domingo, 15 de diciembre de 2013

La niña de la curva

         A la niña Albita le pusieron ese mote porque era delgadita y pálida como si al despertarse, un duende malo le sacara un litro de sangre todas las mañanas. La niña Albita no era callada, era silenciosa; mucho más frágil que débil; y más que tímida, era invisible. Ojos claros y un poco saltones que nunca miraban al frente, como si el sentido de su vida lo esperara encontrar enredado en algo que se le hubiera caído por el suelo. El pelo liso, y tan negro que pareciera pintado en los pozos profundos en los que nace la noche.
Escuchar, escuchaba, pero hablar, lo que se dice hablar, hablaba muy poco: hola, adiós, hace frío, me duelen los brazos, hoy no iré a jugar... Andando los años, su rostro fue escondiéndose del mundo, ayudado por su pelo negro que hacía como de telón cerrándose al término de una función teatral sin aplausos.
Las leyendas y mitos terroríficos que asolaban las imaginaciones de los adolescentes hicieron rápidamente un hueco a la niña Albita. Era perfecta. Todo cuadraba. Cuando alguien contaba la historia de la niña de la curva, todos pensaban en ella. Todos la imaginaban así, tal cual era, como un espectro blanquecino, apareciéndose en el giro de la carretera donde una noche sin fecha ni año conocidos, alguien muy malo la atropelló y se dio a la fuga. Y desde entonces pasó a ser la niña de la curva, un espíritu prisionero del olvido que aterroriza con su sola presencia a los viajeros.
Al principio, para no herirla, la llamaban así cuando no estaba delante, pero poco a poco, al intuir que le era indiferente, empezaron a usar el mote en su presencia. Y ella callaba.
La historia de la niña Albita podría haber sido una de esas historias de venganza. Como en esas películas de terror, en las que el ser vulnerable y machacado, el apestado, el marginado, obtiene finalmente su compensación infligiendo dolor y tormento a quienes lo hicieron objeto de sus burlas. Pero no, ésta historia no es así. La niña Albita –la niña de la curva, como la llamaban- vivió al margen de todo, en su refugio de silencio negro y cristal blanco, hasta que se fue. Pasó por el instituto como un ave que se nos cruza camino del bosque, y después desapareció. Con el tiempo, sus antiguos compañeros, hoy casados, con hijos, uno contable, otra peluquera, dos en paro, otro enfermero, otra esposa y madre ejemplar, otro monitor de tiempo libre... cuando se reúnen una vez (más o menos) cada uno o dos años, tras la puesta al día pertinente (salud, familia, novedades significativas), se agarran a sus recuerdos escolares para contar y recontar cien veces las mismas anécdotas, y siempre hay alguno –no falla- que pregunta: ¿oye, y sabéis qué fue de la niña de la curva?, ¿cómo era que se llamaba...?, ¿Ana... o Alba, creo, no?... sí, Alba, Albita se llamaba. Y todos hacen el mismo gesto de no saber nada. Simplemente desapareció. Y es en ese momento cuando recuerdan entre risas varias de sus historias, la describen, cada vez más caricaturizada y más terrorífica, y la sitúan en algún episodio tronchante en el patio, en el pasillo, o en la clase de Roberto, el profe de Física, al que le llamaban el Joker, porque siempre se estaba como riendo y nadie sabía de qué.
Pero cada año, cuando eso ocurre y recuerdan a la niña de la curva – a la niña Albita-, sus risas van apagándose antes, y una cierta vergüenza interior asoma por algún sitio y dejan de hablar de ella. De un tiempo a esta parte, siempre hay alguno que termina diciendo algo así como “la verdad es que nos pasábamos un montón” y cada vez son más los que responden que sí, que lo que hicieron no estuvo bien. Por alguna razón, a todos les gustaría saber qué fue de ella pero se le perdió el rastro.
Han pasado casi cuarenta años desde que dejaron el instituto y el ritual de cenas y cañas por los viejos tiempos se mantiene. Ahora, uno de los que estaba en paro trabaja en Jazztel, la peluquera se separó y el monitor de tiempo libre tuvo que operarse de la espalda, hay más fotos de hijos que enseñar, algunos bebés, otros de ocho o diez, y algunos ya más mayores. “¡Cómo ha crecido!”, “mira qué rico!”, “es igualito que tú”, etc. Y el que es contable ha sacado una tablet y ha enseñado sus fotos de familia, fotos del verano en Mallorca. Su mujer, su hijo pequeño Daniel, de nueve años, y su hija Clara de trece, que es muy blanquita de piel, y morena de pelo, y muy delgada, con los claros ojos un poco saltones, y de semblante algo triste, frágil... Todos la miran. “¡Qué mayor está ya!”, “Dentro de nada a la universidad”. Y el contable, tan orgulloso, guarda su tablet, y beben, comen y charlan como siempre. Pero ya nadie ha peguntado más por la niña de la curva. 

