martes, 21 de febrero de 2017

Tildes

Hubo quien dijo que era el miedo a que el fin mundo le sorprendiera dejándolo con una palabra en la boca. Hubo quien señaló que se trataba de un temor irreductible a que sus frases cayeran al vacío antes de abrirse paso entre las líneas y las voces. Hubo incluso quien habló de dislexia, de cuadros de estrés verbal, de pánico a no comunicar sus ideas a tiempo para que el aire las transportara como pájaros a cielo abierto.
Pero no, nada de eso fue lo que le ocurría. Vicente fue un niño de lo más normal, estudioso y aplicado. Su aversión a los detalles superfluos tenía un origen mucho más profundo. Escribía con caligrafía exquisita, propia de un monacal amanuense, abriéndose paso en la blancura de los cuadernos como quien lleva un machete para desbrozar la hostilidad del medio. Las letras fluían con continuidad hipnótica, escoltadas por cimbras de márgenes idénticos, mimadas por los espacios y los trazos, como quien lleva a un niño de la mano por una senda insegura. Pero al término de sus discursos, coherentes y elaborados como un tratado escolástico, escribía con letra nerviosa: “con tildes”.
Vicente solía decir que las tildes –aun siendo necesarias- no eran suficientemente valiosas como para ralentizar los razonamientos de nada ni de nadie, no tenían tanto poder, y que era mejor –él decía: más práctico- dejarlas sin poner, y que los destinatarios las resolvieran y asignaran todas al final, invitados por esa sentencia breve e inequívoca que clausuraba las hojas. El contenido, el pensamiento, las supera en rango –le gustaba explicar justificándose-; las tildes deben esperar. Así cada cual, lector atento o pasajero, interesado o distraído, afectado o indiferente, podía –si lo estimaba oportuno- ponerle tildes a las palabras que las necesitaran, y completar con ello la irregular cadencia de sus acentos más íntimos.
Aquello fue el principio de una persistente fidelidad hacia la esencia de las cosas, de una innegociable observancia del núcleo de los sucesos y las meditaciones. Una casi obsesiva tendencia a priorizar los hechos y sus paradigmas. Lo menos importante, siempre al final. Por ello, Vicente hablaba a las gentes con mayor rapidez que ningún otro contertulio. Sus razonamientos penetraban como un bisturí entre los nichos de las conversaciones, colonizando sin asaltos los silencios del lenguaje, anteponiendo siempre las palabras a las cosas. Eso sí, toda vez que concluía su disertación, sin excepción alguna, sentenciaba: “con tildes”.
Una vez, siendo ya un hombre anciano y respetado por muchas más razones que las derivadas de su edad, Vicente se cruzó con un joven. Era uno de esos jóvenes emergidos de las entrañas mismas de la actualidad. Un digno producto de nuestro tiempo. Ágil de gesto, impaciente de actitud, inquieto en su oratoria, demasiado nervioso para el pulso sugerido por su reloj. Puede que demasiado nervioso para el pulso sugerido por cualquier reloj.
Enséñame a comunicarme más rápido que los demás, le dijo el joven. Muéstrame la fórmula. Trato de despojar a mis frases de todo cuanto las entorpezcan, expulso de mis sílabas toda distracción, pero no logro la magia de la continuidad. ¿Cómo puedo hacer?
Vicente entonces lo miró sereno, algo apenado por la precipitación de la arenga, y la falta absoluta de disciplina verbal que mostraba aquel muchacho, y le dijo: Nunca tortures las verdades por su importancia. La velocidad del mensaje tiene más que ver con el interés de quien escucha que con el impulso de quien lo emite. Tardé mucho en aprender eso, y me temo que tú, joven impaciente, tardarás aún más en aprenderlo (con tildes). 

