domingo, 24 de mayo de 2015

Los datos


Tengo una curiosidad.

Quisiera alcanzar el testimonio que esconde el reverso de las fotografías, y comprender el sentido confundido de sus personajes. Preguntar por los pasillos y aulas de su experiencia intransferible, intuir la frecuencia con que se cierran y abren sus ventanas y puertas.

Así, un poco hipnotizados por la encantadora ingenuidad de mis demandas, me hablaron algunos de ellos –de los personajes-, obtenidos al azar de un arroyo de películas prestadas.

Me dijeron –como dato- que uno de cada diez humanos que ha conocido la Tierra desde que siendo monos bajaron de los árboles, está vivo ahora; que cada segundo cien rayos golpean el suelo por el que caminamos, y que Utopía es una provincia del planeta Marte. Pueden comprobarlo.

Tengo una curiosidad.

Necesito comprender el porqué de la anchura de los pianos, y cómo hacen para proyectar esos susurros impares en la pared. Una pared. O cualquier pared.

Entonces el mentor de los sonidos me contó –siempre como dato- que el Big Bang fue absolutamente silencioso (por mucho que lo imaginemos desplegando un apoteósico estruendo sobre la materia) y que por esa razón, las ondas huérfanas de aquel espectacular evento se reunieron más tarde para formar un ejército de complicidades y frecuencias que los más ancianos vinieron a llamar Música.

Tengo una curiosidad.

Me haría feliz comprender el secreto más oculto de los colores, de sus laberintos enlazados. El barniz cegador del amarillo incandescente, la pacífica bondad de los azules marítimos, o el irracional suministro de pasión que arroja a los espíritus frágiles el vino rojo.

Tengo una curiosidad

Que tal vez -puede (¿quién sabe?)- reúna, como una suma de las demás curiosidades, la esencia misma de mis interrogantes. Y es que alguien me explique al fin –así, digo, como dato- el verdadero significado de los eclipses.

jueves, 19 de febrero de 2015

Vida útil


El trastorno de Austin-Harper es una enfermedad rara. Muy rara en realidad. La sufre una de cada 200.000 personas. Yo sufro la enfermedad de Austin-Harper. Bueno, diría que quien más la sufre es la gente que me rodea. Yo la tengo pero, sin duda, las personas que conviven conmigo son quienes la padecen.

Los enfermos del Austin-Harper sentimos un impulso irrefrenable de manipular los objetos hasta romperlos. Encontramos un inexplicable deleite en provocar su colapso funcional, pero sin tener intención alguna de destruirlos. Simplemente inutilizarlos de algún modo.

Debe su nombre al primer paciente diagnosticado, Jason Austin, un joven canadiense nacido en 1941 y al psiquiatra que lo trató Robert L. Harper. Siendo niño, el pequeño Jason solía girar y girar los botones de la radio del salón hasta que escuchaba el “clac” característico de la rotura. Al principio, consideraron aquello travesuras propias de un niño, pero cuando se hizo mayor, su gusto por hacer lo mismo con la manecilla de los relojes o con algunos electrodomésticos, alarmó a sus padres y lo llevaron al médico. Durante la consulta, Jason deshilachó el forro de su asiento y desenroscó algunas piezas de la camilla. Preguntado por la razón de su comportamiento se limitó a contestar: no he podido resistirme. El doctor Robert L. Harper, de la Universidad de Indiana, que en aquellos años trabajaba con trastornos mentales vinculados a las autolesiones se interesó por el caso y comenzó a ocuparse de él. A día de hoy se desconocen sus causas y no existen grupos de riesgo aparentes. Estamos, en principio, repartidos por todos lados sin orden ni concierto, aunque de los países del Tercer Mundo no hay casi estadísticas. Ni siquiera se ponen de acuerdo en si se trata de un trastorno o un síndrome. Los datos son poco fiables. Su diagnóstico puede confundirse con brotes de vandalismo en determinados grupos sociales, o con el sabotaje como reacción ante ciertos estímulos represores. Aunque nosotros no mostramos agresividad ni violencia. No hay subvenciones ni especialistas de prestigio que se ocupen de este cuadro. Tampoco fundaciones ni organizaciones que financien investigaciones rigurosas. Estamos solos.