domingo, 17 de febrero de 2013

Sueños

            Es extraño. Desde hace algunas semanas tengo sueños que no me pertenecen. Me refiero a sueños de dormir, no sueños de soñar. Cierto que los sueños son siempre extravagantes, y mezclan personas y situaciones de nuestra vida que no están relacionadas, pero lo que a mí me ocurre es que no reconozco a nadie que aparece en ellos. Tampoco los lugares. Ni remotamente. Empiezo a pensar que estoy soñando los sueños de otra persona.
            Es todo muy raro. Desde hace algunas semanas mis gustos y aficiones están cambiando de manera precipitada. Mi interés por el ajedrez ha decaído y no me apetece escuchar a Keith Jarrett, a quien adoro –o adoraba-. Sin embargo, me sorprendo deteniéndome frente a tiendas de mascotas, a las que siempre he ignorado, y en las librerías, una fuerza interior me empuja a ojear libros de viajes por Asia y lugares exóticos, en vez de las novelas americanas que ahora me seducen con impulso decreciente.  
            Estoy realmente confuso. En las últimas semanas me ha dado por vestirme y peinarme de manera distinta, por cambiar de lugar los objetos de mi casa: el sofá, la mesa y un par de cuadros a los que cada vez encuentro menos sugerentes. Me apetece comer más vegetariano, y desayuno té en vez de café. El vino me da ahora dolor de cabeza, y, para mi asombro, empieza a interesarme la tónica y la fanta de limón. Sufro menos cuando pierde el Madrid y me está dando por escuchar M80. Es de locos.
            Hace unos días, un joven me abordó por la calle y se me puso a hablar como si me conociera desde la infancia. Nunca antes lo había visto y no comprendí ni una palabra de lo que me decía, pero él no dejó de contarme su vida –y un poco la mía- con absoluta complicidad. Hasta me palmeó el hombro mientras se refería al lugar en que me compré mi abrigo, un día que –según explicó- íbamos juntos camino de la casa de una tal Guadalupe. No acertó en nada –creo yo-. Pero me limité a asentir a todo –por educación- y al poco rato se despidió: “hasta otra, Arturo”, me dijo. Pero yo no me llamo así.
            Mi vida ha pasado a ser una obra surrealista. Mis ambiciones cambiaron, y no sé cómo ni por qué. Busco otras cosas. Mi trabajo me aburre y mis proyectos son nuevos. Mis sueños están viviendo una revolución. Me refiero ya a los sueños de soñar, no a los de dormir. Estoy viviendo un proceso de transformación hacia otra persona de la que apenas sé nada. Pero siento que si me opongo, estaría traicionando un plan trazado que ya es imposible alterar.
            Hoy por la mañana me sonó el móvil. ¡Arturo! – me dijo una voz. No sabía quién era pero, por alguna razón, su tono me resultaba cercano. Me preguntó si se mantenía en pié lo de ir la fiesta de esta noche. Lo pasaremos bien, ¿quedamos donde siempre?- me preguntó. Bueno... no sé... donde siempre no me viene bien –improvisé-... mejor quedemos en la Puerta del Reloj, junto al metro –me lancé a sugerir a riesgo de decir un disparate-. La voz del otro lado del teléfono estalló en risas: ¡claro! ¡donde siempre entonces!. ¿A las ocho, ok?. Sí, a las ocho nos vemos.
            Estoy preparándome para la fiesta (una fiesta), pero no sé qué fiesta. Estoy frente al espejo. Me miro atentamente. Soy yo, creo. Aunque me veo distinto. Tal vez sea el pelo, o la barba incipiente que no me animo a quitarme desde hace días por sentirla cada vez más propia. He dicho varias veces mi nombre en alto. Mi nombre. Soy yo. Pero en realidad el nombre de Arturo no me suena menos familiar. Me pregunto si a estas alturas seguiré teniendo el mismo apellido.
            No me importa empezar una nueva vida. No tiene porqué ser peor que la actual, la original –de la que cada vez me siento más lejos-. Probemos. Lo que nunca imaginé es que todo empezaría por los sueños. Me refiero ahora a los sueños que se tienen cuando se está durmiendo, no a los sueños que se tienen cuando se está soñando. 

