores, artistas, universitarios, parados… uno creo que es taxista). Hay, eso sí, más mujeres que hombres (diría que un 60-40 en porcentajes, a favor de ellas).  

                Pero esas diferencias para mí son irrelevantes. La única clasificación posible se pone de manifiesto al poco de conocer a un adicto. Con esto del chocolate sólo hay dos grupos: los “adictos sucios” y los “adictos gourmet”. Los nombres no los he puesto yo, no me juzguen mal. Es una nomenclatura que surge casi de manera espontánea entre nosotros y, por lo general, es admitida y respetada por todos. Los sucios son aquellos que necesitan comer chocolate a todas horas, sí, pero, entiéndanme, cualquier chocolate. No discriminan ni entienden, no diferencian. Necesitan el chocolate en sus bocas y la calidad les da lo mismo, ya sea una chispeante trufa Galler o un humilde Kit-Kat blanquecido por la caducidad, ya sea un juguetón pero siempre eficiente Ferrero Roche, una frutilla de Aragón de los chinos, o un presuntuoso After Eight. Con esa gente poco se puede hablar. Dan pena.

                Y luego estamos los gourmet. Somos adictos, claro que sí, como todos, pero no a cualquier precio. Siempre respetamos un nivel. A veces pienso que nuestra adicción es más hacia el puro esnobismo que hacia el sabor del cacao. Alguien debería estudiarnos como grupo aparte. Es una realidad compleja. A mí, por ejemplo, me dan igual los relojes caros, o la ropa de Armani, me son indiferentes los hábitos burgueses, pero en temas de chocolate no negocio: lo quiero refinado, bien construido, firme, con el aroma y el color adecuados, el punto de fundición en boca justo, y a la temperatura oportuna. Busco, de algún modo… la obra maestra. El grupo gourmet está, a su vez, muy fragmentado. Están los puristas, que no admiten que el chocolate se mezcle con nada, ni almendras, ni naranja, ni pasas. Con nada. Los black, que como su nombre indica son fanáticos los niveles de cacao elevados (siempre más del 70%), los white (sólo chocolate blanco), los design, que van de artistas, buscando formas y presentaciones exóticas, y por último estamos los deeper, que somos los más eclécticos, también, de alguna forma, los filósofos, nuestra única frontera es la calidad, rechazamos los géneros, pero somos implacables en nuestros veredictos.

                Desde niño he visto ultrajar el sagrado placer del chocolate de formas que me cuesta hasta verbalizar. A la gente que mete el chocolate en la nevera habría que perseguirla y quemarle la lengua con un hierro incandescente. Simplemente porque no son dignos de su consumo. De pequeño, mi madre se empeñaba en darme el chocolate con pan: “vamos –me decía- para que te alimente”. No entendía nada, pobre mujer, pero no la culpo, la sociedad en su conjunto está enferma. Probar, pensar y seleccionar. Ensayo y error. Esa es la clave. Con apenas diez años aprendí a establecer las cotas mínimas, por debajo de los cuales el placer se convierte en ofensa (Milka o Elgorriaba estaban en esa frontera). A partir de ahí, estudié los niveles de satisfacción de Nestlé, Valor, Lindt y más tarde, de adulto, los Noka, Marcolini, Richart Paris, o el libanés Patchi, al que hube de destinar el 50% de mi sueldo de un mes. Y no estoy hablando de precios, tampoco de prejuicios regionales. Sé reconocer el valor de un chocolate barato pero eficiente, con pegada, aquellos que, por ejemplo, saben hacer de su textura una ventaja competitiva, sin mayores ambiciones. ¿El ejemplo clásico?: la Nocilla –que fue de hecho el germen de mi bendita adicción- pero, eso sí, consumida a la temperatura adecuada; y nunca -¡nunca!, no me cansaré de repetirlo- con pan. Dejen el pan para los bocadillos o para mojar en las salsas, créanme, pero no lo mezclen con el chocolate. No deben hacer eso.

Una vez, en una de las sesiones, una pobre muchacha, estudiante de empresariales (Susana, creo recordar que se llamaba), nos contó que en época de exámenes comía cajas enteras de bombones Trapa. ¡Trapa! Dios mío. Recuerdo que me entraron ganas de vomitar.