Respecto a mí, el diagnóstico fue, como en la mayoría de los casos, tardío. De niño rompía los juguetes. Pero no era significativo: todos los niños lo hacen. Recuerdo mi primera calculadora. Mientras otros compañeros de clase disfrutaban multiplicando dos números y dándole al signo = para ver cómo el resultado crecía de manera exponencial, yo encontraba un inquietante placer en presionar el lado de las teclas hasta que las sacaba de su sitio. Introducía clips o palillos por cualquier orificio que encontraba en un aparato, ya fuera un secador de pelo o un ordenador. Quitar las pilas del mando a distancia de la tele y hurgar en los puntos de conexión hasta dejarlos inoperativos era para mí algo instintivo. Actuaba antes de que la sensatez doblegara mi primera y compulsiva voluntad.

Un día –tendría yo unos doce años- vinieron unos jóvenes universitarios al colegio a promocionar el Cubo de Rubik. Nos repartieron uno cada uno. Mientras los demás manipulaban aquel cuerpo cromático, especulando con los colores y los cuadrados para completarlo, yo no pensaba más que en el modo de lograr que no pudiera girar. Apretaba con fuerza el cubo al voltear sus caras para escuchar ese ruido bendito de las piezas interiores rozándose y presionándose unas a otras, anunciando su su inminente fractura. Todo era plástico. No me fue difícil colapsar sus engranajes, como quien estrangula unos pobres intestinos indefensos. Cuando se lo devolví al chico se limitó a decir: ¿pero tú qué has hecho?, ¡te lo has cargado!. Todos rieron. Pero yo no, yo no me reí. Aquel artilugio que tan de moda se puso ese año, había dejado de interesarme en ese preciso instante.  

De los años de internamiento en el Centro Psiquiátrico Philippe Pinel tengo recuerdos dispares. Sé que al principio me trataron con medicamentos muy fuertes que me dejaban medio dormido todo el día. También me daban clomipramina. Luego vinieron las terapias de grupo con cleptómanos, ludópatas, tricotilómanos, incluso algunos pirómanos (con uno de ellos entablé cierta amistad; me dijo cosas muy interesantes sobre el fuego y su superioridad frente a los otros tres elementos, pero no es éste el momento ni el lugar de contarlas). Hablábamos y hablábamos, cada uno narraba su experiencia y nos insistían en acentuar, ante todo, nuestra empatía.

Desde que salí hace tres años mi vida está muy controlada. No puedo quedarme mucho tiempo sólo y mucho menos si hay máquinas o aparatos a mi alcance. Mi hermano suele bromear diciéndome que alguien como yo no hubiera tenido precio en la Guerra Fría. “Imagina la que hubieras liado en un silo de misiles del bloque enemigo”, repite siempre, aunque luego añade “mejor no saberlo, una máquina rota puede reaccionar de cualquier forma”.  

Me preguntan a veces si soy consciente de mi trastorno. Si cuando veo algo que pueda romper me paro a pensar en el perjuicio que causaré si lo hago. La respuesta es sí, soy consciente, pero en ocasiones me resulta imposible reprimirlo. Lo peor es que una vez que lo he estropeado, el placer que me ha reportado hacerlo desaparece y me siento vacío de nuevo. Es sólo el proceso de manipulación lo que me atrae, la búsqueda de ese ansiado instante en el que un pequeño ruido, un chasquido, o cualquier síntoma de desconexión, me informa de que ese aparato ya no podrá funcionar como es debido. ¿Quitar la vida a algo que no la tiene es tan malo?

Una vez leí que crear utilidad es uno de los estímulos más notables del ser humano y que eso nos hace sentirnos de algún modo poderosos, y también, por extensión, útiles. Me pregunto si desandar ese camino y convertir lo útil en inútil, en forzar una depreciación fatídica y fulminante, si obligar a las cosas a recuperar su estado primitivo, a esconderse en su potencia y prohibirles ser acto, no me regala igualmente a mí una cierta dosis de poder. Después de todo, soy algo así como la negación del progreso, un acelerador de la devaluación que todo cuanto existe experimenta de forma más o menos lenta, la contrafuerza al avance tecnológico que tanto enorgullece a nuestra civilización.