domingo, 25 de noviembre de 2012

Camino de Jartum

Yo he visto nacer al Nilo. Vi cómo se asomaba al mundo como el brazo de un gigante saliendo del vientre de su madre, saludaba al cielo desde los míticos glaciares de Ruwenzori, y se dejaba caer 4.000 metros por laderas y páramos hasta arrojarse como un loco al lago Victoria. 
He visto sus aguas galopantes formar cataratas estruendosas, salpicar de ruido selvas tropicales y bendecir después los campos como si fueran sus hijos.
He observado los pliegues adormecidos de esta tierra, a la que llaman de las mil colinas, curvando la vista y el oído del viajero asombrado.
He visto así dar a la Naturaleza una de sus más espectaculares muestras de poder: la creación continua y perpetua de vida.
Y entonces llegó 1994. Aquel maldito año en que el demonio mismo ascendió por las grietas del suelo y poseyó a los hombres durante cien días.
Yo he visto fabricar el infierno a orillas del río Kagera. He visto abarrotar sus aguas de cuerpos desmembrados, y mezclar la sangre roja con el agua dulce, como en una siniestra pócima.
He visto a madres suplicar que disparasen al corazón de sus hijos para eludir así el tormento del ensañamiento... y no conseguirlo. He oído a las emisoras hablar de la aniquilación total como un proyecto de Dios. El Dios del cristianismo.
He visto a turbas de adolescentes dejar el fusil y elegir el machete, avanzar como la noche sobre los gritos sin distinción de edad, silenciando unos y desgarrando aún más los otros.
En mi identificación ponía “prensa”, pero casi nadie me dio el alto ni me pidió pasaporte alguno al entrar en las ciudades y aldeas. En la solapa de mi libro dice que fui corresponsal de guerra durante el genocidio de Ruanda. Pero yo no fui nada. Porque la información que envié no ayudó a evitar ni una sola muerte.
No volveré a dormir. El agua me sabe a sangre.
He vuelto a África central dieciocho años después porque una vez vi llorar al Nilo, lo vi llorar a su paso por la tierra de las mil colinas. Lo vi llevar, sin él quererlo, cientos de cadáveres al lago Victoria y arrojarlos allí. Quiero verlo nacer otra vez.
En el aeropuerto de Kigali, un policía me preguntó el motivo de mi viaje. Ya no tengo ninguna identificación de prensa. Le dije vengo a asistir a un nacimiento. Acogió la respuesta con indiferencia, me devolvió el pasaporte mirando ya al siguiente de la fila y me dejó pasar.
Ascenderé hasta las cimas de Ruwenzori, en Uganda, saludaré al cielo desde sus glaciares y beberé en las aguas blancas del joven Nilo, que seguirá su curso camino de Jartum, camino luego de El Cairo de los faraones, y camino, por último, del mar que me vio nacer a mí.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Amarillo oscuro

