domingo, 14 de marzo de 2021

El teléfono

 


Nos enteramos de su muerte por una nota en el portal.

El martes día 2 de octubre falleció Don Federico Tortosa Marín (3º B), vecino de esta comunidad desde hacía sesenta y dos años. El viernes 5, a las 19:30, se oficiará una misa en su memoria en la parroquia de San Justo

Yo vivo en el 3º A desde hace quince años. Apenas tenía relación con Federico. Lo conocía de cruzarme con él en el portal, darnos los buenos días y buenas tardes de rigor y poco más. Era un hombre muy mayor y vivía solo. Nunca asistía a las juntas de vecinos. Aunque se trata de una finca centenaria, las paredes no son demasiado gruesas y es fácil escuchar los ruidos de los pisos colindantes. Pero en el caso de Federico, el silencio que emanaba de la pared que compartía con su casa era prácticamente total. Ni una conversación, ni una radio, ni la tele... ni siquiera un vaso o un plato esporádico reventándose contra el suelo. Nada.

Pregunté al portero y me contó que tenía ochenta y ocho años, esa era básicamente su única enfermedad, y que su hija, que vivía en Toledo –me pareció entenderle- había venido a encargarse de todo tras su muerte. Ella había puesto la nota. Por un momento pensé acercarme al funeral a San Justo, pero en los días siguientes no me costó encontrar excusas para finalmente no ir. No conocería a nadie, no soy religioso, no me unía ninguna amistad con el difunto, qué pintaba yo allí, etcétera.

Como decía, en el tiempo que fui su vecino apenas lo sentí, pero en los días posteriores a su muerte sucedió algo curioso. Todas las mañanas, sin excepción, a las ocho en punto, sonaba el teléfono de su piso. Al principio no le di demasiada importancia, aunque me extrañó que, después de tantos años de silencio, justo ahora, cuando nadie podía contestar, alguien llamara de modo tan perseverante. En realidad, no podía asegurar que se tratara de la misma persona, pero el hecho de que fuera todos los días y a la misma hora, con esa puntualidad kantiana, me hizo convencerme de que así era.

Comprobé que el número de sonidos era siempre el mismo: ocho. Tras ellos, el teléfono dejaba de sonar, y no volvía a hacerlo hasta el día siguiente a las ocho en punto de la mañana.

Mi vida no está tan repleta de ocio como para que algo así desvíe mi atención, pero coincidirán conmigo que la curiosidad, unida a la reiteración de un hecho que tiene algo de inexplicable y enigmático, puede acabar derivando en una pequeña obsesión por encontrar una razón a todo esto.

Un día, unos meses después de que Federico falleciera, pregunté al portero por la situación del piso, sin mostrar mayor interés. Me extrañaba que a esas alturas no se hubiera colgado en la fachada un cartel de SE VENDE. Santiago –que así se llama el portero, y que no es persona precisamente de mucha conversación- se encogió de hombros sin sacar las manos de los bolsillos. La hija no ha vuelto, no sé si pensará venderlo o alquilarlo – me dijo-. Es raro –le sugerí simulando que mi intención no era otra que hablar de algo-, no parece que hayan venido a retirar muebles ni nada. La hija no ha vuelto, ya le digo –volvió a responder con el mismo tono-, certificando su nulo interés por hablar conmigo.

Comencé a imaginar historias sobre quién podría llamar todas las mañanas al número de Federico. Tal vez un acreedor, o algún vendedor de algo. Pero la hora no era propia de nada de eso. De este modo, como dije antes, fue naciendo en mí, lentamente, la obsesiva necesidad de desvelar el misterio del teléfono. Saber quién llamaba no tardó en convertirse en una fijación. Un síntoma más –supongo- de lo poco que necesitamos a veces para crearnos un objetivo en la vida, por absurdo que pueda ser, capaz de absorber los recursos más valiosos de nuestra energía vital.

El problema era, naturalmente, cómo podría entrar en casa del difunto Federico para descolgar el teléfono. Barajé varias opciones, como saltar por la ventana del patio interior. La descarté enseguida por el alto riesgo de abrirme la cabeza contra el suelo -son tres pisos- y el no menor riesgo, caso de conseguir llegar hasta su ventana, de encontrármela cerrada a cal y canto. También pensé en generarme una humedad en el salón y provocar que el portero subiera al 3º B a mirar, pero tampoco era buena opción: subiría, vería que no hay nada y se terminó. Necesitaba poder entrar yo sólo, minutos antes de las ocho y esperar allí a que sonara.