Por eso soy un peligro andante y entiendo que me recluyan. Que me aíslen. Que me inutilicen. Mis manos ya han roto demasiadas cosas ahí fuera. Deberían dejar que rompiera ya sólo las mías.

lunes, 19 de enero de 2015

El espíritu de las leyes


El 23 de abril de 2019, por primea vez, y contraviniendo la sacrosanta Ley de gravitación universal, una pelota lanzada por un muchacho de Spitak (Armenia), continuó su trayectoria sin caer al suelo, a un metro y medio de altura, durante varios kilómetros. La pelota en cuestión se adentró en un bosque próximo y se le perdió la pista unos veinte minutos después. La noticia salió en los periódicos locales como una curiosidad, pero a los pocos días el canal youtube mostró un video del inexplicable suceso grabado con un móvil y en menos de una hora las redes sociales estaban inundadas con lo que parecía ser un acto de brujería, o también –dijeron- un simple truco visual hecho con alguna aplicación.  

Cuatro meses más tarde, en una cafetería de Valparaíso (Chile), una mujer que merendaba con sus amigas pudo percibir cómo su café, ya servido en la taza, lejos de enfriarse lentamente hasta alcanzar su punto de equilibrio con la temperatura ambiente, se fue calentando cada vez más hasta rozar la ebullición. En aquel momento se pensó que sería por algún efecto raro de la sacarina.

Hubo que esperar dos años más para que la comunidad científica prestara a estos sucesos la atención que merecían. Era evidente que algo estaba pasando. Así, el 12 de noviembre de 2021, un niño de la escuela primaria James Madison de Naperville (Illinois), sumó dos más dos y le dio cinco. Naturalmente, al principio, el profesor entendió que se trataba de un error en el cálculo, muy habitual en niños de esa edad, pero tras repetir la operación, el resultado obtenido persistió. Revisaron la cuenta varias veces y ahí estaba, era correcto. Por primera vez en la Historia, dos y dos sumaban cinco. No había duda, la Ciencia había chocado contra algo.

Reuniones y congresos al más alto nivel se sucedieron en los meses siguientes. Físicos, químicos, matemáticos, los premios Nobel vivos y las mentes más preclaras de ambos hemisferios trataron de buscar una explicación a la avalancha de noticias que llegaban día tras día de diversos lugares del planeta, en los que la realidad parecía haberse declarado en rebeldía contra las leyes de la naturaleza. O es que, tal vez, no eran sus leyes. Eran nuestras, no suyas, leyes enunciadas por el Hombre para explicar el mundo e impuestas luego a éste sin consultarle ni pedirle parecer. Después de todo, esas leyes están basadas en la minuciosa observación de una perseverante repetición. La manzana caerá al suelo –decimos- porque ha ocurrido así una y otra y otra y otra vez desde que se tiene memoria, pero ¿acaso eso garantiza que siempre vaya a ser así? Por lo visto no, y había llegado el momento de tomar conciencia de ello.

Lo que sucedió desde entonces ya lo saben. El principio de incertidumbre de Heisenberg pasó a ser la Biblia para todo. Las ciencias exactas se fueron deshaciendo como azucarillos, dando paso al posibilismo y al relativismo más apremiantes. El universo cuántico saltó del mundo subatómico y empezó a percibirse en la vida doméstica y cotidiana. Ya nadie sabía, con seguridad, cómo iban a comportarse las cosas. El gato de Schrödinger, que plantea que dos sucesos opuestos pueden tener lugar simultáneamente, pasó a ser el más popular de los animales (mucho más que el ratón Mickey o el Correcaminos). Sobre el dichoso gato se hicieron cómics, libros juveniles, camisetas, varias películas (una de la Disney) y una serie de televisión, aunque algunos capítulos no pudieron emitirse porque la óptica de las cámaras no funcionó como se esperaba que hiciera.

Todo cambió y ya nada fue igual. Poca gente se atrevía a subir en avión ante el temor de que sus alas no acataran la ecuación de Bernoulli, los barcos naufragaban por doquier sin mostrar el más mínimo respeto hacia el principio de Arquímedes, el Binomio de Newton fallaba una de cada tres veces, los escolares hacían chuflas y coplillas satíricas con el triángulo de Pitágoras, y el teorema de Bolzano pasó a ser usado en las tertulias como gag. Cuatro años después del evento de Naperville, las Academias de la lengua procedieron a suprimir el vocablo “certeza” de sus diccionarios. Prever las cosas basándose en la experiencia fue desde entonces un ejercicio de ciencia-ficción.