lunes, 6 de febrero de 2017

Minotauros y Teseos

Hace tres noches soñé que soñaba que me arrojaban a un laberinto de espacios infinitos e imposibles; invadido por salones sin horizonte, pasillos fugados hasta la colisión, esquinas anómalas, sótanos absurdos y escaleras de peldaños crecientes, diseñadas -sin duda- por algún pupilo –pienso que aventajado- de Escher.
Eran espacios descomunales, inabarcables para los dos ojos, sin sombra alguna, como si la luz naciese del alma de los muros, y luego emergiera de sus piedras blancas con la fuerza de una criatura gritada por la selva.
Puertas, tal y como las conocemos, no había, pero sí arcos de dimensiones ciclópeas que determinaban con precisión legislativa el aquí o el allí de las distancias. Cada siete arcos se levantaba una bóveda y cada siete bóvedas una cúpula. Aunque pude observar, tras un minucioso estudio de sus cadencias de aparición, que cada setenta arcos, la bóveda naciente era setenta veces más grande que la anterior, y cada setenta bóvedas, la cúpula emergente, por enorme, se volvía ya rigurosamente inaccesible al sentido de la vista. Para que se hagan una idea de las dimensiones globales, ninguna de las dovelas de estos arcos era de estatura inferior esos edificios arrogantes y estirados que desde hace algo más de un siglo hemos venido en llamar rascacielos.
En uno de los cuadrantes de su complejísimo sistema de buhardillas nacía una inabarcable biblioteca, idéntica –o semejante en un 99,99%- a la de Babel imaginada por Borges. Salvo que en esta, los estantes –a los que el maestro llamó anaqueles- nacían y morían en el mismo punto, y sus libros descansaban al mismo tiempo, abiertos y cerrados.
Resultaba fácil caminar por espacios tan diáfanos, pero uno había de advertir que cada cierto tiempo se abría en el suelo un abismo blanco, en el que surgía, estimulado por un batallón de espejos, un subespacio igual (o casi igual) al que lo precedía, igual de grande e igual de incomprensible. Ascender no era un problema ya que la gravedad, en tan ancha inmensidad, no era severa con los cuerpos, y permitía, sin grandes trámites físicos, caminar por las paredes o recostarse en las pechinas de las cúpulas sin miedo alguno a precipitarse en el vacío.
Tres noches hace ya de aquel sueño y mi memoria ha retenido cada detalle, sin erosiones ni mudanzas. Trato de discernir su significado, pero en el proceso me detiene el recuerdo envolvente de los libros de la buhardilla. Abiertos y cerrados a la vez. Idénticos y distintos, minotauros y teseos de un laberinto de espacios infinitos e imposibles. 

martes, 24 de enero de 2017

Demonios breves

Hace ya muchos años que guardo un odio visceral a los demonios.
Demonios bruscos, repentinos.
Demonios agraviantes, vejatorios, injustos.
Demonios lúcidos.
Demonios espiados, detenidos, procesados, ¡culpables! Pero absueltos finalmente por falta de pruebas.
Demonios sin programa de reinserción, sin arte ni parte, sin diagnóstico clínico concluyente ni tratamiento alguno.
Demonios tristes, emanados de una laguna opaca de aguas sin oxígeno en sus entrañas, sin bordes ni orillas por las que pasear con un perro y arrojar piedras horizontales.
Demonios enteros
Demonios fabricados con bronce fundido a fuego negro. Golpeados luego con el martillo del azar y bruñidos con mimo elástico por el silencio de las indisciplinas.
Demonios secos
Demonios breves pero eficaces, eficientes, expeditivos. Demonios de mandíbulas diagonales y ojos siempre impares, aleatorios, como bolas de billar desparramadas por una pista de patinaje.
Y es un odio sereno, no hirviente, sin las cicatrices caóticas del legado violento.
Un odio calculado, curvo, no apasionado.
Un odio helado.
Hace ya muchos años que les guardo ese odio.  
Muchos años.
Demasiados.


lunes, 4 de abril de 2016

Hunahpú

                Las reuniones de adictos al chocolate son los lunes y jueves de 21:00 a 22:00 horas, en un local cedido por la Asociación de vecinos de Alborrubio. Es un local pequeño pero acogedor, con amplios ventanales y varios sillones. Las paredes están llenas de paneles de corcho con anuncios pegados con chinchetas: canguros, cuidadoras, clases de inglés o cursos de informática, también hay posters con las esquinas dobladas, algo descoloridos, con amaneceres y fotos sugerentes, rematadas con frases de Tagore, de Gandhi o de Russell. “No me duele llegar el último, lo que me duele es llegar solo”, “Ningún viento es favorable para una nave sin puerto”… Cosas así.

Cuando comencé a asistir, hará unos quince meses, éramos unos doce o trece adictos, pero últimamente el número ha aumentado a cerca de cuarenta. Viene gente incluso de las afueras. Se trata de un buen grupo, creo, aunque demasiado heterogéneo.