En los años 60 se hizo una película sobre mi vida. Cierto que la cinta nunca llegó a estrenarse en salas comerciales, pero sí se hizo un pase, privado, para productores, artistas y algunos medios. Yo no pude asistir, naturalmente, porque no había nacido. El film era una especie de thriller sin apenas efectos especiales, una road-movie con toques de comedia clásica. Y, aunque llegando al clímax apuntaba al melodrama romántico, terminaba mal, porque la chica se iba y el chico se quedaba solo, sobre un fundido en negro.
En los años 70 se hizo una obra de teatro sobre mi vida. Nunca se presentó en Broadway, pero fue leída por algunos críticos –al menos uno-, y se hicieron ensayos para una representación escolar que nunca tuvo lugar. Yo no la vi, ni la leí tampoco (era tan pequeño...) Pero, según me contaron, era más bien una tragedia con elementos de enredo e ingredientes satíricos, un par de largos monólogos y un trasfondo onírico que hacía su segundo acto un poco incomprensible. Hay quien podría pensar que se trataba más bien de una farsa. El final era simbólico, con la escena casi vacía, y el telón cayendo sobre un pequeño butacón frente a un espejo. Es lo que me contaron.
En los años 80 un cantautor compuso una canción sobre mi vida. No se llegó a grabar, pero pudo escucharse, de pasada, en ciertos bares, haciéndose un hueco entre algunos éxitos del momento. Una especie de interludio para que el público pida otra copa. Tenía un estribillo breve y seis estrofas. La tercera y la quinta rimaban mal. Una melodía simple, en tono menor, con acordes de séptima y un punteo en el medio. Compás binario. Su final era abrupto, no en fade-out como en la cara A de los singles. Terminaba sin más, después de repetir seis veces el estribillo –seis, sí-, que no era del todo pegadizo.
En los años 90 se escribió una novela sobre mi vida. No se publicó jamás, pero un editor anotó a lápiz palabras en los márgenes del manuscrito antes de devolverlo: trama endeble, final previsible, secundarios sin alma, acotaciones confusas, ¿por qué ella se comporta así?... No era muy larga, pero se reescribió pensando en una edición en rústica. Tampoco. No la leí. Entonces yo estaba a otras cosas, las cosas de mi vida, las cosas, supongo, que se contaban en la novela.
Hace unos años se pintó un cuadro sobre mi vida. Era un collage, con los bordes quemados y texturas arrasadas por los contrastes: tela, madera, pegotes y manchas, pequeñas chapas de latón atornilladas. Tenía vocación figurativa pero sólo como sugerencia leve, y, por alguna razón, tras los azules y verdes, se escondía un indescriptible e inquietante amarillo oscuro. No se exhibió en galería alguna, ningún catálogo, ninguna exposición en ningún centro de cultura municipal. Pero me han dicho que un niño lo fotografío con el móvil y lo subió a su Facebook.
Estoy tratando de encontrarlo, pero no sé qué poner en el buscador. Escribo mi nombre, con su tilde y todo, pero sólo aparecen referencias de un futbolista famoso.