Al cabo de dos semanas tenía listo un plan que revisé cuidadosamente. Podían fallar muchas cosas de él pero de ocurrir así, no habría nada de sospechoso en mi actuación. Una mañana, a las 7:40 minutos salí al pasillo y deslicé un par de facturas bajo la puerta de la casa de Federico. Bajé al portal y le dije a Santiago, que, al ir a cerrar mi puerta, se me habían caído del maletín –que debía llevar abierto- varias hojas, desparramándose por el suelo. Al recogerlas, eché en falta algunas de ellas, dándome cuenta entonces de que se habían podido introducir por debajo de la puerta del 3º B. A esa hora el portero está limpiando, así que me ofrecí, con el fin de no molestarle más de lo necesario, a recoger yo mismo mis facturas sin necesidad de que él subiera conmigo. Sería un momento nada más. Incluso tenía preparadas varias frases para insistirle en que se quedara abajo, caso de que se empeñase en venir conmigo. Pero no hizo falta. Prácticamente fue él quien me pidió que fuera yo sólo.

Así que ahí estaba, a las 7:49 minutos de la mañana, a punto de abrir la puerta que me llevaría a desvelar, al fin, el absurdo misterio de las llamadas de teléfono. Mientras giraba la llave fui por un momento consciente de lo ridículo de mi actuación y pensé en volver a cerrar y olvidarme de las dichosas llamadas, que bastante me debían importar a mí. Un estúpido teléfono me había hecho interesarme por alguien que ya estaba muerto, alguien además a quien no había prestado atención alguna mientras vivía. Todo aquello era una extraña ironía, patética si se mira desde fuera. Pero enseguida supe que si hacía eso, se renunciaba, no me lo perdonaría. La única oportunidad de entrar al 3º B se me había brindado con más facilidad de lo esperado. Mi plan había funcionado a la perfección. Tal vez fuera ésa la manera que el destino tenía de decirme que, llegado hasta ese punto, no había marcha atrás.

Entré. La casa tenía un desagradable olor a humedad, olor a cerrado, olor a polvo, olor a abandono. Abrí ligeramente la persiana del salón pues no había luz eléctrica. Encontré enseguida el teléfono, encima de una mesita en el pasillo, junto a la puerta del baño. Era un teléfono anterior a la era digital, de esos que no necesitan corriente eléctrica para sonar.  Eran las 7:51. Disponía de nueve minutos para contextualizar mi proyecto y así empecé a caminar despacio por la penumbra de la casa. Me preguntaba dónde murió exactamente Federico. Su cama estaba hecha y era evidente que todo estaba tal y como él lo tenía. Por alguna razón imaginé que lo hizo sin dolor, sentado en el sillón, tal vez mientras dormía la siesta. En la cocina, la nevera abierta, como suele hacerse cuando está desenchufada, y los armarios casi vacíos. Un frasco ya empezado de Nescafé en la encimera fue el único alimento que encontré. El salón tenía un pequeño butacón, una alacena y un mueble de esos con una radio de los años 60 incrustada en el medio. Las 7:56. En las paredes un par de pequeños cuadros sin interés. Sólo encontré una única foto en un marco de plata, encima de la mesita, junto al sillón. Dos jóvenes abrazados en el estanque del Retiro. Una foto en blanco y negro, bien conservada por esa condescendencia que el tiempo muestra con frecuencia hacia las imágenes únicas, aquellas que permiten a las personas que se asomaron a la vida adulta cuando una foto era un acontecimiento, agarrarse a alguno de sus recuerdos y pensar “yo soy –o fui- ése”. Calculé que debió hacerse en los años 50 y, naturalmente, los dos jóvenes debían ser Federico y su mujer, o, tal vez, entonces, su novia. A ella nunca la conocí. Federico debió enviudar antes de venir yo a vivir al 3º A. Desde luego, todo eran conjeturas, pero basadas, como pueden comprobar, en la más sencilla de las lógicas. Las 7:58. Cogí aquel retrato y lo miré con atención. Reconocí efectivamente a Federico, aunque, hasta ese momento, de él sólo había visto su rostro de octogenario agotado y aburrido por los días, los meses y los años. Sin duda era él. En lo esencial, digo, era él. Entonces sonó el teléfono. Eran las ocho de la mañana.