                No se pide ningún carné a la entrada, ni hay límite de edad una vez cumplidos los 16. Tampoco se exige participar activamente en las reuniones. De hecho, de varios de los asistentes no conozco ni su timbre de voz, ya que sólo se limitan a escuchar. Esto suele suceder al principio. Con el tiempo te vas animando y empiezas a compartir tus reflexiones y experiencias con todos. Al menos, ese fue mi caso.

                La cuota es de 10 euros al mes, lo justo para compensar los gastos de luz del local y para pagar a Mario, un psicólogo joven y emprendedor que hace las veces de moderador y coordina las sesiones. Está haciendo su tesis sobre las adicciones y el consumismo moderno, y aunque su idea inicial era centrarse en la televisión, el tema del chocolate le ha ido seduciendo cada vez más. Una vez nos confesó que fue por una novia que tuvo, que adoraba los Toblerone (la imagino atiborrándose de esos prismas infernales, escondida en los servicios de los aeropuertos…). Luego ella le dejó, pero para entonces Mario ya había tomado conciencia de las dimensiones solemnes del tema al que se enfrentaba.

                Los adictos que allí nos reunimos pertenecemos a clases sociales muy dispares, también a ámbitos laborales y culturales que poco tienen que ver (comerciantes, oficinistas, profesores, artistas, universitarios, parados… uno creo que es taxista). Hay, eso sí, más mujeres que hombres (diría que un 60-40 en porcentajes, a favor de ellas).  

                Pero esas diferencias para mí son irrelevantes. La única clasificación posible se pone de manifiesto al poco de conocer a un adicto. Con esto del chocolate sólo hay dos grupos: los “adictos sucios” y los “adictos gourmet”. Los nombres no los he puesto yo, no me juzguen mal. Es una nomenclatura que surge casi de manera espontánea entre nosotros y, por lo general, es admitida y respetada por todos. Los sucios son aquellos que necesitan comer chocolate a todas horas, sí, pero, entiéndanme, cualquier chocolate. No discriminan ni entienden, no diferencian. Necesitan el chocolate en sus bocas y la calidad les da lo mismo, ya sea una chispeante trufa Galler o un humilde Kit-Kat blanquecido por la caducidad, ya sea un juguetón pero siempre eficiente Ferrero Roche, una frutilla de Aragón de los chinos, o un presuntuoso After Eight. Con esa gente poco se puede hablar. Dan pena.

                Y luego estamos los gourmet. Somos adictos, claro que sí, como todos, pero no a cualquier precio. Siempre respetamos un nivel. A veces pienso que nuestra adicción es más hacia el puro esnobismo que hacia el sabor del cacao. Alguien debería estudiarnos como grupo aparte. Es una realidad compleja. A mí, por ejemplo, me dan igual los relojes caros, o la ropa de Armani, me son indiferentes los hábitos burgueses, pero en temas de chocolate no negocio: lo quiero refinado, bien construido, firme, con el aroma y el color adecuados, el punto de fundición en boca justo, y a la temperatura oportuna. Busco, de algún modo… la obra maestra. El grupo gourmet está, a su vez, muy fragmentado. Están los puristas, que no admiten que el chocolate se mezcle con nada, ni almendras, ni naranja, ni pasas. Con nada. Los black, que como su nombre indica son fanáticos los niveles de cacao elevados (siempre más del 70%), los white (sólo chocolate blanco), los design, que van de artistas, buscando formas y presentaciones exóticas, y por último estamos los deeper, que somos los más eclécticos, también, de alguna forma, los filósofos, nuestra única frontera es la calidad, rechazamos los géneros, pero somos implacables en nuestros veredictos.