Me preguntarán si desde que la naturaleza ha reivindicado su aleatoriedad y su innegociable anarquía, el Hombre ha sido más infeliz. No sabría qué decir. Supongo que nos hemos adaptado. Vivimos agazapados en espacios cercanos, nuestra movilidad es casi nula, morimos de maneras distintas, ahora los accidentes absurdos son habituales y nadie sabe si el agua del grifo saldrá hacia arriba o hacia abajo cuando nos acercamos a beberla. Hay días –por citar un ejemplo- en los que el sol no se ha molestado ni en salir.  

Respecto a mí, sigo respirando y eso basta. Mi cuerpo hará lo que considere y yo no podré impedirlo, pero así, más o menos, era –creo- también como se comportaba antes del derrocamiento de las leyes. Miro por las ventanas cada vez con menos miedo, y me pregunto si el tiempo también se habrá declarado en rebeldía. Luego me tumbo en mi cama, cierro los ojos y pienso en los sabios antiguos, cuando, reunidos ante una escogida selección de sus pupilos, decían con solemnidad ritual aquello de: “envejecer es la prueba viva del triunfo del espíritu sobre la materia”.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Silencios incómodos


Supe de la existencia de Noroh tarde, muy tarde, después de un millón de frases, de un trillón de letras, después de varios miles de comas y puntos. Más o menos. Lo descubrí en un libro viejo que no había leído (y que sigo sin leer), recostado y dormido entre dos sílabas de la palabra “Renacimiento”.

Noroh es un duende raro, solitario, medio apócrifo, poco o nada citado en los cuentos. Hay quien dice que viene del Norte, que lo trajeron los vikingos, escondido en sus relatos y ficciones, otros dicen que es un subproducto de la modernidad, emergido de los mitos incandescentes de la aldea global. Sea como sea, existe, yo lo sé. Es el duende que habita en los espacios que hay entre las palabras, ya sean escritas, habladas, o incluso pensadas. Fabrica pequeños silencios allá donde no los hay y ensancha los que ya existen. Abre sus pequeños brazos entre los sonidos o las tintas, alejando las letras y las sílabas entre sí, generando pausas de extensión variable, que cada cual usa ya como mejor considere.

Noroh me contó que en el amanecer de los tiempos, los hombres no separaban las palabras al hablar, sino que arrojaban sus discursos como un bloque único y confuso. Las ideas y los verbos se entremezclaban en un totum revolutum y sólo podían ser comprendidos con la ayuda de los gestos y las miradas. Noroh empezó entonces a introducir entre ellos los espacios y las treguas, haciendo que los pensamientos respiraran un poco, fluyendo con algo más de sentido, y así vino a nacer el lenguaje que hoy conocemos.

También me dijo que su labor no sólo se limita al lenguaje de los hombres, también se ocupa de las cosas. Me explicó, por ejemplo, que las nubes no son sino las palabras que usa el cielo para comunicarse con la tierra. Y los espacios entre ellas obedecen así a un plan perfectamente trazado, satisfaciendo un ritmo, un orden. Pues bien, él es el arquitecto de ese cambiante mural de gris y blanco que ningún humano ha sabido interpretar hasta la fecha, pero que esconde un sinfín de claves para comprender el sinuoso curso de los acontecimientos naturales.

Pero si hay algo que Noroh sabe hacer como nadie. Algo en lo que es un auténtico virtuoso, es en la fabricación de los silencios incómodos. Ésa es, sin duda alguna, su obra maestra.

Cuentan algunas leyendas que Noroh los creó para vengarse de la verborrea insufrible de los hombres, de su manifiesta incapacidad para escucharse, de la estéril superposición de vocablos gritados, de su irritante tendencia a convertir las conversaciones en jaulas de grillos. Noroh se situó entonces en el hueco de algunas palabras, y extendió sus brazos con fuerza hasta que las alejó tanto que se desconectaron unas de las otras. Tanto, que hicieron innecesaria su continuidad, naciendo así esa absurda y violenta extensión vacía que los seres humanos no aciertan a administrar y que llamamos genéricamente “silencios incómodos”.