Dentro del grupo, los gourmet somos más o menos unos once (hay dos mujeres nuevas que no sé aún de qué pie cojean, aunque una de ellas promete: lleva un tatuaje de Godiva en el cuello. Esa es la actitud). De esos once, tan sólo tres somos deepers. Hay un white, cuatro blacks, una design de la rama exótica (su debilidad son los huevos de pascua con forma de pene; así, como lo leen) y el resto son puristas de diferentes tendencias (uno, por ejemplo, sólo consume chocolate líquido: bien a la taza o batidos. Dice que la dureza de las onzas le da dentera. Los sucios lo llaman “el loco”. Creo que es lituano. Es un tipo extraño…)

En las últimas semanas los deepers nos hemos ido distanciando del grupo. Dudamos de que esa masa informe de glotones azucarados comprendan realmente la grandeza de nuestra adicción. Viven su consumo como un padecimiento, nosotros como una bendición. Por influencia de sus médicos se sienten víctimas del chocolate, nosotros nos consideramos ungidos por él. Asumimos el peligro de dejar que el colesterol gobierne nuestro torrente sanguíneo como un señor de la guerra hasta el inevitable colapso del sistema, pero entendemos eso como una marca de nuestra especie, un distintivo de nuestro clan. El chocolate como modo de vida. El chocolate como concepto total. El chocolate como principio y fin de la existencia.

Creo que la segregación de los deepers es inminente. Llevamos días hablando de abandonar el grupo y hacer un último y definitivo peregrinaje en busca del chocolate perfecto. Dejarlo todo para perseguir nuestro Santo Grial. Renunciar al trabajo, a la familia, a una vida plagada de abstinencias y viajar a Suiza, a Bélgica, y por último al corazón mismo de la sustancia elemento: México. Adentrarse en la selva y entregar lo que nos quede de salud al dios maya Hunahpú, creador del ritual del cacao. Sólo él pondrá fin a nuestro mundo, sólo él decidirá el cómo y el cuándo. Sólo Hunhapú nos susurrará, como hace la serpiente antes de caer sobre su presa, el sentido más insondable y profundo del chocolate.

jueves, 19 de febrero de 2015

Vida útil


El trastorno de Austin-Harper es una enfermedad rara. Muy rara en realidad. La sufre una de cada 200.000 personas. Yo sufro la enfermedad de Austin-Harper. Bueno, diría que quien más la sufre es la gente que me rodea. Yo la tengo pero, sin duda, las personas que conviven conmigo son quienes la padecen.

Los enfermos del Austin-Harper sentimos un impulso irrefrenable de manipular los objetos hasta romperlos. Encontramos un inexplicable deleite en provocar su colapso funcional, pero sin tener intención alguna de destruirlos. Simplemente inutilizarlos de algún modo.

Debe su nombre al primer paciente diagnosticado, Jason Austin, un joven canadiense nacido en 1941 y al psiquiatra que lo trató Robert L. Harper. Siendo niño, el pequeño Jason solía girar y girar los botones de la radio del salón hasta que escuchaba el “clac” característico de la rotura. Al principio, consideraron aquello travesuras propias de un niño, pero cuando se hizo mayor, su gusto por hacer lo mismo con la manecilla de los relojes o con algunos electrodomésticos, alarmó a sus padres y lo llevaron al médico. Durante la consulta, Jason deshilachó el forro de su asiento y desenroscó algunas piezas de la camilla. Preguntado por la razón de su comportamiento se limitó a contestar: no he podido resistirme. El doctor Robert L. Harper, de la Universidad de Indiana, que en aquellos años trabajaba con trastornos mentales vinculados a las autolesiones se interesó por el caso y comenzó a ocuparse de él. A día de hoy se desconocen sus causas y no existen grupos de riesgo aparentes. Estamos, en principio, repartidos por todos lados sin orden ni concierto, aunque de los países del Tercer Mundo no hay casi estadísticas. Ni siquiera se ponen de acuerdo en si se trata de un trastorno o un síndrome. Los datos son poco fiables. Su diagnóstico puede confundirse con brotes de vandalismo en determinados grupos sociales, o con el sabotaje como reacción ante ciertos estímulos represores. Aunque nosotros no mostramos agresividad ni violencia. No hay subvenciones ni especialistas de prestigio que se ocupen de este cuadro. Tampoco fundaciones ni organizaciones que financien investigaciones rigurosas. Estamos solos.

