domingo, 24 de noviembre de 2024

Muñecas Rusas

 


Diría, ante todo, que es singular, excéntrica, apartada.

Cercada, insólita, un poco invisible.

En mi zona del mundo llueve sólo los días soleados, anochece minutos antes del mediodía y el cántaro se rompe la primera vez que va a la fuente.

En mi zona del mundo los ratones muerden a las víboras, las carretas tiran con fuerza de los bueyes, y el ruido seco que envuelve el campo camino del bosque, lo hacen los pájaros disparando a las escopetas.

En mi zona del mundo tanto tienes, menos vales; las personas con los años se vuelven más ingenuas; el diablo, lo que tenga que saber, lo sabe por diablo, y los políticos son –generalmente- seres silenciosos.

En mi zona del mundo la virtud está un poco más allá del punto medio, si algo reluce siempre es oro, y un ciego puede ser rey en el país de los tuertos (aunque habrá de afinar perseverantemente el oído).

En mi zona del mundo no hay televisión, ni tampoco radio, los periódicos sólo sirven para envolver regalos improvisados. Las noticias se echan en unos cuencos anchos y dorados, y se dejan en el centro del paisaje para que el viento las lleve y las traiga, si así lo estima oportuno.

No hay turismo, no somos fin de trayecto de ningún raíl, los GPS se confunden al acercarse al término municipal de mi zona del mundo. Y no salimos en Google Maps –según ellos mismos me explicaron en un mail muy cordial- por falta de interés por su parte.

Mi zona del mundo tiene dos tramos: uno se ve muy poco y el otro apenas existe. Pero aún así, por razones que ni yo mismo comprendo, conforma un universo completo y en equilibrio, que contiene a su vez otro universo, que incluye otro y éste otro, y así… en una suerte seriada de muñecas rusas sin sonrisa, cuyo mundo más pequeño es siempre más grande que yo. Aunque sea insólito y casi, casi invisible.


sábado, 25 de mayo de 2024

Colores, lugares, geometrías

 


Imaginemos, puestos a imaginar,

un pequeño mundo cubierto por tejados amarillos

mares, tierras, horizontes

y justo en el centro, una ciudad simétrica

círculos, triángulos, trapecios.

Imaginemos, puestos a imaginar,

una playa, un puerto, una torre

cien balcones, mil ventanas, un paseo

y justo en el centro, un jardín tan descomunal

que todas las flores del mundo

disponen en él de una orgullosa embajada.

Imaginemos ahora, por imaginar más cosas,

un barrio periférico, en las fronteras del ruido

ni tan lejos ni tan cerca

ni tan alto ni tan bajo

y justo en el centro, un mirador de piedras antiguas

desde el que se ve una escuela,

recreo, canciones, corrillos

sumas, restas, llevaditas

y por el cristal del aula, la imagen

-digo- por seguir imaginando,

de una catedral con ábside y fachada

geométrica

y justo en el centro, en el mismo centro,

veinticuatro cúpulas de color amarillo,

como en todos los tejados

como en el resto de los mundos.


sábado, 18 de noviembre de 2023

Plebiscito

 




Entre los ventanales amplios que ofrecía el destino

elegía aquel colonizado por la luz silenciosa de las voces.

Entre los trayectos susurrados por los atlas

elegía siempre aquel que dirigiera sus miradas hacia el norte.

Y una vez ya dentro, sabiéndose en el tren articulado de los días

buscaba el lado más occidental de los vagones.

Exploraba la inconmensurable pequeñez de las vivencias

para trasladarla a un frenesí de relatos galdosianos,

dramáticos, reales,

un poco incomprensibles.

Para más tarde, despertando de un sueño sosegado,

conmemorar el perfil erosionado de los ciclos.

Se arropaba con las letras de mil textos

sin dejarse arrastrar por los gritos emanados de los vecinos locos,

pobres alienados,

sabiendo que su espacio cotidiano provenía

de una civilización anciana

creadora de cerámicas,

dibujos, creencias

y de un vaso arqueológico de forma acampanada.

Por eso su memoria escribía en los espejos

retratos de tela

armonías del alma

frenesí de danzas contagiosas

y un mural paternal de selváticos colores.

Al fin, decidió preguntar a sus complejos

qué camino habrían de tomar sus decisiones.

Propuso un plebiscito

vinculante

que arrojó un resultado sorprendente:

vivir sin miedo alguno

mecido por el canto de los libros,

el eco de los lápices

y el caos evanescente

de los ruidos.


sábado, 11 de marzo de 2023

Romance lento de la niña y el charco



Caminaba la niña

por el suelo mojado

buscando un espejo

sin los ojos vendados

 

Ya frente al agua

peinaba su pelo

miraba su encanto

rompía el hechizo

chapoteaba

 

Encontraba en las gotas

algo más que sueños

deseos confusos

jaulas de cristal

meditaba en silencio

mientras salpicaba

 

Amaba el fonema

del vocablo charco

con che de charanga

de chile, de choza

charol, chato, ¡chispa!