Desde entonces, el habla enfermó de estas inexplicables ranuras, de estas grietas por las que se cuela el frío de la indiferencia y que tanto pueden arruinar conversaciones como debates, incluso –por qué no- amistades de baja intensidad.

Todo esto me contó Noroh hace tiempo, el duende que siembra de diminutos silencios nuestras voces. Me lo contó justo antes de cerrar el libro viejo en el que lo descubrí, y que, pasando los años y los días, sigo sin haber leído.

 

domingo, 30 de noviembre de 2014

Unos minutos más...


La fortuna de Tomás Gaviria no fue fruto de un premio de la lotería, ni de un golpe de suerte en la ruleta, tampoco fue el resultado de realizar inversiones empresariales exitosas; el Sr. Gaviria no fue comisionista, ni trader, ni bonista, tampoco un especulador monetario ni un intuitivo accionista de riesgo.
Su riqueza la amasó con un reloj. Se trataba de un negocio infalible, por cuanto apuntaba directamente a uno de los puntos más frágiles de la debilidad humana: el sueño. El Sr. Gaviria se situaba junto a la cama de los hombres y mujeres en el instante mismo en que sonaban sus despertadores por la mañana. Y cuando estos empezaban a zumbar, vibrar, o emitir los sonidos que desgarran el descanso como un serrucho, el Sr. Gaviria se acercaba a su oído y susurraba: te vendo unos minutos más de sueño. La confusión inicial de los dormilones era pronto reemplazada por la tentación y de inmediato pedían precio. Dos euros por quince minutos, tres euros media hora, cinco euros una hora, decía el Sr. Gaviria muy bajito. A nadie le parecían tarifas elevadas la primera vez. Era poco más que el precio de un café, y a cambio, el tiempo se detenía y el sueño podía volver a envolver sus cuerpos y sus almas sin miedo a llegar tarde al trabajo. Nueve de cada diez madrugadores aceptaban el trato de inmediato y adquirían sus minutos para el sueño, muchos de ellos compraban más agotado ese tiempo. Deme más, unos minutos más, decían, considerando el dinero bien invertido. El Sr. Gaviria detenía el tiempo con su reloj y los infelices se zambullían de nuevo bajo sus edredones, hundiendo una sonrisa de placer en la almohada todavía deformada y saboreando esos impagables segundos de risueña semiconsciencia. Por alguna razón, en invierno la demanda se disparaba (el calor y el sueño se hermanan tan bien…). Tomas Gaviria se sentía como una especie de duende bueno, capaz de convertir, por un módico precio, momentos odiosos como los lunes a las 7:00, en un sucedáneo matinal del domingo, aunque finalmente hubiera que levantarse e ir a trabajar.  
El producto era naturalmente adictivo y quien lo probaba una vez quería repetir al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente... Multiplicando así un ingreso medio de diez euros por persona y día, por un número creciente de individuos en un segmento de mercado casi infinito, entenderemos ahora la inmensa fortuna que nuestro hombre, con su reloj capaz detener el tiempo en las fronteras del alba, pudo amasar en el transcurso de apenas dos años.
 