Respecto a mí, el diagnóstico fue, como en la mayoría de los casos, tardío. De niño rompía los juguetes. Pero no era significativo: todos los niños lo hacen. Recuerdo mi primera calculadora. Mientras otros compañeros de clase disfrutaban multiplicando dos números y dándole al signo = para ver cómo el resultado crecía de manera exponencial, yo encontraba un inquietante placer en presionar el lado de las teclas hasta que las sacaba de su sitio. Introducía clips o palillos por cualquier orificio que encontraba en un aparato, ya fuera un secador de pelo o un ordenador. Quitar las pilas del mando a distancia de la tele y hurgar en los puntos de conexión hasta dejarlos inoperativos era para mí algo instintivo. Actuaba antes de que la sensatez doblegara mi primera y compulsiva voluntad.

Un día –tendría yo unos doce años- vinieron unos jóvenes universitarios al colegio a promocionar el Cubo de Rubik. Nos repartieron uno cada uno. Mientras los demás manipulaban aquel cuerpo cromático, especulando con los colores y los cuadrados para completarlo, yo no pensaba más que en el modo de lograr que no pudiera girar. Apretaba con fuerza el cubo al voltear sus caras para escuchar ese ruido bendito de las piezas interiores rozándose y presionándose unas a otras, anunciando su su inminente fractura. Todo era plástico. No me fue difícil colapsar sus engranajes, como quien estrangula unos pobres intestinos indefensos. Cuando se lo devolví al chico se limitó a decir: ¿pero tú qué has hecho?, ¡te lo has cargado!. Todos rieron. Pero yo no, yo no me reí. Aquel artilugio que tan de moda se puso ese año, había dejado de interesarme en ese preciso instante.  

De los años de internamiento en el Centro Psiquiátrico Philippe Pinel tengo recuerdos dispares. Sé que al principio me trataron con medicamentos muy fuertes que me dejaban medio dormido todo el día. También me daban clomipramina. Luego vinieron las terapias de grupo con cleptómanos, ludópatas, tricotilómanos, incluso algunos pirómanos (con uno de ellos entablé cierta amistad; me dijo cosas muy interesantes sobre el fuego y su superioridad frente a los otros tres elementos, pero no es éste el momento ni el lugar de contarlas). Hablábamos y hablábamos, cada uno narraba su experiencia y nos insistían en acentuar, ante todo, nuestra empatía.

Desde que salí hace tres años mi vida está muy controlada. No puedo quedarme mucho tiempo sólo y mucho menos si hay máquinas o aparatos a mi alcance. Mi hermano suele bromear diciéndome que alguien como yo no hubiera tenido precio en la Guerra Fría. “Imagina la que hubieras liado en un silo de misiles del bloque enemigo”, repite siempre, aunque luego añade “mejor no saberlo, una máquina rota puede reaccionar de cualquier forma”.  

Me preguntan a veces si soy consciente de mi trastorno. Si cuando veo algo que pueda romper me paro a pensar en el perjuicio que causaré si lo hago. La respuesta es sí, soy consciente, pero en ocasiones me resulta imposible reprimirlo. Lo peor es que una vez que lo he estropeado, el placer que me ha reportado hacerlo desaparece y me siento vacío de nuevo. Es sólo el proceso de manipulación lo que me atrae, la búsqueda de ese ansiado instante en el que un pequeño ruido, un chasquido, o cualquier síntoma de desconexión, me informa de que ese aparato ya no podrá funcionar como es debido. ¿Quitar la vida a algo que no la tiene es tan malo?

Una vez leí que crear utilidad es uno de los estímulos más notables del ser humano y que eso nos hace sentirnos de algún modo poderosos, y también, por extensión, útiles. Me pregunto si desandar ese camino y convertir lo útil en inútil, en forzar una depreciación fatídica y fulminante, si obligar a las cosas a recuperar su estado primitivo, a esconderse en su potencia y prohibirles ser acto, no me regala igualmente a mí una cierta dosis de poder. Después de todo, soy algo así como la negación del progreso, un acelerador de la devaluación que todo cuanto existe experimenta de forma más o menos lenta, la contrafuerza al avance tecnológico que tanto enorgullece a nuestra civilización.

Por eso soy un peligro andante y entiendo que me recluyan. Que me aíslen. Que me inutilicen. Mis manos ya han roto demasiadas cosas ahí fuera. Deberían dejar que rompiera ya sólo las mías.