                Desde niño he visto ultrajar el sagrado placer del chocolate de formas que me cuesta hasta verbalizar. A la gente que mete el chocolate en la nevera habría que perseguirla y quemarle la lengua con un hierro incandescente. Simplemente porque no son dignos de su consumo. De pequeño, mi madre se empeñaba en darme el chocolate con pan: “vamos –me decía- para que te alimente”. No entendía nada, pobre mujer, pero no la culpo, la sociedad en su conjunto está enferma. Probar, pensar y seleccionar. Ensayo y error. Esa es la clave. Con apenas diez años aprendí a establecer las cotas mínimas, por debajo de los cuales el placer se convierte en ofensa (Milka o Elgorriaba estaban en esa frontera). A partir de ahí, estudié los niveles de satisfacción de Nestlé, Valor, Lindt y más tarde, de adulto, los Noka, Marcolini, Richart Paris, o el libanés Patchi, al que hube de destinar el 50% de mi sueldo de un mes. Y no estoy hablando de precios, tampoco de prejuicios regionales. Sé reconocer el valor de un chocolate barato pero eficiente, con pegada, aquellos que, por ejemplo, saben hacer de su textura una ventaja competitiva, sin mayores ambiciones. ¿El ejemplo clásico?: la Nocilla –que fue de hecho el germen de mi bendita adicción- pero, eso sí, consumida a la temperatura adecuada; y nunca -¡nunca!, no me cansaré de repetirlo- con pan. Dejen el pan para los bocadillos o para mojar en las salsas, créanme, pero no lo mezclen con el chocolate. No deben hacer eso.

Una vez, en una de las sesiones, una pobre muchacha, estudiante de empresariales (Susana, creo recordar que se llamaba), nos contó que en época de exámenes comía cajas enteras de bombones Trapa. ¡Trapa! Dios mío. Recuerdo que me entraron ganas de vomitar.

Dentro del grupo, los gourmet somos más o menos unos once (hay dos mujeres nuevas que no sé aún de qué pie cojean, aunque una de ellas promete: lleva un tatuaje de Godiva en el cuello. Esa es la actitud). De esos once, tan sólo tres somos deepers. Hay un white, cuatro blacks, una design de la rama exótica (su debilidad son los huevos de pascua con forma de pene; así, como lo leen) y el resto son puristas de diferentes tendencias (uno, por ejemplo, sólo consume chocolate líquido: bien a la taza o batidos. Dice que la dureza de las onzas le da dentera. Los sucios lo llaman “el loco”. Creo que es lituano. Es un tipo extraño…)

En las últimas semanas los deepers nos hemos ido distanciando del grupo. Dudamos de que esa masa informe de glotones azucarados comprendan realmente la grandeza de nuestra adicción. Viven su consumo como un padecimiento, nosotros como una bendición. Por influencia de sus médicos se sienten víctimas del chocolate, nosotros nos consideramos ungidos por él. Asumimos el peligro de dejar que el colesterol gobierne nuestro torrente sanguíneo como un señor de la guerra hasta el inevitable colapso del sistema, pero entendemos eso como una marca de nuestra especie, un distintivo de nuestro clan. El chocolate como modo de vida. El chocolate como concepto total. El chocolate como principio y fin de la existencia.

Creo que la segregación de los deepers es inminente. Llevamos días hablando de abandonar el grupo y hacer un último y definitivo peregrinaje en busca del chocolate perfecto. Dejarlo todo para perseguir nuestro Santo Grial. Renunciar al trabajo, a la familia, a una vida plagada de abstinencias y viajar a Suiza, a Bélgica, y por último al corazón mismo de la sustancia elemento: México. Adentrarse en la selva y entregar lo que nos quede de salud al dios maya Hunahpú, creador del ritual del cacao. Sólo él pondrá fin a nuestro mundo, sólo él decidirá el cómo y el cuándo. Sólo Hunhapú nos susurrará, como hace la serpiente antes de caer sobre su presa, el sentido más insondable y profundo del chocolate.

domingo, 24 de mayo de 2015

Los datos


Tengo una curiosidad.

Quisiera alcanzar el testimonio que esconde el reverso de las fotografías, y comprender el sentido confundido de sus personajes. Preguntar por los pasillos y aulas de su experiencia intransferible, intuir la frecuencia con que se cierran y abren sus ventanas y puertas.

Así, un poco hipnotizados por la encantadora ingenuidad de mis demandas, me hablaron algunos de ellos –de los personajes-, obtenidos al azar de un arroyo de películas prestadas.

Me dijeron –como dato- que uno de cada diez humanos que ha conocido la Tierra desde que siendo monos bajaron de los árboles, está vivo ahora; que cada segundo cien rayos golpean el suelo por el que caminamos, y que Utopía es una provincia del planeta Marte. Pueden comprobarlo.

Tengo una curiosidad.

Necesito comprender el porqué de la anchura de los pianos, y cómo hacen para proyectar esos susurros impares en la pared. Una pared. O cualquier pared.

