miércoles, 25 de marzo de 2020

Domingos raros



… y ahora cada día es igual que el anterior
días inmóviles
días sin proyecto
unidos en moléculas inertes
agotados de inacción, acusados y condenados por silencio flagrante
exhaustos de repeticiones, acólitos de una aleatoriedad dormida
apagados
días con el tiempo a cuestas
atestados de horas largas que devoran los relojes
liquidados por un escuadrón de noticias reincidentes
días predecibles
días gemelos, casi idénticos, feos
que no suman
solo restan
días extraños
engullidores voraces de futuros cercanos
sembradores de dudas
cultivadores de vértigos y angustias
días hermanados por un perfil extravagante
días apellidados cero
grises y secos
como aquellos domingos raros de mi infancia
que parecían noches desde por la mañana
irrelevantes e irreverentes
días neutros
que nacían como si estuvieran muertos
y desaparecían luego dejándonos otro día igual


* Cuadro de Håkon Gullvåg

sábado, 8 de febrero de 2020

Runrún


Después de algunos años de guarecer los lindes, de vigilar las puertas, de circunnavegar los tramos más breves del espacio, sonó de nuevo el sonido aflautado de los acantilados. La trova martirizada de un reloj de arena que siempre se voltea solo. 
Después de algunos años -no muchos, tampoco pocos- de rodear esos poliedros irregulares que apenas salen en las cartas de navegación, el horizonte dio a luz enfurecidos regimientos de preguntas, alienados y prestos para la solemne batalla de las curiosidades.
Será -supongo- el dilema recurrente y espontáneo de las ánimas litigantes. El germen necesario para asumir -guste o no guste- una teoría del todo que apenas da respuesta a seis años de catecismos.
Y es ahí, justo ahí, cuando nace, como la fuerza mayor que doblega el estado de necesidad, el persistente runrún que se niega a desaparecer. Atado a su origen, como el eco al grito del pastor en el desfiladero. Condenado a perseguirse. Llamado a perpetuarse.

martes, 21 de enero de 2020

Setenta veces siete



Setecientos escalones más al sur del quirófano donde me extirparon el miedo, me detuve a descansar del ruido incesante que produce el silencio plegado sobre sí mismo. Apoyado sobre un saliente anecdótico del muro, permanecí quieto, casi estático, con el fin de no incomodar a las calladas piedras y sus penínsulas.
Para cuando empezó la arrebatada coreografía de sombras y discrepancias que, como el canto de los condenados, apenas se siente si no estás próximo, yo ya estaba nuevamente en camino, apretando el paso, con la vista puesta en los primeros milímetros del futuro.
Así es cómo me encontré con ellas, una cuerda de almas, atadas unas a otras por la cintura, para evitar que alguna se desplomara hacia el abismo de la virtud y hubiera entonces que sacarla de la fila y recomponer toda la catenaria de desahucios.
Miles de veces escuché hablar de aquel exilio uniformado de rostros rotos, de esa peregrinación hacia el infierno a la que se puede uno sumar pero nunca restar. Leyendas de creyentes – pensé -, chifladuras de chamanes y clérigos interesados. Pero apenas me acerqué, la columna aminoró su paso para hacerme un hueco mientras una mano fría me anudaba la cuerda como una mecha al explosivo. Nadie se interesó por mis causas ni mis culpas. Nadie me preguntó por mi proceso. Cada uno rumiaba lo suyo sin poder escupir ya nada.
¿Y el perdón? – pregunté yo- ¿no existe entonces?
Silencio.
¿Y el perdón? – pregunté de nuevo
Alguien desde atrás lanzó su voz contra mí, como repitiendo un estribillo memorizado a golpes:
Podrás compensar tus errores con acciones. Tiempo habrá. Tiempo tendrás.
¿Y qué tiempo es ese? ¿son días, semanas, meses? ¿No serán los siete años que anunciaron los libros sagrados?
No lo son – dijo la voz-, son setenta veces siete.



martes, 14 de enero de 2020

Relato breve de un niño y su planeta


De ninguna manera sabría aproximarme ya al tribunal implacable de los pozos. Trasladarme a los sótanos ingenuos de mis juegos, convencido -como estaba- que eran torres, protegidas por algún tipo de gigante desterrado de la cara más oculta de la luna.
Porque aquel globo metálico llegado desde el cielo era mi parque, mi mundo tatuado de geografía confusa, un reino esmaltado de océanos sombríos, continentes negruzcos, un ecuador malgastado, y volcanes hambrientos donde esconder mis canicas. Me gustaba ascender a la estepa siberiana para sentarme a fumar mi pipa de burbujas asteroides, que se desintegraban -creo que por efecto del viento- al acercarse a los circos acechantes del Himalaya.

Recuerdo con nitidez la cara de aquel hombre, bombero la mayor parte de su tiempo, héroe sin dudarlo de la causa y de su sueldo, que usó su mano tendida para separarme de la esfera, jugándose el todo por el todo, y maldiciendo los ecos de la guerra que dejó allí -años atrás- el infernal artefacto, ahora mi planeta, mi universo.
No me consta si el ruido del instante alcanzó la frontera de las gentes, si paralizó sus relojes tanto como el mío, si el fuego efusivo reemplazó los átomos de aire circundante, o el alcance exacto de las ondas de mi estrella. No me consta. Pero sí recuerdo sentirme ganador un poco antes, allá en mi cima, con mi helado de vainilla, mi jersey de rombos tristes y mis ojos blancos de niño victorioso, porque aquel segundo fui más fuerte de lo que nunca fui. Porque fui más alto que en el más generoso de mis sueños.