viernes, 5 de octubre de 2012

Antes de las cosas

            Antes de las cosas yo era un hombre tranquilo, uno de esos tipos de hablar pausado y sueños asequibles. Una ecuación de soluciones reales, todas pares y sin decimal alguno, de remedios inmediatos, y fácil de querer (aunque sea un poco)  
            Antes de las cosas construía sólo un llanto por cada cien risas, cantaba los lunes y rezaba en el sábado, sumaba mucho, restaba un poco y las cuentas salían. Respiraba diez veces al morir la aurora, vigilaba los relojes con el paso del verano y caminaba despacito, pegado a los muros -como me enseñaron-, por miedo a los vientos y a sus voces de lluvia.
            Antes de las cosas construía mis casas de ladrillo rojizo, de cemento y de piedra, para que el lobo se aburriera de soplar y soplar, sin mover un átomo de mis cristales, ni sembrar el pánico entre las líneas más anchas de mis fronteras.
            Antes de las cosas, paseaba y pensaba, leía libros sin las hojas gastadas, terminaba los cuadernos sin la espiral doblada, usaba lápiz y goma, y sin el menor esfuerzo, recibía los honores del trabajo bien hecho al practicar cada mañana el sublime arte de la caligrafía.
            Antes de las cosas mis listas se exponían en columnas, mis filas horizontes, mis horarios respetables, mis contraseñas de tres cifras, todas mis palabras eran la envidia de cualquier anfitrión. Cortesía, precaución, reverencia, y en la letra “F”, el vocablo “fantasía” estaba escrito con minúscula.
Antes de las cosas, mis gastos nunca superaban mis ingresos, jamás repetía postre, me gustaba el pan casi más que el chocolate y ninguno de los cien pájaros volando suscitaba mi interés.
            Pero entonces sobrevino el vendaval. Y sucedieron las cosas. Llegaron sin yo avisarlas. No sé si vinieron de a poco o todas de golpe, siguiendo un orden prescrito o como les dio la gana. Sólo sé que llegaron como Atila, empujaron la madera de mis postes y torcieron el suelo, igual que hace el agua cuando se venga del frío, cinco o seis veces al año.
            Así es como se aceleró el pulso. Nervioso, hipertenso, hiperactivo. Desquiciado. La cuadrícula huyó del orden y el insomnio avanzó sobre la noche. Reduje, sin yo quererlo, el espacio entre palabras. Muchos de mis dilemas ya no vieron solución, pero entre el ruido y las cuchillas vi latir otras caras de la vida, imperfectas, lanzando al precipicio las fichas numeradas de mi transcurso anterior. Cuando era un hombre tranquilo, antes de las cosas. 