Entonces el mentor de los sonidos me contó –siempre como dato- que el Big Bang fue absolutamente silencioso (por mucho que lo imaginemos desplegando un apoteósico estruendo sobre la materia) y que por esa razón, las ondas huérfanas de aquel espectacular evento se reunieron más tarde para formar un ejército de complicidades y frecuencias que los más ancianos vinieron a llamar Música.

Tengo una curiosidad.

Me haría feliz comprender el secreto más oculto de los colores, de sus laberintos enlazados. El barniz cegador del amarillo incandescente, la pacífica bondad de los azules marítimos, o el irracional suministro de pasión que arroja a los espíritus frágiles el vino rojo.

Tengo una curiosidad

Que tal vez -puede (¿quién sabe?)- reúna, como una suma de las demás curiosidades, la esencia misma de mis interrogantes. Y es que alguien me explique al fin –así, digo, como dato- el verdadero significado de los eclipses.

jueves, 19 de febrero de 2015

Vida útil


El trastorno de Austin-Harper es una enfermedad rara. Muy rara en realidad. La sufre una de cada 200.000 personas. Yo sufro la enfermedad de Austin-Harper. Bueno, diría que quien más la sufre es la gente que me rodea. Yo la tengo pero, sin duda, las personas que conviven conmigo son quienes la padecen.

Los enfermos del Austin-Harper sentimos un impulso irrefrenable de manipular los objetos hasta romperlos. Encontramos un inexplicable deleite en provocar su colapso funcional, pero sin tener intención alguna de destruirlos. Simplemente inutilizarlos de algún modo.

Debe su nombre al primer paciente diagnosticado, Jason Austin, un joven canadiense nacido en 1941 y al psiquiatra que lo trató Robert L. Harper. Siendo niño, el pequeño Jason solía girar y girar los botones de la radio del salón hasta que escuchaba el “clac” característico de la rotura. Al principio, consideraron aquello travesuras propias de un niño, pero cuando se hizo mayor, su gusto por hacer lo mismo con la manecilla de los relojes o con algunos electrodomésticos, alarmó a sus padres y lo llevaron al médico. Durante la consulta, Jason deshilachó el forro de su asiento y desenroscó algunas piezas de la camilla. Preguntado por la razón de su comportamiento se limitó a contestar: no he podido resistirme. El doctor Robert L. Harper, de la Universidad de Indiana, que en aquellos años trabajaba con trastornos mentales vinculados a las autolesiones se interesó por el caso y comenzó a ocuparse de él. A día de hoy se desconocen sus causas y no existen grupos de riesgo aparentes. Estamos, en principio, repartidos por todos lados sin orden ni concierto, aunque de los países del Tercer Mundo no hay casi estadísticas. Ni siquiera se ponen de acuerdo en si se trata de un trastorno o un síndrome. Los datos son poco fiables. Su diagnóstico puede confundirse con brotes de vandalismo en determinados grupos sociales, o con el sabotaje como reacción ante ciertos estímulos represores. Aunque nosotros no mostramos agresividad ni violencia. No hay subvenciones ni especialistas de prestigio que se ocupen de este cuadro. Tampoco fundaciones ni organizaciones que financien investigaciones rigurosas. Estamos solos.

Respecto a mí, el diagnóstico fue, como en la mayoría de los casos, tardío. De niño rompía los juguetes. Pero no era significativo: todos los niños lo hacen. Recuerdo mi primera calculadora. Mientras otros compañeros de clase disfrutaban multiplicando dos números y dándole al signo = para ver cómo el resultado crecía de manera exponencial, yo encontraba un inquietante placer en presionar el lado de las teclas hasta que las sacaba de su sitio. Introducía clips o palillos por cualquier orificio que encontraba en un aparato, ya fuera un secador de pelo o un ordenador. Quitar las pilas del mando a distancia de la tele y hurgar en los puntos de conexión hasta dejarlos inoperativos era para mí algo instintivo. Actuaba antes de que la sensatez doblegara mi primera y compulsiva voluntad.