martes, 10 de diciembre de 2019

Teorema fundamental de los cometas


En un mundo sin Dios, apagaría con luces quebradizas el hielo indolente de los dilemas, recogería en un ánfora torneada de una pieza las enfermizas conclusiones de las dudas y me aventuraría a enunciar, con voz prominente y arrogante, el teorema fundamental de los cometas.
En un mundo sin Dios, reemplazaría mi miedo a los cementerios por un innegociable deseo de releer los versos incrustados de los juglares. Financiaría con un surtido de equivalencias los momentos más adversos de la infancia, para contagiar de melodías a los creyentes infelices, clavados como estacas en sus altares sembrados de reclinatorios.  
Tengo razones para intuir que en ese mundo sin Dios, trabajaría en el turno de noche de una guardería para perros. Visitando los silencios que anteceden al estrépito de las jaurías. Y al salir, confirmada la madrugada en los cristales de los charcos, grabaría mi sombra en las calles empapadas de nubes, evitando los huecos y soportales que otorgan supervivencia a los mendigos.
Sería un mundo sin Dios si cualquier muchacho confundido por el reflejo opaco de su escuela, pudiera componer en días señalados villancicos negruzcos, como la nieve lenta que se escurre por las chimeneas de las fábricas. O bien, si el instrumental festivo del alma adolescente lograra aplastar para siempre la sinfonía monocolor de las cenizas.
En ese mundo, en ese que no hubiera Dios, el vacío no sería un espacio prohibido para los saltos, el corazón un lugar vetado para las balas, ni el agua oceánica un reducto clandestino para los poetas abatidos. Podría escucharse la susurrante ingenuidad de los demonios, y el infinito cabría por fin en un número concreto, preciso, calculable, no mucho mayor que el sumatorio global de todos los insectos.

domingo, 9 de junio de 2019

La serena curvatura de las rectas

Me nombraron juez de paz de una circunscripción incierta. Horizonte apacible, ríos serpenteantes y una encrucijada de estruendosos silencios.
No llevaba ni dos días y ya quedé aturdido por el bullicioso eco del paisaje, por el tenue balanceo de su nostalgia, por su observancia en adagio, de dentro a fuera, capaz de retratar en solitario un sugerente secarral sin nombres ni señales, en el que nadie había nunca reparado.
Viniendo como yo venía, del caos laberíntico del ciclón urbano, cómo no verse impresionado por la franqueza de sus luces, nacida en los ojos de sus cuevas, parcialmente atenuados por la sombra ladeada de la timidez y el ocaso.  
Era un entorno sutil pero de contundencia perceptible, de embrujo desplegado en la distancia corta, difícil de valorar sin pisar el suelo. Un ecosistema de susurro mágico, de arbustos con espíritu en su interior. De misterios aun por contar.
Como campo que era, era amplio, socorrido en superficie por un regimiento de sinónimos de la discreción y la mesura, pero bajo las piedras, se escondía una caldera en ebullición de proezas imaginadas, de términos y danzas imprevisibles e inconfesadas. Por eso no era como otros campos.
Y así es como se reafirmaron mis noches en claro, algo menos que infinitas, prolongadas en una sucesión de minutos en hilera, como hacen los caminos sin bosque. 
Será que por eso sigo aquí, seducido por la serena curvatura de las rectas, dialogando con la imaginación de los proyectos, y escondiéndolos después en el pliegue más anónimo de los secretos.

domingo, 9 de septiembre de 2018

El perro



Durante casi setenta años la casa permaneció quieta. Por fuera y por dentro. Ni la naturaleza belicosa y evangelizadora, ni los vientos pendencieros, ni los llantos de las ofuscadas lluvias quisieron ensañarse demasiado con un palacete ya de por sí frágil y quebradizo. Hasta las pandillas de niños que se acercaban a ella con terror reverencial, emanado de las historias de fantasmas que se contaban, respetaron sus ventanas, cuyos cristales, grises ya por la edad y los asedios del polvo, eran una tentación para cualquier piedra que durmiera por el suelo.
Su interior, huérfano de muebles, lámparas o espejos desde hacía décadas, presumía de la solemnidad fabril de lo decrépito, de la nobleza casi industrial que dan los muros y los techos desconchados. La escalera era tan espiritual y al tiempo mundana, que los peldaños parecían el mapa mismo de una sucesión de decepciones.
 En el sótano gobernaba la noche reincidente, incluso en los días más risueños, pues las únicas rejillas por las que en otros tiempos la luz se escurrió sin permiso de nada ni de nadie, estaban condenadas por tablones de madera negruzca, unidos a los marcos por clavos tan tenaces que parecieran haber sido arrancados de la propia cruz de Cristo.
 De la azotea poco habría que decir, salvo que tenía rotas tres de cada siete baldosas, y que las vistas que desde ella se obtenían, siendo hermosas, poca o ninguna información daban sobre el entorno, pues las copas de los árboles negaban a la vista su derecho a viajar más allá de los ejércitos del bosque.
  En setenta años nunca se vio a nadie entrar ni salir de la casa, ni se tiene noticia de que nadie pudiera haberse servido de ella como refugio pasajero. Sin embargo, por alguna razón, todo el mundo daba por seguro que en su interior vivía un perro.
 Nadie lo vio nunca, ni lo oyó ladrar, nadie podía describir de él ni su raza, ni su aspecto, ni su silueta, ni su sombra. Pero el perro viví allí y ponerlo en duda era, a los ojos de los vecinos, tan absurdo como negar la existencia misma de la casa.