Me dirigí al pasillo con la foto en la mano. Había llegado el momento.

El plan era, naturalmente, descolgar, pero... para qué. No disponía de mucho tiempo. A los ocho timbrazos todo se desvanecería. El cuento de los folios bajo la puerta no podría usarlo más. Tanto tiempo planeando todo y ahí estaba, petrificado, sin saber qué hacer. Cinco timbrazos, seis... el tiempo se agotaba. Al fin me decido, dejo la foto junto al teléfono y descuelgo.

Preguntar “¿quién?” o decir “aló” o algo así, era arriesgarme a encontrarme con una contrapregunta del tipo “¿con quién hablo?”. Demasiado riesgo. Así que me limité a escuchar. Era evidente que al otro lado había alguien. Al cabo de unos segundos de silencio escuché una voz. Una voz ligeramente familiar para mí, familiar por haberla oído antes, por haberla tenido cerca, en el portal, dándome los buenos días y buenas tardes de rigor: “Ahora tengo interés para ti... ¿ya existo?... Deja la foto en su sitio y sal de mi casa”. Y colgó.

Tardé unos segundos en reaccionar. Estaba aterrado. Casi sin poder caminar, me dirigí al salón y dejé la foto en su sitio. Cerré la puerta y le devolví la llave al portero disculpando mi retraso porque tuve que pasar a mi piso a contestar una llamada (más ironías). Ni se inmutó.

El teléfono de Federico no volvió a sonar nunca más.

Unas semanas después, en la fachada de nuestro edificio, a la altura del tercero, se colgó un cartel de SE VENDE con un número de teléfono.

Era mi piso.


jueves, 24 de diciembre de 2020

Conticinio

 

Sin tiempo ni espacio para hacer hervir las moléculas de los relojes, la luz de las bombillas apagadas se refugió nuevamente en los tejados.

Sin tiempo ni espacio para que la voz preponderante de los niños pudiera resucitar en los parques y los pasillos, la luz intermitente de sus almas se recogió nuevamente en un libro de sueños enigmáticos.

Sin tiempo ni espacio para que una docena de meditaciones inconexas treparan por las paredes perpendiculares de la vigilia, la luz de las botellas apiladas se contrajo nuevamente hasta formar un sótano de vanidades.

Sin tiempo ni espacio para percibir los ecos de la nada… el silencio tomó el relevo de la vorágine y arrojó su manta enmudecida sobre las almas inmóviles de los locuaces.

Pero bajo el abrigo paralizante de los tejados oscuros, los libros de los sueños, los sótanos vanidosos y las almas detenidas, un rumor maldito, singular y permanente, golpea innegociable el tiempo y el espacio de unos oídos agotados.

Un canto disfónico de sirenas escondidas, que por ser interior y secreto, en nada altera el conticinio oficial de las noches reincidentes.


domingo, 15 de noviembre de 2020

Canción de la niña y el agua

 


Niña del agua

Niña del agua

¿Quién te dio ese cántaro

sin decir tu nombre?

Niña del agua

sin darte consignas

ni enseñarte el camino

para ir a la fuente

y llenar de agua

su espacio y su vientre.

Niña del agua

Sola por el campo

entre negros pozos

preguntándole al viento

si vendrá la muerte

antes de llegar al caño

donde abastecerte.

Niña del agua

En un claro del bosque

la muerte te vio

sola con tu cántaro

sola y sin el agua

Y la muerte te dijo:

yo te llevaré

y tendrás tu agua

pero yo mañana

despuntando el alba

tocaré la mano

de quien te dio el cántaro

sin darte consignas

ni decir tu nombre

Niña del agua

Niña del agua

lunes, 17 de agosto de 2020

Aguas inquietas

 


Cuentan que la oportunidad llegó sin avisos ni prólogos premeditados, precedida tan solo por el relato pragmático y silencioso de la necesidad. Debió ser en la antesala rara del más raro de los veranos, el de aquel año en que nada, o casi nada, fue capaz de transcribir sin errores la palabra normalidad.