Un día –tendría yo unos doce años- vinieron unos jóvenes universitarios al colegio a promocionar el Cubo de Rubik. Nos repartieron uno cada uno. Mientras los demás manipulaban aquel cuerpo cromático, especulando con los colores y los cuadrados para completarlo, yo no pensaba más que en el modo de lograr que no pudiera girar. Apretaba con fuerza el cubo al voltear sus caras para escuchar ese ruido bendito de las piezas interiores rozándose y presionándose unas a otras, anunciando su su inminente fractura. Todo era plástico. No me fue difícil colapsar sus engranajes, como quien estrangula unos pobres intestinos indefensos. Cuando se lo devolví al chico se limitó a decir: ¿pero tú qué has hecho?, ¡te lo has cargado!. Todos rieron. Pero yo no, yo no me reí. Aquel artilugio que tan de moda se puso ese año, había dejado de interesarme en ese preciso instante.  

De los años de internamiento en el Centro Psiquiátrico Philippe Pinel tengo recuerdos dispares. Sé que al principio me trataron con medicamentos muy fuertes que me dejaban medio dormido todo el día. También me daban clomipramina. Luego vinieron las terapias de grupo con cleptómanos, ludópatas, tricotilómanos, incluso algunos pirómanos (con uno de ellos entablé cierta amistad; me dijo cosas muy interesantes sobre el fuego y su superioridad frente a los otros tres elementos, pero no es éste el momento ni el lugar de contarlas). Hablábamos y hablábamos, cada uno narraba su experiencia y nos insistían en acentuar, ante todo, nuestra empatía.

Desde que salí hace tres años mi vida está muy controlada. No puedo quedarme mucho tiempo sólo y mucho menos si hay máquinas o aparatos a mi alcance. Mi hermano suele bromear diciéndome que alguien como yo no hubiera tenido precio en la Guerra Fría. “Imagina la que hubieras liado en un silo de misiles del bloque enemigo”, repite siempre, aunque luego añade “mejor no saberlo, una máquina rota puede reaccionar de cualquier forma”.  

Me preguntan a veces si soy consciente de mi trastorno. Si cuando veo algo que pueda romper me paro a pensar en el perjuicio que causaré si lo hago. La respuesta es sí, soy consciente, pero en ocasiones me resulta imposible reprimirlo. Lo peor es que una vez que lo he estropeado, el placer que me ha reportado hacerlo desaparece y me siento vacío de nuevo. Es sólo el proceso de manipulación lo que me atrae, la búsqueda de ese ansiado instante en el que un pequeño ruido, un chasquido, o cualquier síntoma de desconexión, me informa de que ese aparato ya no podrá funcionar como es debido. ¿Quitar la vida a algo que no la tiene es tan malo?

Una vez leí que crear utilidad es uno de los estímulos más notables del ser humano y que eso nos hace sentirnos de algún modo poderosos, y también, por extensión, útiles. Me pregunto si desandar ese camino y convertir lo útil en inútil, en forzar una depreciación fatídica y fulminante, si obligar a las cosas a recuperar su estado primitivo, a esconderse en su potencia y prohibirles ser acto, no me regala igualmente a mí una cierta dosis de poder. Después de todo, soy algo así como la negación del progreso, un acelerador de la devaluación que todo cuanto existe experimenta de forma más o menos lenta, la contrafuerza al avance tecnológico que tanto enorgullece a nuestra civilización.

Por eso soy un peligro andante y entiendo que me recluyan. Que me aíslen. Que me inutilicen. Mis manos ya han roto demasiadas cosas ahí fuera. Deberían dejar que rompiera ya sólo las mías.

lunes, 19 de enero de 2015

El espíritu de las leyes


El 23 de abril de 2019, por primea vez, y contraviniendo la sacrosanta Ley de gravitación universal, una pelota lanzada por un muchacho de Spitak (Armenia), continuó su trayectoria sin caer al suelo, a un metro y medio de altura, durante varios kilómetros. La pelota en cuestión se adentró en un bosque próximo y se le perdió la pista unos veinte minutos después. La noticia salió en los periódicos locales como una curiosidad, pero a los pocos días el canal youtube mostró un video del inexplicable suceso grabado con un móvil y en menos de una hora las redes sociales estaban inundadas con lo que parecía ser un acto de brujería, o también –dijeron- un simple truco visual hecho con alguna aplicación.  

Cuatro meses más tarde, en una cafetería de Valparaíso (Chile), una mujer que merendaba con sus amigas pudo percibir cómo su café, ya servido en la taza, lejos de enfriarse lentamente hasta alcanzar su punto de equilibrio con la temperatura ambiente, se fue calentando cada vez más hasta rozar la ebullición. En aquel momento se pensó que sería por algún efecto raro de la sacarina.