 

Jugaba a jugar

huía de huirse

atletas arcaicos

y libros calados

de lluvia en Macondo

chaleco y chubasco

 

Escucha y susurra

melodías, palabras

cantautores zurdos

que empujan su alma

hacia el valle izquierdo

del camino cierto

 

Y ya vuelve la niña

de sonrisa inquieta

a la che de la chácara

chocolate o quechua

Sigue su camino

con miedo al olvido

como hace el mochuelo

volviendo a su olivo. 



sábado, 14 de enero de 2023

También los astros


Parece lógico pensar que fue observar la arena lo que le hizo intuir la invencible fortaleza del término infinito. También la contabilidad imposible de los sucesos del agua y sus vaivenes. La inconstante orilla, la brisa discontinua. La playa sin dueño. La forma inesperada de un pequeño mar, protegido con solemne timidez por un cabo que siempre mira hacia Oriente.

También un faro.

Qué fácil fue entontes, ya al anochecer, alzar la vista y asomarse al cosmos. Buscar mares en el cielo. Sentir en las retinas el albedo perturbador de millones de objetos que nos miran desde donde estuvieron, no ya desde donde están (si acaso existen)

También la luna.

Así, entonces, fue natural rodear su vida con el manto perenne de los números. También de algunas letras, pero usadas siempre para reemplazar a otros números. Discutir sistemas, localizar máximos. También mínimos. Dar valores a x. También a y. Aproximarse a e. Calcular cuánto cabe en una esfera. Dejarse seducir por el estimulante suspense de las conjeturas, por la sugestiva solvencia de los teoremas. Por el tranquilizador reposo de los corolarios (Quod erat demonstrandum)

También los puntos (suspensivos…)

Y finalmente, mirar para siempre por lentes sucesivas y escuchar la música callada de los cometas. Sentir el pulso incesante de un ballet de mil constelaciones. Y bailar con ellas. Como hacen la luz, el espacio y el tiempo.

También los astros.

 

martes, 28 de junio de 2022

El puente

 




Mirando ahora de cerca

las aguas que pasan bajo mi puente

descubro con predecible asombro

que son menos caudalosas de lo que imaginé.

(aunque, eso sí,

algo más turbias)

 

Observo que en ellas

(para mi sorpresa)

navegan aún, heroicamente,

barquitos de papel que hice de niño

con mis manos confundidas de proyectos,

y que di por irremediablemente hundidos,

tras singular batalla

contra los bien armados galeones

de la ambigua adolescencia.

 

Ni me atrevo a imaginar

qué otras corrientes

habrán de seguir erosionando

mi caudal,

ya de por sí cansado.

Ni quiero tampoco

describir los restos

de naufragios ya asumidos,

alejándose,

como hacen las cigüeñas

o los templos tristes,

cuando dejan de sentir el aliento

de su utilidad y sus razones,

y ningún espacio,

por apacible que parezca,

sea digno de llevar el nombre de

un lugar donde quedarse. 


lunes, 20 de junio de 2022

Velas



    Buscó esconderse en el habitáculo más desocupado de la memoria, pero, como si de un sótano anegado por las aguas de un manantial cercano se tratase, no encontró espacio vacío donde reposar la conciencia y ahuyentarla del perseverante torbellino de recuerdos.

    Buscó entonces distraer sus monográficas meditaciones atándolas a alguna colmena de sonidos, para que las músicas acariciaran sus bordes hasta derretirlos, igual que hacen las llamas tenues con la cera de los candelabros, o con las velas abarrotadas de horas que acarician las mesas de ciertas tabernas. Pensó incluso en subirlas a las alas de una congregación de melodías, de esas que surcan las bóvedas de nuestros ojos grises para socorrernos en los días que no acertamos a salir de los pozos. Pero no hubo forma.

    Sin dejarse vencer, recurrió a la taumaturgia de los libros, con la idea -tal vez ingenua- de esconder su alma entre los personajes de sus páginas, y desaparecer en el anonimato de los colectivos literarios, al menos hasta que amainara la tormenta de perseverancias. No funcionó.

    Por alguna razón, sus pensamientos se enredaron aún más recordando los párrafos desplegados de las fantasías clásicas, relatos que alguien le mostró una vez insuflándoles aire al extraerlos de los rigores estáticos de una estantería. Las terroríficas y envolventes noches del Conde Drácula, los dilemas morales y curvos del Dr. Frankenstein y su criatura monstruosa, o las hipnóticas crónicas de la virgen Scheherazade que -según cuentan- llegaron a desvelar a un sultán asesino alguna más de mil noches...

    Vencido por los hechos consumados, decidió entregarse a la persistencia de la retina y asumió el relato de la memoria como un mensaje que le regalaba el presente. Y sería el tiempo, y solo el tiempo, quien dictaminara la duración y validez de aquel embrujo. Tal vez -quién sabe- se tratase de un material más firme que los torbellinos de recuerdos, que las perseverantes tormentas, un material casi tan sólido como la cera de esas velas abarrotadas de horas, que acarician con su luz las mesas escondidas de ciertas tabernas.