Un día, el Sr. Gaviria se encontró con un hombre que le preguntó: además del tiempo, ¿vende también sueño? ¿O el sueño debe ponerlo siempre el cliente? El instinto emprendedor de Gaviria actúo de inmediato y, casi improvisando, le dijo: bueno, por qué no, por un pequeño recargo puedo ofrecerle el tiempo que me pida con el sueño necesario para llenarlo. Y así, aquel hombre le empezó a comprar tiempo y sueño. Cada día un poco más. Deme más sueño –le pedía-, déjeme dormir más, y más. Sus necesidades parecían idénticas a las del resto, a diferencia de que éste no sonreía al regresar a su almohada. Sus ojos cerrándose tenían más que ver con la huida que con el descanso. Gastó más dinero que ningún otro, y el Sr. Gaviria le suministraba horas y sueño a demanda.
Un día le dijo: démelo todo, aquí tiene mi dinero, mis bienes y mis activos, pero permítame dormir para siempre. El vendedor de tiempo y sueño se lo dio y allí lo dejó, durmiendo. Cuando cerró la puerta sabía que había perdido a su mejor cliente, no despertaría más y no tendría más que venderle. Una semana después regresó a su casa. Allí seguía aquel hombre, en la misma posición en que lo había dejado. Inmóvil y sin sonrisa. Amortizado. Ya no dormía. El vendedor lo miró durante unos instantes y luego apagó su reloj.
Entonces Tomás Gaviria repartió su fortuna entre su cartera de clientes y cerró el negocio. Guardó el reloj que detenía el tiempo en una caja y se retiró a un pequeño pueblo de la costa lusitana. Allí vende relojes a los turistas bronceados, relojes normales. De esos que dan la hora y poco más. Algunos tienen despertador. Gana unos 1300 euros al mes. Suficiente para él. Se levanta a las ocho de la mañana. Y duerme moderadamente bien.
 

domingo, 7 de septiembre de 2014

Cerca de mi casa

             Las cosas que ocurren cerca de mi casa dejan con frecuencia un eco blanco en las fachadas de mis libros. Son –la mayoría- sucesos breves, diminutos, como un soplo, pero llegan, no sé cómo, al borde mismo de las estanterías, trepan, escalan y rozan las portadas de las novelas en rústica y los cantos curvos de las enciclopedias.

            Las cosas que ocurren cerca de mi casa no dejan de asombrarme a veces –aunque no siempre-. En ocasiones son eventos mínimos, exiguos, incluso rumores, frases dichas al oído, o gestos que un hombre inventa al salir de un bar o al cruzar la calle por donde no debe. Otro lo ve, y lo comprende –o eso cree- y actúa en consecuencia con complicidad pactada. Y eso cambia un poco sus planes, altera su itinerario habitual, y, sin quererlo, afecta a otras personas que se ven empujadas a cambiar un poco el suyo. Son como las ondas del agua en un estanque, cada vez más tenues.

            Me pregunto en ocasiones cómo de cerca de mi casa deben ocurrir esas cosas para que me alcancen y me impacten. O si esas cosas pueden -o no- viajar en metro, o subir a un autobús, si pueden, como un virus, ser huésped de un hombre, una mujer, o un niño –quién sabe si un perro o un gato- y trasladarse en –o con-  ellos sin informar lo más mínimo de su propósito al anfitrión. También me pregunto sobre cómo de importantes deben ser para que su efecto me perturbe. O si algo que no sea relevante para alguien –a, por ejemplo, tres manzanas de mi casa-, puede serlo sin embargo para mí, transcurridos los tiempos y espacios oportunos.

            Las cosas que ocurren cerca de mi casa son, por todo eso, de evaluación confusa. En especial los días que, sin emitir ruido alguno, aparecen como el aire por mi calle y aguardan silenciosas en mi puerta, sin llamar. Y soy yo, al ver sus rostros desiguales, quien decido si entran en mi vida, o se van para siempre.  

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, me he visto acosado por una nueva especie de tumultos, de mucha mayor intensidad, que amenazan y golpean los cristales con una agitación inédita en el barrio.

            Es por eso –creo yo- que se trata de cosas que suceden cerca de otras casas (no tan cerca, o no tan lejos), pero que, por razones sobre las que aún debo meditar, emiten proyectiles contra mis posiciones poco defendidas, y abren grietas y hunden cráteres oscuros…muy cerca de mi casa.
 