Tal vez, fue por eso que la oportunidad se deslizara entre las mesas de los despachos de la gran pirámide institucional hasta caer en las manos adecuadas y, empujada por voces apropiadas, se acercara a la flota de iniciativas e ilusiones guardadas para decirle al oído, como a Lázaro: “levántate y anda”

Los cronistas contarán entonces que el hechizo de la responsabilidad obró su magia, y en un abrir y cerrar de ojos, los recursos elegidos se encontraron desfilando todos en el mismo sentido. Fue todo lo fácil que las dificultades dejaron.

Tras la batalla con las incertidumbres, de nuevo el mar ganó su posición en el horizonte de los premios para conceder el merecido reposo al guerrero. Un reposo relativo pero suficiente, vigilado tan solo por el poder ambivalente de la posibilidad. Por las dos caras que dejan ver las aguas inquietas cuando transitan entre la calma y la tormenta. Por ese dilema latente que, situados ya en la orilla de las cosas, nos anuncia en la libreta de nuestra propia voz: “va a ocurrir”.  

 


sábado, 2 de mayo de 2020

El sutil pálpito de los proyectos


Renacida del caos tumultuoso de la oportunidad, sus nuevos cálculos vitales dieron resultados complejos. Era -no cabe duda- la misma persona que fue, seducida por sonidos y poemas de cientos de años, acompañada al tiempo de libros con palabras no tan ancianas, pero rodeada siempre de miles de imágenes presentes, traídas por el aire, dispuestas tecnológicamente en un asimétrico abanico de capítulos.
De arrebatadora discreción, era la cima más visible de una cordillera ya de por sí elevada por la propia naturaleza del espectáculo. Singularmente dibujada, rechazaba las propuestas innecesarias con la elegante reverberación que produce el suave eco en los desfiladeros. Requerida asiduamente por la racionalidad de los ateneos y la academia, gustaba de enseñar el cuchillo para luego usar solo el bisturí, ganándose el respeto de las audiencias, que una vez doblegadas, quedaban encogidas en el arcón del silencio.
Crítica de la razón crítica. Hoy toca la guerra, mañana será el arte. Las certezas son de madera, y no de mármol. Ninguna roca resiste la embestida del canto, los puristas son falsos profetas y la retina nos enseña que los andares pueden ser más convincentes que los gestos.
Era, ya se ha dicho, la misma persona. Reinventada en el sutil pálpito de sus proyectos, defendiendo que el sol con su luz es la mejor de las patrias, aunque a veces, ya en secreto, citaba al poeta murmurando: ay, “si no fuera por la lluvia…”

jueves, 30 de abril de 2020

Disparando al sol


Armado con munición para abatir a un millón de segundos, el hombre sin significado se adentró en la colmena de los razonamientos.  
La reina dio orden de dejarlo pasar y fue recibido en el salón del trono, como si de un emisario del porvenir incierto se tratase.
Ella le preguntó por su actividad furtiva, por sus idas y venidas por los mapas esféricos de los propósitos, por su violencia extrema hacia cosas que carecían de importancia, por su ensañamiento con los espacios vacíos que nadie reivindicaba. Un comportamiento inusual e incomprensible que solo podía desgastarlo.
El hombre sin significado permaneció inmóvil, silencioso, como buscando palabras que nunca llegaría a pronunciar. Por fin, se animó a hablar y explicó acompañándose de todo tipo de gestos, su aversión hacia los huecos que se abren entre los objetos, entre las ideas y sus bocetos. Relató cómo desde niño sufrió vértigos al contemplar la discontinuidad que condena a las cosas a delimitarse.
La reina meditó seriamente sobre la posibilidad de que aquel hombrecillo sin significado estuviera completamente loco, pero cada vez que terminaba una frase, la cordura emergía entre las sílabas como por arte de magia y su discurso recobraba el semblante eminente y sólido de las catedrales.
Sin más preguntas que hacerle, el invitado fue liberado y escoltado hasta la cúspide inaccesible de los delirios, un lugar casi sagrado que -se dice- es la cuna de todos los síntomas.
Desde allí el hombre sin significado levantó de nuevo su absurda escopeta y prosiguió disparando al sol, como le gustaba hacer en días nublados. Esos días que, no degenerando en lluvia, sí dejan escapar el murmullo incandescente de la extravagancia.


sábado, 25 de abril de 2020

Resistencia



- ¿Qué tal fue la guerra?
- No fue mal - respondió el general, estirándose el uniforme -. Quedamos los segundos.