martes, 4 de septiembre de 2012

Ser o estar

Esta mañana me ha atropellado un coche, y si no he entendido mal –cosa que puede suceder: en esa situación mi nivel de atención no es el más fiable- ingresé ya cadáver en el hospital, a pesar de que en la ambulancia trataron inútilmente de reanimarme.
            Es extraño, porque yo no siento que esté muerto, soy perfectamente consciente de la realidad que me circunda, pero si los médicos así lo han entendido, debe ser que sí, que estoy muerto. Yo confío mucho en los médicos. Recuerdo con nitidez el momento del golpe, en el que el coche lanzó mi cuerpo a varios metros de distancia. Debía venir muy rápido y no me vio. Otra explicación no cabe, yo no tengo enemigos. Pienso que cuando el conductor quiso darse cuenta ya me tenía encima y no le dio tiempo a frenar. Ha sido un accidente, todos los días ocurren accidentes. Recuerdo también el modo antinatural de caer al suelo, como un muñeco de trapo arrojado al azar, y cómo del impacto, varios de mis órganos se colapsaron. Mi corazón, desde luego, dejó de latir en ese instante y varias de mis costillas se quebraron hacia dentro. De los siguientes minutos tengo una imagen vaga y confusa, con voces a mi alrededor y sirenas acercándose. Ya en la ambulancia sentí que todos actuaban con una gran profesionalidad, como siguiendo de memoria un protocolo cien veces repetido. Pero, como dije antes, no valió de nada y debió ser en ese momento, camino del hospital, cuando determinaron que era imposible salvarme.
            Hace un rato han llegado mis hermanos, también mi mujer. Intuyo que mis padres no vendrán ahora. Algo me hace suponer que, de momento, no les han dicho la verdad (creo que lo llaman mentira piadosa). El médico les ha contado cómo ha sido todo y ellos se han echado a llorar. A mi hermano Carlos le ha tocado bajar a identificarme. Lo siento por él, es bastante aprensivo y odia los hospitales pero ha asumido con responsabilidad su papel de hermano mayor. Por suerte, mi rostro no ha quedado muy desfigurado y ha sido todo muy rápido. Mi mujer, la pobre, está arriba, con un ataque de ansiedad. Me gustaría ayudarla, pero no sé muy bien cómo podría hacerlo. Luego, un señor muy serio, con traje y corbata oscuros, les ha pasado a una sala y les ha estado explicando cosas de papeleo, los trámites que deben hacer, también les ha dicho que cuando una muerte se produce por un accidente de este tipo, los seguros deben investigar y todo se complica un poco. Supongo que al no haber sido culpa mía, alguien deberá pagar a mi familia una cantidad de dinero, una especie de indemnización (creo que se llama así). Ahora me pregunto cuánto vale mi vida a los ojos de un seguro. Es algo que nunca me había planteado. Finalmente, todo se resume en un número, un coste, una cifra contable. Lo curioso es que todo lo que uno ha hecho, bueno o malo, no se verá reflejado en esa cantidad. Aplicarán con frialdad los valores de unas tablas prefijadas y en paz. ¿Quién sabe? Tal vez la cantidad que me asignen esté por encima de mi valor real. Las aseguradoras también pueden equivocarse.  
            Para hacer tiempo he estado paseando por el hospital. Mi naturaleza espectral me ha permitido entrar por primera vez a lugares sólo permitidos al personal sanitario. Son esos lugares separados por puertas gemelas, sin tiradores, que se abren a la par pero retoman su posición aleteando ligeramente desparejas, como en las grandes cocinas, pero empujadas aquí por camillas y no por camareros llevando fuentes y soperas humeantes. Esas puertas que cuando uno va de visita, mira y se pregunta qué estará sucediendo al otro lado, si la vida estará ganando o perdiendo. He visitado varios quirófanos, algunos en pleno funcionamiento. Me ha llamado la atención que durante las operaciones no se para de hablar, de cualquier tema (no sé porqué, pero siempre imaginé que una operación era un ceremonial gobernado por un inquebrantable silencio). He pasado también a algunas consultas, la mayoría rutinarias: siga con la medicación y nos vemos en seis meses, trate de no hacer esfuerzos y beba mucha agua, si no le baja la inflamación en una semana venga otra vez, etc. Pero en una de ellas el médico usaba un tono mucho más grave: el tratamiento no está respondiendo como debería, es el momento de sopesar el avance de su enfermedad, le decía a una señora que no tendría los cincuenta. Ella estaba serena, mientras el marido le apretaba la mano con los ojos humedecidos de impotencia.
            Pero lo que más me ha conmovido han sido las salas de espera. Es curioso, entrar en ellas no ha sido un privilegio de mi actual estado -todos hemos pasado antes por alguna-, pero cuando eso ocurría nuestra dolencia acaparaba toda –o casi toda- nuestra atención. Hoy, por primera vez, liberado para siempre de cualquier sombra de enfermedad, he podido observar, simplemente observar, las mil caras de la incertidumbre, las mil formas que los seres humanos tienen de esconder ante sus semejantes el rostro ingobernable de la angustia.
            Al atardecer he salido a la calle, mientras mi cuerpo seguía inmóvil en uno de los sótanos, cubierto por una sábana, esperando pasar no sé muy bien por cuántas manos, hasta que en unos días un horno a novecientos grados lo reduzca todo a un polvo espeso y gris, no muy distinto del que encontramos en el tejado de los muebles o en el canto de los libros que ya no leemos.
En seguida pude reconocer, sentados en las cornisas de las casas, a otros muertos que, como yo, miraban el cauce de las cosas sin posibilidad alguna de alterarlo.
            ¿Y qué hacemos ahora?, pregunté a uno de mi misma edad
            Esperar
            ¿Esperar? ¿a qué? ¿cuál es exactamente nuestra situación?
            No tengas prisa, las respuestas a tus preguntas irán llegando poco a poco
            Contéstame al menos a la más urgente
Tú dirás
¿Existe Dios?
            Sí, claro que existe
            …¿Y dónde está?
            ¿Estar? No, verás. Dios existe, sí. Pero me temo que no está