Hubo que esperar dos años más para que la comunidad científica prestara a estos sucesos la atención que merecían. Era evidente que algo estaba pasando. Así, el 12 de noviembre de 2021, un niño de la escuela primaria James Madison de Naperville (Illinois), sumó dos más dos y le dio cinco. Naturalmente, al principio, el profesor entendió que se trataba de un error en el cálculo, muy habitual en niños de esa edad, pero tras repetir la operación, el resultado obtenido persistió. Revisaron la cuenta varias veces y ahí estaba, era correcto. Por primera vez en la Historia, dos y dos sumaban cinco. No había duda, la Ciencia había chocado contra algo.

Reuniones y congresos al más alto nivel se sucedieron en los meses siguientes. Físicos, químicos, matemáticos, los premios Nobel vivos y las mentes más preclaras de ambos hemisferios trataron de buscar una explicación a la avalancha de noticias que llegaban día tras día de diversos lugares del planeta, en los que la realidad parecía haberse declarado en rebeldía contra las leyes de la naturaleza. O es que, tal vez, no eran sus leyes. Eran nuestras, no suyas, leyes enunciadas por el Hombre para explicar el mundo e impuestas luego a éste sin consultarle ni pedirle parecer. Después de todo, esas leyes están basadas en la minuciosa observación de una perseverante repetición. La manzana caerá al suelo –decimos- porque ha ocurrido así una y otra y otra y otra vez desde que se tiene memoria, pero ¿acaso eso garantiza que siempre vaya a ser así? Por lo visto no, y había llegado el momento de tomar conciencia de ello.

Lo que sucedió desde entonces ya lo saben. El principio de incertidumbre de Heisenberg pasó a ser la Biblia para todo. Las ciencias exactas se fueron deshaciendo como azucarillos, dando paso al posibilismo y al relativismo más apremiantes. El universo cuántico saltó del mundo subatómico y empezó a percibirse en la vida doméstica y cotidiana. Ya nadie sabía, con seguridad, cómo iban a comportarse las cosas. El gato de Schrödinger, que plantea que dos sucesos opuestos pueden tener lugar simultáneamente, pasó a ser el más popular de los animales (mucho más que el ratón Mickey o el Correcaminos). Sobre el dichoso gato se hicieron cómics, libros juveniles, camisetas, varias películas (una de la Disney) y una serie de televisión, aunque algunos capítulos no pudieron emitirse porque la óptica de las cámaras no funcionó como se esperaba que hiciera.

Todo cambió y ya nada fue igual. Poca gente se atrevía a subir en avión ante el temor de que sus alas no acataran la ecuación de Bernoulli, los barcos naufragaban por doquier sin mostrar el más mínimo respeto hacia el principio de Arquímedes, el Binomio de Newton fallaba una de cada tres veces, los escolares hacían chuflas y coplillas satíricas con el triángulo de Pitágoras, y el teorema de Bolzano pasó a ser usado en las tertulias como gag. Cuatro años después del evento de Naperville, las Academias de la lengua procedieron a suprimir el vocablo “certeza” de sus diccionarios. Prever las cosas basándose en la experiencia fue desde entonces un ejercicio de ciencia-ficción.

Me preguntarán si desde que la naturaleza ha reivindicado su aleatoriedad y su innegociable anarquía, el Hombre ha sido más infeliz. No sabría qué decir. Supongo que nos hemos adaptado. Vivimos agazapados en espacios cercanos, nuestra movilidad es casi nula, morimos de maneras distintas, ahora los accidentes absurdos son habituales y nadie sabe si el agua del grifo saldrá hacia arriba o hacia abajo cuando nos acercamos a beberla. Hay días –por citar un ejemplo- en los que el sol no se ha molestado ni en salir.  

Respecto a mí, sigo respirando y eso basta. Mi cuerpo hará lo que considere y yo no podré impedirlo, pero así, más o menos, era –creo- también como se comportaba antes del derrocamiento de las leyes. Miro por las ventanas cada vez con menos miedo, y me pregunto si el tiempo también se habrá declarado en rebeldía. Luego me tumbo en mi cama, cierro los ojos y pienso en los sabios antiguos, cuando, reunidos ante una escogida selección de sus pupilos, decían con solemnidad ritual aquello de: “envejecer es la prueba viva del triunfo del espíritu sobre la materia”.