domingo, 15 de diciembre de 2013

La niña de la curva

         A la niña Albita le pusieron ese mote porque era delgadita y pálida como si al despertarse, un duende malo le sacara un litro de sangre todas las mañanas. La niña Albita no era callada, era silenciosa; mucho más frágil que débil; y más que tímida, era invisible. Ojos claros y un poco saltones que nunca miraban al frente, como si el sentido de su vida lo esperara encontrar enredado en algo que se le hubiera caído por el suelo. El pelo liso, y tan negro que pareciera pintado en los pozos profundos en los que nace la noche.
Escuchar, escuchaba, pero hablar, lo que se dice hablar, hablaba muy poco: hola, adiós, hace frío, me duelen los brazos, hoy no iré a jugar... Andando los años, su rostro fue escondiéndose del mundo, ayudado por su pelo negro que hacía como de telón cerrándose al término de una función teatral sin aplausos.
Las leyendas y mitos terroríficos que asolaban las imaginaciones de los adolescentes hicieron rápidamente un hueco a la niña Albita. Era perfecta. Todo cuadraba. Cuando alguien contaba la historia de la niña de la curva, todos pensaban en ella. Todos la imaginaban así, tal cual era, como un espectro blanquecino, apareciéndose en el giro de la carretera donde una noche sin fecha ni año conocidos, alguien muy malo la atropelló y se dio a la fuga. Y desde entonces pasó a ser la niña de la curva, un espíritu prisionero del olvido que aterroriza con su sola presencia a los viajeros.
Al principio, para no herirla, la llamaban así cuando no estaba delante, pero poco a poco, al intuir que le era indiferente, empezaron a usar el mote en su presencia. Y ella callaba.
La historia de la niña Albita podría haber sido una de esas historias de venganza. Como en esas películas de terror, en las que el ser vulnerable y machacado, el apestado, el marginado, obtiene finalmente su compensación infligiendo dolor y tormento a quienes lo hicieron objeto de sus burlas. Pero no, ésta historia no es así. La niña Albita –la niña de la curva, como la llamaban- vivió al margen de todo, en su refugio de silencio negro y cristal blanco, hasta que se fue. Pasó por el instituto como un ave que se nos cruza camino del bosque, y después desapareció. Con el tiempo, sus antiguos compañeros, hoy casados, con hijos, uno contable, otra peluquera, dos en paro, otro enfermero, otra esposa y madre ejemplar, otro monitor de tiempo libre... cuando se reúnen una vez (más o menos) cada uno o dos años, tras la puesta al día pertinente (salud, familia, novedades significativas), se agarran a sus recuerdos escolares para contar y recontar cien veces las mismas anécdotas, y siempre hay alguno –no falla- que pregunta: ¿oye, y sabéis qué fue de la niña de la curva?, ¿cómo era que se llamaba...?, ¿Ana... o Alba, creo, no?... sí, Alba, Albita se llamaba. Y todos hacen el mismo gesto de no saber nada. Simplemente desapareció. Y es en ese momento cuando recuerdan entre risas varias de sus historias, la describen, cada vez más caricaturizada y más terrorífica, y la sitúan en algún episodio tronchante en el patio, en el pasillo, o en la clase de Roberto, el profe de Física, al que le llamaban el Joker, porque siempre se estaba como riendo y nadie sabía de qué.
Pero cada año, cuando eso ocurre y recuerdan a la niña de la curva – a la niña Albita-, sus risas van apagándose antes, y una cierta vergüenza interior asoma por algún sitio y dejan de hablar de ella. De un tiempo a esta parte, siempre hay alguno que termina diciendo algo así como “la verdad es que nos pasábamos un montón” y cada vez son más los que responden que sí, que lo que hicieron no estuvo bien. Por alguna razón, a todos les gustaría saber qué fue de ella pero se le perdió el rastro.
Han pasado casi cuarenta años desde que dejaron el instituto y el ritual de cenas y cañas por los viejos tiempos se mantiene. Ahora, uno de los que estaba en paro trabaja en Jazztel, la peluquera se separó y el monitor de tiempo libre tuvo que operarse de la espalda, hay más fotos de hijos que enseñar, algunos bebés, otros de ocho o diez, y algunos ya más mayores. “¡Cómo ha crecido!”, “mira qué rico!”, “es igualito que tú”, etc. Y el que es contable ha sacado una tablet y ha enseñado sus fotos de familia, fotos del verano en Mallorca. Su mujer, su hijo pequeño Daniel, de nueve años, y su hija Clara de trece, que es muy blanquita de piel, y morena de pelo, y muy delgada, con los claros ojos un poco saltones, y de semblante algo triste, frágil... Todos la miran. “¡Qué mayor está ya!”, “Dentro de nada a la universidad”. Y el contable, tan orgulloso, guarda su tablet, y beben, comen y charlan como siempre. Pero ya nadie ha peguntado más por la niña de la curva.