sábado, 18 de agosto de 2012

Mi vida desde el aire

Desde hace algunas semanas un pájaro de enormes dimensiones me persigue con intención de atacarme. Haciendo memoria, creo que se trata del mismo pájaro que lleva siguiéndome desde que tenía seis o siete años, tal vez desde antes (no puedo recordarlo). El tamaño de sus alas es tal que con ellas podría abrigar una estatua de cera; sus ojos son profundos y rojos como pozos de sangre, y el color de sus plumas tiene mucho más que ver con el negro que las noches sin luna. Intuyo que su deseo más perseverante es apresarme, hundiendo sus garras en mis hombros hasta inmovilizar mi cuerpo por completo. Por alguna razón, creo que una vez en el suelo, no tardaría en vaciarme las cuencas de los ojos con su pico de ave de presa para condenarme a la oscuridad eterna, pintando así mi realidad del mismo color que su plumaje espeso. Mi imaginación no alcanza a averiguar si después de eso me dejaría vivir en las tinieblas, alejándose de mí y desapareciendo para siempre, o quebraría alguno de mis órganos indispensables para acelerar sin remisión mi tránsito al cadalso.
Lo mismo da, su sola presencia constituye la mayor amenaza a la que me he visto expuesto desde que tengo memoria.
Denuncié el caso, pero en la Policía pareció no impresionarles mucho mi historia. Ninguna ley prohíbe que un pájaro siga a una persona, me dijeron. No es un perro o un gato, con un dueño al que culpar, me recordaron sin conmoverse lo más mínimo.
Tampoco mis vecinos parecen dar importancia al hecho de que un ave descomunal que pareciera salida de un cuento de héroes y dragones, sondee las alturas del barrio, desplegando su sombra puntiaguda sobre los toldos y los columpios donde sus hijos juegan y evolucionan sin mirar ni una sola vez al cielo. Nadie ha reparado en que una forma de vida majestuosa planea sobre sus cabezas desde el alba, ni en el palmeo en rallentando que emiten sus gigantescas alas al posarse en torres y tejados.
Llegué a plantearme que se tratase de algo mental, imaginaciones delirantes moldeadas por el estrés y –quién sabe- por la culpa, y que las magulladuras y arañazos que -plenamente visibles- erosionan mi puerta, los hiciera por la noche algún loco desaprensivo con un objeto afilado como el destino. Pero cómo explicar entonces las plumas alargadas como fósiles que encuentro cada mañana en mi pequeño patio.
Hablé con un cazador, un hombre experto, uno de esos hombres que tienen armas de fuego y las usan. Ésas aves están protegidas, no es una perdiz o un palomo al que se le pueda disparar, me dijo. Le pagaré lo que me pida, pero acabe con el pájaro, le supliqué. Finalmente accedió. Así, un día, con precaución extrema llegué hasta mi coche y me encerré. Sentí las garras del animal golpeando el techo. Conduje entonces hasta un cerro solitario que me indicó el cazador. Durante todo el trayecto pude ver la sombra del pájaro acompañante, serena, proyectada en el asfalto. Al llegar al lugar convenido apagué el motor y esperé, tal y como habíamos acordado. Escuché entonces unos disparos provenientes de unos arbustos alejados. El pájaro se dirigió hacia ellos como un halcón que ha avistado un ratón o una culebra y desapareció. Se hizo el silencio. Pareciera que al cazador y su presa se los hubiera tragado la tierra, pero quién era el cazador y quién la presa. Permanecí dentro del coche varias horas, inmóvil y aterrado, pensando que había llegado mi fin. Regresé al atardecer, llorando de miedo. No volví a saber nada del cazador, de aquel hombre con un arma de fuego. A la mañana siguiente el pájaro volvió a mi casa y siguió su sempiterno ritual de observación y acecho. Sabía que no me guardaba rencor por la emboscada del día anterior. Simplemente seguía queriendo acabar conmigo.
Mis trayectos son carreras, huidas, y apenas puedo moverme. Mi salvación, de momento, la encuentro en los soportales de la plaza, en los que el pájaro no puede entrar debido a que la envergadura de sus alas le hace golpearse con los arcos y las piedras de las bóvedas. Mi vida se ha convertido en un restringido deambular por callejuelas estrechas y glorietas porticadas, por galerías y subterráneos. Los espacios abiertos suponen para mí ya la muerte segura.
Ahora sé que nunca me libraré de mi sicario en mi terreno, en el que soy vulnerable como cualquier hombre. Sé que esta batalla debo librarla en el suyo, en el aire. Mi victoria deberá tener lugar a cielo abierto. Empiezo a sentir que, tal vez, ése ha sido desde el principio su mensaje, su enseñanza. Su invitación. Si quiero vivir debo centrar desde hoy todos mis esfuerzos en algo tan simple y necesario como aprender a volar.